Visionado: ‘El Mayordomo’, de Lee Daniels. ‘Fastuoso desfile de celebridades’

dos estrellas

El Mayordomo es una de esas películas que parece colocarse como ganadora, desde el primer momento, en la pista de salida. Ya se habla de ella como posible vencedora en la carrera hacia los Oscar, está siendo atractiva en taquilla y cuenta con ciertos toques de buen cine comprometido que  complace a ciertos sectores de la crítica. Además, es un largometraje que hace patria como pocas películas en los últimos tiempos lo que, desde luego, la convertirá en una de las preferidas del público norteamericano. Lo que ocurre con ella es que aunque se trata de una película que se deja ver con cierto placer, promete cierto interés, deja a larga mucho que desear. Como buena parte de los habitantes de la Casa Blanca sobre los que hace memoria este film de Lee Daniels.
La película nos adentra en el complejo mundo de un hombre de color Cecil Gaines, desde el momento en el que de niño presenció el terrible asesinato de su padre en una plantación de algodón hasta el comienzo de la legislatura de Barack Obama. Cecil, un hombre trabajador, discreto y con talento consigue hacer una carrera brillante como mayordomo hasta que logra entrar en la Casa Blanca para ofrecer sus servicios. Gracias a su oficio, tendrá la oportunidad de servir y conocer íntimamente a los presidentes de Norteamérica durante más de 30 años, desde Dwight Eisenhower hasta Ronald Reagan. Junto a ellos también asistirá calladamente a algunos de los acontecimientos más importantes de aquellos años (entre ellos, la creación del movimiento por los derechos civiles, los asesinatos de Kennedy y Martin Luther King y el auge de las Panteras Negras) mientras se aleja de algunos miembros de su familia.
El aspecto que más fuerza tiene en el guión es precisamente la relación imposible, el desencuentro largo y sostenido que se establece entre el protagonista y su hijo, Louis Gaines (David Oyelowo). Es el enfrentamiento, en definitiva, que se establece entre dos maneras de entender la dignidad del hombre y la lucha por la existencia del oprimido. Una lucha callada y discreta para garantizar la supervivencia, por una parte; abiertamente combativa y reivindicativa, por la otra.
Sin embargo, como película comprometida con la lucha por los derechos civiles en EEUU es más bien convencional. No profundiza demasiado en los fenómenos históricos trascendentales que toca. No tiene la fuerza contestataria de otras producciones norteamericanas que han tratado el tema, ni mucho menos la de películas filmadas en otras regiones del planeta que, con mayor sencillez, mayor economía de recursos y, sobre todo, con un guión más sutil y atento a los pequeños detalles han sabido, en los últimos años, despertar conciencias hacia las injusticias sociales. O al menos ‘removerlas’ durante unos instantes…
Y así, en ocasiones, El Mayordomo parece quedarse en la superficie. Es como una gran fiesta patriótica a la que han sido invitados un buen ramillete de actores de primera (e incluso de personajes célebres en otros ámbitos como el de los medios de comunicación, en el caso de Oprah Winfrey, o de la música (Lenny Kravitz). En ese carrusel de celebridades, el espectador podrá encontrar algunas interpretaciones maravillosas y conmovedoras (fantástica Vanessa Redgrave), otras interesantes y enigmáticas (Liev Schreiber como Lyndon B. Johnson); más arquetípicas, pero intensas (John Cusack en la piel de Nixon) y completamente morbosas (esa Jane Fonda, otrora símbolo tradicional de la izquierda en su país, transfigurada en la ‘políticamente correcta’ Nancy Reagan…).
Es decir, al final de todo este despliegue de producción, lo que queda en la memoria es el espectáculo, la distracción, el reclamo de los rostros celebérrimos frente a una historia que podría haber resultado infinitamente más interesante si hubiera intentado ser menos pretenciosa. Si la perspectiva no hubiera sido la del espectador que, buena parte de tiempo, se queda mirando con curiosidad quién será el siguiente que aparecerá en aquel desfile de talentos. El director nos debería haber ayudado a sumergirnos mejor en la mirada del protagonista, la de Forest Whitaker, siempre impresionante en cualquiera de los complejos y fascinantes personajes por los que ha paseado su imponente y ‘traicionero’ físico.
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