‘Tres colores: rojo’, de Krysztof Kieslowski. ‘El amor que no pudo ser’ vs ‘Si no fuera por el azul’

 
EL AMOR QUE NO PUDO SER
 
Rojo es la historia de dos personas enfermas de soledad. Dos personas que se encuentran en momentos vitales opuestos, pero que saben reconocerse en el vacío que les rodea y comprender que el destino pudo, pero no quiso, que se enamoraran. Ella es inocente y bella, pero ya ha vivido lo suyo, sufre una ausencia y el dolor de un hermano adicto a la heroína. Él, huraño y misántropo, vive recluido en el desprecio que siente hacia sí mismo y lo hace sin resignación, más bien con dignidad.
 
Ella, Valentina, es joven, se gana la vida como modelo y su rostro empapela los muros de una gran plaza en Ginebra. Él es un juez retirado que espía las conversaciones telefónicas de sus vecinos. Su existencia se aferra a las miserias de los demás, al dolor inconfesable de los otros, a las traiciones, mentiras y espejismos de vida que le rodean. Es como un dios iracundo e implacable que lo observa todo, pero que se consume, en los últimos años de su vida, con la debilidad de cualquier hombre que arrastra sus fracasos. De la mano de esta historia fascinante, Rojo es una película que está contada con elegancia y calma y presenta a unos unos personajes que encuentran su razón de ser en unos diálogos claros, sencillos, pero tremendamente lúcidos.
 
La culpa y los remordimientos, la traición y la identidad perdida, la suerte como energía universal que juega con nuestros destinos, la soberbia del hombre que juzga sin comprender a su semejante, o la infinita responsabilidad que puede llegar a entrañar cualquier insignificante acto. Es una película tan rica en emociones y en temas que nunca deja de alimentar el espíritu del espectador.
 
 
Una vez más, las casualidades tienen una importancia fundamental en la película. Este extraordinario recurso argumental, tan del gusto de Krysztof Kieslowski, se muestra en Rojo como un extraño sistema de comunicación por el cual los hombres, de alguna manera, permanecen unidos, conectados, más allá de cualquier comprensión metafísica o explicación panteísta. Esa amistad que mantienen los protagonistas, esos vínculos que nos acercan e igualan, más de lo que muchas veces quisiéramos, constituyen, de algún modo, la idea de la fraternidad que el director quiso mostrar cuando decidió realizar una trilogía inspirada en las ideas representadas por los tres colores de la bandera francesa (Azul reflexionaba sobre la libertad y Blanco, sobre la Igualdad).
 
Nada es anecdótico en Rojo. Cualquier escena, cualquier detalle cuenta con su significado, más o menos enigmático, más o menos trascendental. La película nos reta, continuamente, a descubrir todos sus rincones y abundan las pausas poéticas como aquel en el que el tiempo se detiene cuando un rayo de sol ilumina el rostro de la bellísima Irene Jacob, mientras el viejo Jean-Louis Trintignant la observa o esa tormenta en el teatro que rompe el clímax de un momento de revelaciones in extremis. Rojo está narrada con mucho sentido lírico, abundando en la simbología y adornando cualquier detalle de la escenografía con pinceladas de color rojo. Frente a ello, impresionan los zarpazos de cruda realidad que aparecen en la historia, de vez en cuando, como esa niña que atiende a una llamada telefónica que jamás debería haber escuchado; unas piedras coleccionadas sobre el piano o el patetismo de un caserón sucio y desordenado que se desmorona.
 
La película no tendría tanta fuerza si el reparto no estuviera encabezado por intérpretes excepcionales. Así, al lado de la carismática y sensible interpretación de Jacob, Trintignant ofrece una lección magistral de grosería, ternura y emoción contenidas. Elabora, sencillamente, una de las mejores y más impactantes interpretaciones de la historia. Ahí queda, para siempre, ese plano final en el que su personaje, el viejo juez, parece comprenderlo todo. Cuando observa, sin mirar, cómo acaba de suceder una historia que debería haber sido la suya. Su única y posible redención.
 
Valentina descubre el secreto del juez retirado. Y comienza una historia:
 
 
SI NO FUERA POR EL AZUL
 
La trilogía de los Tres Colores del desaparecido cineasta polaco Krysztof Kieslowski es probablemente una de las cumbres cinematográficas del siglo XX. Es importante dejar claro tal obviedad antes de enfangarse en los vericuetos de Rojo, el tercer y último tomo de un ciclo sobre los colores de la bandera francesa y sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Tres colores supuso una ruptura con el lenguaje cinematográfico y un nuevo mecanismo de introspección en la intimidad de los sentimientos, pero Rojo también se puso cebos a sí misma y propició una reconocible irregularidad en su papel dentro de la tricromía.
 
Es indudable que esta última representa la entrega más ágil y pasional de este tratado emocional del director polaco. En ella los personajes de la estudiante y modelo Valentina (Irene Jacob) y del juez jubilado Joseph (Jean-Louis Trintignant) parecen deshacerse de la soga de noble nudo con el que lucen amarrados los de Azul y Blanco. Se trata del proceso natural de las emociones que pretendió plasmar su autor en cada una de las historias pero que en el caso de Rojo, hace aún más extraña y lejana a la pareja protagonista. Ni sus acciones (la joven enfrentada a su moral y el anciano a su amargado pasado), ni sus diálogos, ni la manera en que los planos nos acercan a sus rostros consiguen que sintamos la naturalidad de sus encuentros.
 
Entre los innumerables guiños que Kieslowski decidió colar en su última película y entre su decisión de jugar en esta ocasión con el tiempo y las vidas paralelas, denotamos un ligero olvido por la profundidad de los personajes. Debemos creernos que Valentina es buena, soñadora y vulnerable porque Joseph lo dice, y asumimos que este es cínico, agrio y descastado porque así se le nombra. Pero no es esa la manera en que actúan ni cómo piensan. Puede que fuera parte de los trucos del director polaco para despistarnos en su laberinto de matices morales, presentes en las dos entregas anteriores. O puede que no. Puede que esa forma de enfrentarse a las cosas extrañas que la vida pone delante simplemente formara parte de una visión algo distorsionada y perturbadora del ciudadano normal.
 
 
También percibimos que la pérdida de eficacia pudo deberse al aumento de volumen del guion. Desde luego, en Rojo se habla casi el doble que en las precedentes, pero con una intensidad algo desaprovechada, no por las actuaciones de Jacob y Trintignant, muy correctas, sino por intentar explicar aquello que ya descifra la intuición: los juegos del destino, el sentido de la justicia, el remordimiento, la mentira y el desamor en todas sus caras. En esa necesidad de justificación, también distorsiona el agobiante y repetitivo juego de llamadas y algunas escenas sobrantes de Auguste, el joven opositor enamorado que repite la historia de Joseph.
 
Lo que está claro es que Rojo arrastra pictogramas de sus dos antecesoras. Y eso es mucha carga. No tanto de Blanco, con esas costuras de tragicomedia que la hicieron más especial y distinguida, como de Azul. El arranque de la trilogía fue tan espectacular, los vestigios de la muerte y la tristeza, sus vociferantes gritos y pausas musicales, se hicieron tan potentes en esa primera película, que era imposible cerrar la trilogía con mayor conmoción. La única excepción la constituye Zbigniew Preisner, el autor de la banda sonora de todas las entregas y compositor fetiche del cineasta, igual de grandioso en esta ocasión, e incluso más, gracias a las pseudomenciones realizadas en la película a su alter ego ficticio, Van den Budenmayer.
 
Creemos que el problema, entonces, fue el azul. A lo mejor por sí sola, Rojo hubiera supuesto uno de esos filmes redondos y sumergidos para siempre en la historia de las intimidades y obsesiones cinéfilas. Entonces, si no hubiera sido por el azul, su color no hubiera parecido tan estridente, tan efectista y en ocasiones tan molesto. Incluso con la fuerza pasional asociada desde siempre al color de la sangre, a veces sucede, cuando se hacen juegos pictóricos, que un color se come a otro y se queda para siempre superpuesto. Incluso el final de Rojo está pintado del color del mar, del color de los ahogados que sobreviven, cuando todos los personajes protagonistas de la trilogía cierran el círculo de sus vidas.

Nos despedimos con el compositor Preisner, y su maravillosa concepción del color rojo:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

El reino del exceso

Pantanoso website de arte, literatura, cómics, cine y algo de porno. En las ondas en Radio en Exceso.

todocinemaniacos

Blog dedicado al Séptimo Arte

El Tío del Mazo

Un blog de amigos y para amigos del ciclismo

Actualidad Cine

Críticas de películas y estrenos de cine

Extracine

El mundo del cine en un blog

A %d blogueros les gusta esto: