Homenaje: Katharine Hepburn. ‘Una diosa temperamental’

Indómita, inconformista ingeniosa, orgullosa, comprometida. Cualquier calificativo que intente acercarse a la actriz Katharine Hepburn corre el peligro de convertirse en una estatua de sal o en un tópico poco afortunado. Pues mucho se ha hablado de ella, siempre intentando descubrir cuál era la clave del talento de una artista revolucionaria que supo romper los moldes de la imagen de la mujer creando una que se anticipaba a todos los tiempos. Lo que es incuestionable es que su carisma era enorme, un acertijo de celuloide y energía artística con la fuerza de atrapar y enamorar a generaciones de críticos y espectadores.
No importaba si marchaba con la ropa interior al aire y, tras ella, un Cary Grant que la seguía ‘como de tapadillo’ (La fiera de mi niña), si andaba de broncas con su parteneire oficial, Spencer Tracy, reivindicando la igualdad entre hombres y mujeres (La costilla de Adán) o si le declaraba la guerra a su marido partiendo en dos un palo de golf (Historias de Filadelfia). Katharine Hepburn era y es única, cualquier secuencia que protagonizó contribuyó a crear su leyenda. Era una estrella que tenía un no sé qué, un algo inalcanzable, como de diosa (tal y como quiso verla el personaje de James Stewart en Historias de Filadelfia) pero afianzada en un buen pedestal porque sigue siendo una de las mejores actrices de la historia
Tenía mucha clase y era bella, a su manera, con el rostro lleno de esquinas y precipicios y un cuerpo entrenado para la vida libre y sana. De hecho, fue la que ‘mamó’, desde su más tierna infancia en Connecticut. 

Kate Hepburn nació en 1907 en el seno de una familia acomodada. Era hija de un médico y de una célebre sufragista y el entorno en el que se crió fue progresista y librepensador. Siendo una adolescente, vivió una experiencia que le marcó profundamente. Se encontró a su hermano Tom ahorcado. Dicen que quiso esquivar su ausencia convirtiéndose, un poco en él, siguiéndole la pista: practicando los mismos deportes y estudiando en la Universidad la carrera de Física. Pero la naturaleza singular de Hepburn era mucho más fuerte que aquel querido recuerdo y su destino la llevó por otros derroteros. Se enroló en una compañía teatral de Baltimore y, más tarde, comenzó a frecuentar los teatros de Nueva York haciéndose cargo de algunos papeles y trabajando en algunas sustituciones. Eso fue antes de que George Cukor y David O’ Selznick le dieran una oportunidad en la película que preparaban, Doble sacrificio (1932).
Así comenzó una carrera en el cine cuyos primeros pasos fueron algo complicados. En su etapa en la RKO, cosechó algunos éxitos (Sueños de juventud, 1935, George Stevens; Gloria de un día, Lowell Sherman, 1933; Las cuatro hermanitas, Cukor, 1933) y protagonizó una de  las comedias más ingeniosas y delirantes de todos los tiempos, La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938). Sin embargo, esta primera época también tuvo su reverso desafortunado y muchas otras producciones en las que intervino no contaron con una buena acogida lo que llevó a que algunos productores se refirieran a ella como “veneno para la taquilla”. Sin embargo, Hepburn era muy astuta, se refugió en los escenarios de Broadway interpretando a la protagonista de una obra que el dramaturgo Philip Barry escribió inspirándose en ella. Se llamaba Historias de Filadelfia. Su éxito fue arrollador así que la actriz compró los derechos del libreto y, al poco tiempo obtuvo sus frutos. La Metro se interesó en realizar la adaptación cinematográfica y Hepburn tuvo todos los ases en la manga de la negociación: consiguió el papel protagonista y que la acompañaran dos de los actores más célebres, Cary Grant y James Stewart. Hoy es una de las comedias más aclamadas y preferidas por los espectadores.
En los años 40, la actriz viviría su segunda época de esplendor cuando se cruzó en su camino el actor Spencer Tracy. Cuenta la leyenda que cuando los dos se conocieron, al empezar el rodaje  de La mujer del año, ella le miró con su aire orgulloso y le espetó: “Me parece, señor Tracy, que es usted demasiado bajito para mi”; a lo que él respondió “No sé preocupe, la rebajaré hasta dejarla a mi altura”. Y así anduvieron, retándose el uno al otro en la gran pantalla en algunos de los títulos más memorables de la maravillosa actriz. La química era bestial, el entendimiento artístico entre ambos completamente simbiótico. 

Un engranaje perfecto que permitiría a la estrella perfeccionar una serie de papeles de mujer avanzada a su tiempo, inteligente y con recursos, que irremediablemente acababa enfangada en divertidísimas batallas dialécticas (y no tanto) con su marido. Así la pudimos ver, por ejemplo, en la comedia de Cukor, La costilla de Adán (1949) o en la mencionada La mujer del año (George Stevens, 1942). Al otro lado de la pantalla, Hepburn y Tracy protagonizaron otra  historia de amor durante 30 años, mucho más compleja e intensa y marcada por el católico sentimiento de culpa del actor (el que le retenía al lado de su mujer y de su hijo sordomudo) y por su alcoholismo desaforado. Hepburn jamás lamentó una relación que, lejos de consumirla, parecía fortalecerla y reafirmarla en un optimismo que utilizaba como mecanismo de supervivencia. Era demasiado orgullosa para dejarse vencer por las circunstancias y además, “¿qué podía hacer?”, “le amaba y lo único que quería era estar con él”, acertó a decir en una ocasión.
Más allá de Tracy y de la comedia sofisticada, la Hepburn terminó por desvelarnos todos los matices de su genialidad interpretativa en otro tipo de filmes. Ahí está su maravillosa intervención en La reina de África (John Huston, 1951), como la mojigata misionera que enamora al borrachín Bogart a base de buena educación y temeridad, o el señorío que ejerció frente a otros dos monstruos de la gran pantalla, Montgomery Clift y Liz Taylor en la inquietante y psicológica De repente, el último verano (Joseph L. Mankiewicz, 1959)
Pero quizás donde hemos podido asomarnos mucho mejor a su grandeza como actriz dramática, en todas sus dimensiones, es en El león en invierno (Anthony Harvey, 1968). La Hepburn, en este caso en la piel de una madura Leonor de Aquitania, se enfrentaba a un Enrique II (glorioso Peter O’Toole) que la había repudiado y encerrado en un castillo. El combate se lidiaba a través de unos diálogos sarcásticos, llenos de fuerza y de clase. Inolvidable es también el monólogo en el que recuerda su juventud perdida.
La actriz obtuvo doce nominaciones a los Oscar y cuatro estatuillas. Una de ellas la consiguió por uno de sus títulos de juventud, Gloria de un día, también por El león en invierno y por una de sus últimas interpretaciones y quizás de las más conmovedoras, En el estanque dorado (Mark Rydell, 1981) donde compartió créditos con Henry Fonda. La cuarta la logró por el último trabajo realizado junto a Tracy en Adivina quién viene esta noche (Stanley Kramer, 1967). Le admiraba tanto que sentía “como  si le hubiera robado el premio”. Y lo cierto era que nunca se atrevió a ver la película porque el actor  murió al poco tiempo de finalizar el rodaje.

Bajo estas líneas, dos tributos dedicados a la actriz que hemos encontrado en Internet. Uno de ellos corresponde al homenaje que le hicieron a la actriz el año de su muerte (2003) durante la ceremonia de los Oscar de Hollywood.

 

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