‘Cómo ser John Malkovich’, de Spike Jonze. ‘Memorable surrealismo multigénero’ vs ‘De repente, otro despropósito’

 
MEMORABLE SURREALISMO MULTIGÉNERO

Conviene despojarse de los esquemas de género antes de entrar en el universo filosófico de esta película. Estrenada en 1999, cuentan que muchos críticos no supieron muy bien cómo reaccionar ante esta revisión del mejor conglomerado del absurdo mezclado con ciencia-ficción, comedia disparatada, drama amoroso, thriller psicológico y surrealismo literario. Estupor y miradas de recelo entre los etiquetadores más prestigiosos del celuloide antes de considerar si les había gustado o no. Al final hubo de todo menos consenso, pero el boca a boca convirtió este filme en símbolo del cine más allá del cine, y la colocó entre las categorías principales de los Premios Oscar.
 
La firmó Spike Jonze, seudónimo de un ya por entonces conocido Adam Spiegel, famoso en el circuito independiente norteamericano por sus vídeos musicales y algunos trabajos publicitarios, que hizo tándem con uno de los mejores guionistas contemporáneos, Charlie Kauffman. Ambos cofinanciaron la primera fase y al final consiguieron que Michael Stipe, líder y cantante del grupo REM, y otros productores musicales, invirtieran en la película. El resultado fue el extraordinario y asombroso relato de varios personajes que confluyen en un solo objetivo: dejar de ser ellos mismos.
Graig (John Cusack) es un marionetista fracasado que encuentra trabajo como archivero en una oficina achatada, donde descubre un pasadizo secreto que conduce directamente al cerebro de John Malkovich, que se interpreta a sí mismo. Lotte (Cameron Díaz) es su hastiada y entregada mujer, que encontrará en ese túnel el sentido de su existencia al vivir un nuevo amor desde otros ojos. Maxime (Catherine Keener) es la exótica y femme fatale de la que ambos se enamoran, y que solo es capaz de amar a los dos cuando están en la piel de Malkovich, cuando son él. La obsesión de los tres por habitar y disfrutar del cuerpo (y la mente) del famoso actor provoca un sinfín de situaciones que componen uno de los mejores culebrones de culto del cine contemporáneo.
Diálogos beckettnianos, expresiones y planos indescifrables, problemas existenciales sometidos a tortura, cruce de identidades, guiños a la literatura marciana, friquismo de profundidad, sexualidad, transexualidad y homosexualidad extracorpórea, chimpancés traumatizados sometidos a psicoterapia, enlaces ejecutivos con sordera galopante, ancianos a lo Cocoon en busca de la vida eterna, multiplicaciones físicas y marionetas de carne y hueso. Solo desde con un soberano ataque de lucidez pueden abordarse tantos registros de forma más desternillante, y sin que nos importe mucho si Jonze y Kauffman quisieron burlarse de nosotros o intentar realizar un lavado en seco de la conciencia, la frustración y cosas parecidas.
De lo que sí estamos seguros es de que no fue un ensayo-error. El dardo en la diana, el guion peinado con cardado de dementes, y los actores como dejados de la mano de sus dioses. No en negativo. Al revés, tan naturales a los elementos fantasiosos como ofuscados en no desprenderse de lo que han encontrado. Cusack está en su salsa de hombre miserable, abandonado y desgraciado. La irreconocible Cameron Díaz no se ha visto en otra parecida, pese a explotar hasta el infinito su lado cómico. Keener, atrayente y espectacular, es la X impredecible de la fórmula. Y Malkovich es simplemente una maravilla. No solo por saber hacer de sí mismo (no es tan fácil, si lo pensamos), sino por su resignada y aturdida concepción de la posesión a la que le someten los desquiciados personajes que le habitan.
Sean Penn, Charlie Sheen, Brad Pitt y Violeta Spencer, entre otros, también se dejaron ver brevemente, azuzados por los dos titiriteros causantes de esta locura de saltos mortales y arriesgada apuesta argumental. Los mismos que dos años después repitieron experimento metafísico con la prodigiosa Adaptation (El ladrón de orquídeas) donde Charlie Kauffman reclutó a su hermano Donald para el guion, y donde hay un guiño inicial a los incondicionales del cerebro de Malkovich. Mirar con los ojos de otro, no buscar la lógica (que no la hay), no contener la estupefacción y dejarse conquistar por lo insólito. Es el secreto de esta moderna explicación sobre la angustia existencial. Si hay una puerta hacia otro lado, ábrela y no preguntes.
Cuando Graig consigue ser John Malkovich no puede evitar emular a su marioneta, y se marca este momentazo:

 

 

Y DE REPENTE, OTRO DESPROPÓSITO

Al guionista Charlie Kaufman se le ocurrió una genialidad a ojos de todo mitómano que se precie. Se le pasó por la cabeza, y reflejó sobre el papel, una estupenda historia acerca de un titiritero, un ‘domador’ de marionetas, Craig Swartz (John Cusak), casado con una extraña criatura, amante de los animales (Cameron Díaz), que acepta un trabajo de oficinista porque no encuentra quien sepa apreciar su arte. Allí, en su despacho, descubre detrás de un archivador una especie de madriguera oculta que le lleva, ni más ni menos, que a la mente o al alma… o a la sala de máquinas del actor John Malkovich (‘as himself’). En torno a su descubrimiento, y junto a su sexy compañera de trabajo, Maxime (Catherine Keener), ambos montarán un ‘chiringuito’ muy lucrativo.
El argumento era irreverente, potencialmente muy divertido y resultaba estupendo sostener un guión cinematográfico en una idea tan rabiosamente original, pero ¡ay!, el tándem Spike Jonze / Charile Kaufman cometió el error de descuidar el resto la historia. Artísticamente hablando, es demasiado irresponsable apoyar todo el peso argumental en una concatenación de despropósitos que compiten entre sí para ver cuál es más absurdo, en una confusión de acontecimientos e identidades similar a la que se puede producir en el geriátrico que se monta, al final de la película, en la cabeza de nuestra querida estrella. Como un ramillete de absurdeces que se suceden a una velocidad de vértigo, sin orden ni concierto.
El problema es que este ‘desvarío mental’, a lo Malkovich, de puro barroco, termina aburriendo en su desarrollo y en la estrambótica confusión sentimental de los personajes. Hasta el punto de que nos hubiera encantado que se hubieran dejado a un lado los amoríos despechados y que se le hubiera sacado punta cómica a las infinitas posibilidades socarronas que ofrece estar dentro de un tipo de fama, éxito, riqueza y reconocimiento artístico como John Malkovich. No digamos aprender a manejar los hilos de sus apetencias. Seguro que los habitantes de su ‘ensimismamiento’ (lo mejor de todas las paradojas metafísicas de la ‘lata de gusanos’ que plantea la película), los Malkovich multiplicados hasta el infinito, también lo hubieran agradecido.
No hubiera estado de más que Spike Jonze y el auténtico protagonista de esta película, Charlie Kaufman, le hubieran dado cierta coherencia, dentro del disparate, al comportamiento de algunos personajes. No por ello hubieran perdido su gracia.
Porque lo que no se comprende es que, por ejemplo, un tipo de naturaleza tranquila, apática, casi depresiva y un punto amargada recupere, de repente, la vitalidad perdida para amenazar con una pistola a su mujer, quitársela así de en medio y ‘cepillarse’ a la femme fatale que le entusiasma desde el minuto cero. O que, de repente, Maxime, la seductora nata, se descubra enamorada de unos, de otros y de todos en función de la ventolera que le dé en la entrepierna que tiene en su cerebro. O que todo el mundo sea consciente, con certeza científica, de que si tienes a un señor metido en la cabeza de otra persona, el tercero que llegue a ella acabará con sus huesos en el subconsciente. En fin, demasiada ‘aceptación’, demasiada resignación argumental para una sola película.
A pesar del caos, las interpretaciones de Cusak, Keener y Díaz se sostienen con mucho desparpajo y bastante talento. Pero por encima de todos, deslumbra la del señor omnipresente, la del fabuloso Malkovich, quien realiza una exquisita y disparatada parodia de sí mismo. Hay que reconocer también que la película tiene una fascinante capacidad de plantear las más absurdas preguntas existenciales. Tan absurdas como las que siempre nos han estado abrumando en nuestra piel de perdedores manipuladores.

Malkovich entra por la madriguera al cerebro de Malkovich, y esto es lo que pasa:

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