Visionado: ‘Hannah Arendt’, de Margarethe Von Trotta. ‘Comprender no significa perdonar’

cuatro estrellas

Hannah Arendt lo tuvo muy difícil. Fue una de las pensadoras más brillantes del siglo pasado, y sin embargo, sus ideas tuvieron que enfrentarse al dolor inmenso de las víctimas y de los supervivientes del Holocausto. Precisamente la película de la estupenda directora alemana Margarethe Von Trotta (Las hermanas alemanas), Hannah Arendt, recupera los años más complejos de la vida de esta intelectual, de 1961 a 1964. El momento en el que la filósofa judía, exiliada en Estados Unidos, acudió a Israel para cubrir el juicio del criminal de guerra nazi, Adolf Eichmann,  para la revista The New Yorker. Más allá de la mala bestia que todos quisieron ver en aquel hombre, Arendt comprendió que era un tipo mediocre que se limitó, con una ciega y quizás también interesada lealtad, a ejecutar las órdenes de sus superiores, sin dejar que ningún otro tipo de planteamiento moral empañase el cumplimiento del deber. Fue incapaz de “pensar por sí mismo”, fatalidad y circunstancia que permitió que miles de personas fueran conducidas a los campos de exterminio.
Cuando Arendt regresó a Nueva York para redactar sus artículos siguió reflexionando sobre el lado oscuro del ser humano y creó una nueva idea que explica muchos comportamientos incomprensibles que han escrito las páginas más negras de la Historia de la humanidad. Llamó a aquel concepto “la banalización del mal”. Arendt fue más allá y en su intento de  comprender y ver reflejada la realidad de lo que ocurrió durante aquellos años de horror de la guerra, constató que algunos judíos también colaboraron con los nazis en el exterminio.
La película trata de componer el retrato de una mujer cuya biografía resultaba compleja y enigmática, pero su mente desbordaba una gran sabiduría, para muchos arrogante, pues no pretendía acercarse a la sensibilidad de las víctimas ni tampoco reconciliarse con el conservadurismo ideológico de los intelectuales judíos que arremetieron contra ella enarbolando una campaña de desprestigio y aislamiento atroz. Arendt pretendía encontrar, sencillamente, la verdad a través del pensamiento. Por ello, fue atacada y calificada de enemiga de los judíos, de su propio pueblo, cuando ella misma sufrió las consecuencias del nazismo en sus años de juventud (intuyendo el peligro que suponía la amenaza del III Reich, se marchó a París donde estuvo confinada en un campo de refugiados).
Una serie de flashbacks, además, nos acercan a su pasado y, por lo tanto, hacia algunos de los misterios de la intensa personalidad de esta mujer. En ellos, se nos cuenta la relación que mantuvo con el célebre filósofo Martin Heidegger, mientras éste fue su maestro en la Universidad, un hombre que acabó aceptando el régimen nazi. Fue como tantos y tantos otros alemanes que por cobardía, por vínculos emocionales o por la complejidad que encerraba el hecho de romper con una vida establecida en Alemania, decidieron contemplar la nueva era como un tiempo de oportunidades y esperanzas que jamás llegó a existir.
Lejos de lo que se le viene achacando a este brillante film de Von Trotta, Hannah Arendt es una película inteligente, que apenas resulta sesuda ni pesada intelectualmente hablando. Por el contrario, su principal activo consiste en hacer comprensibles construcciones conceptuales complejas con la sencillez que puede prestar el lenguaje del cine. Y es así porque se ven acompañadas por los acontecimientos vitales de la protagonista y por sus relaciones con su entorno más inmediato. Es  aquí también donde quizás el film no resulta redondo puesto que se hubiera agradecido un mayor y más detenido acercamiento a la sensibilidad de esa gran mayoría de supervivientes y de la comunidad judía que rechazaron de plano los razonamientos de la filósofa. Hay un posicionamiento demasiado definido hacia la protagonista. Así, la dialéctica, la lucha de opuestos, la emoción y la razón completamente enfrentadas, hubieran logrado un material cien por cien dramático y cinematográfico.

En cualquier caso, estamos ante una de las películas más fascinantes y bien realizadas del año. Es de agradecer que existan cineastas valientes capaces, como la propia protagonista, de dirigir una mirada desafiante y humanista hacia lo incomprensible. Una mirada con fuerza para romper con los juicios de valor y la visión del mundo que todos hemos construido o que universalmente hemos acabado aceptando. Al fin y al cabo, el horror puede que tenga alguna explicación y en la mente siempre hay espacio para la búsqueda de la verdad, aquella que pone en entredicho nuestras cómodas creencias.
 
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