Visionado: ‘Dolor y dinero’, de Michael Bay. ‘Comedia negra sin estimulantes’

dos estrellas

Quizás lo mejor que tiene Dolor y dinero es su pinta de peli ‘pasota’, su aire de no tomarse nada en serio a pesar de estar contando una historia truculenta que, en muchas ocasiones, pone los pelos de punta. Y, sin embargo, está basada en unos hechos reales tan sumamente disparatados e increíbles que el propio cineasta, Michael Bay, se ve obligado a recordárselo a sus espectadores en algún que otro momento del metraje. A su favor cuenta con un suceso increíble como base del guión y con unos personajes muy estrafalarios, auténticas ‘prima donnas’ del mundo del culturismo. Son tres pringados que se sienten los ‘amos del universo’ cada vez que se miran al espejo, por el simple hecho de haber cincelado sus músculos a base de hormonas y sufrimiento en el gimnasio. En su contra, es una película que pasará sin pena ni gloria porque le falta algo de sarcasmo fino servido con auténtica mala leche.
En esta banda de ‘macizos’ descerebrados protagonistas destaca Daniel Lugo (Mark Whalberg) quien es uno de los entrenadores del Sun Gym, un gimnasio de moda en Miami a mediados de los 90. Tiene éxito con las mujeres y un ramillete de admiradores del  mundo del fitness, sin embargo, no es feliz. Piensa que a su vida le falta tener un sentido y se siente fracasado. Así que un buen día, este tipo con contadas luces en la cabeza, pero con la ‘lección bien aprendida’ en un cursillo de superación personal, decide hacer justicia secuestrando a Victor Kershaw (Tony Shalhoub), uno  de los clientes ricos de su gimnasio, para quedarse con su patrimonio. Necesitará la ayuda de compinches, por ello, reclutará a otros dos de los clientes del gimnasio: un ex delincuente que además de farlopero e hiperhormonado se ha visto iluminado por la ‘verdad’ de Cristo (Dwayne Johnson) y un simplón amante de las mujeres rotundas (Anthony Mackie).
Michael Bay, autor de las titánicas entregas de Transformerscambia de registro para meterse en la cocina de una peli de bajo presupuesto y cierto recorrido independiente. Se ríe de forma abierta y muy sana del ‘Sueño Americano’ además de estas nuevas religiones fundadas por los charlatanes de la superación personal, amigos de regalar reflexiones de saldo para legiones de incautosconvencidos de que podrán superar sus inseguridades.
Sin embargo, para resultar auténticamente demoledora en su crítica le sobra músculo y le falta algo de sutileza, algo de ingenio y por supuesto el talento desbordante de otros autores contemporáneos que dominan los resortes de la comedia negra (los hermanos Cohen o Quentin Tarantino). Comparación que no haríamos si no fuera porque hay quien ha visto semejanzas entre los estilos de todos estos cineastas. A lo mejor es así porque Bay no supo encontrar su propio lenguaje cínico a la hora de construir la historia y se apoyó demasiado en el filtro de otro narrador. El director cuenta que sacó el tono para abordar la película de unos artículos del periodista Pete Collins quien supo, en sus palabras, “combinar lo cómico y lo macabro” en su narración de los acontecimientos de los sucesos protagonizados por Lugo y los suyos.
Y desde luego, fruto de esta mezcla explosiva son algunos de los mejores momentos de la película. Las andanzas de esta banda son tan escandalosamente torpes (esos intentos múltiples de asesinato al rico cliente que no hay manera de lograr; ese ‘secuestro Ninja’, la increíble buena suerte que acompaña a los protagonistas…) que uno no puede dejar de divertirse durante la primera mitad de la película. Después, el guión parece mostrarse un tanto errático y con ganas de encontrar un desenlace cinematográfico que se ajuste a la vitalidad de sus comienzos y de la historia real.
Buena parte de los logros del film se los debemos a un Mark Whalberg que últimamente no desentona en la piel de ninguno de los personajes que se le ponen por delante. A Daniel Luengo sabe darle vitalidad, inconsciencia, y hasta cierta dignidad patética. Es uno de esos actores que no saben disimular que se lo pasan en grande en su horario de trabajo. Más allá del método o de la interiorización visceral de un personaje, a él ,lo que le va, es transmitir la alegría de ser cualquier otro.

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