Homenaje: Christopher Lee. ‘El gran caballero del mal’

 
El verdadero caballero de la noche. Señor de las tinieblas y defensor del lado oscuro. Poderoso, enigmático y atrayente. Cualquier adjetivo se queda corto para los casi dos metros de estatura de Sir Christopher Lee, uno de los actores más reconocidos de nuestro tiempo, todo un gentleman, embajador del Reino Unido en el mundo, y con uno de los físicos más impresionantes, y casi sobrenaturales, del celuloide. No es de extrañar que muchos se queden con la leyenda urbana de sus ancestros medievales, relacionados por la imaginería cinéfila con antiguos masones, templarios y conspiradores. Lo único cierto es que procede de una familia noble londinense, con gran pompa heráldica y relaciones antiguas con reyes y emperadores. Y ese porte de aristocracia histórica sí ha sido heredado de tan prestigioso árbol genealógico.
 
 
Así de sorprendente resultó para su familia que pasada la veintena, manifestara su deseo de dedicarse al mundo de la interpretación, comenzando en 1947 con papeles secundarios en obras de teatro, óperas y programas de radio. Su voz grave, lenta, gótica, casi de ultratumba, pronto llamó la intención, y perfeccionó su locución trabajando como vocalista en representaciones musicales. Su paso al cine era casi inevitable. Y en 1948 debutó en la película Comdor of Mirrors, de Terence Young, mientras hacía de figurante en la versión de Hamlet dirigida por Laurence Olivier. Y de secundario elegante estuvo varios años hasta que su actuación en La batalla del Río de la Plata (1956) sirvió para que consiguiera un contrato con la que fue su particular fábrica de suenos, su constructora de personalidad: la Hammer Productions.
 
Bajo el estandarte de esta marca, no muy respetada por su calidad pero sí como máquina de hacer taquilla, Lee se hizo grande. La maldición de Frankenstein (1957) fue su debut con la factoría, dando vida al hombre monstruo creado por Mary Shelley, y con su amigo íntimo Peter Cushing como su creador. Este papel fue la puerta de entrada a su posterior saga de malvados, que quedarían inevitablemente unidos al vampiro de los vampiros, con Corridors of Blood, junto a Boris Karloff, y Horror of Dracula, ambas en 1958. Su temple de chupasangres terrorífico y dandi se hizo un hueco entre los fans del personaje de Bram Stoker, pero aún así consiguió despuntar en otro tipo de papeles, siempre en el género de terror, como sucedió en 1959 con dos papeles de consagración con los que consiguió también el beneplácito de la crítica: el de La momia, por entonces la producción de más calidad de la Hammer, y el de El perro de los Baskerville.
 
 
Su contrato con esta productora, no obstante, hizo que Christopher Lee se convirtiera al mismo tiempo en su símbolo y azote. En 1966, la polémica en torno a Drácula, príncipe de las tinieblas, hizo tambalear esa relación debido al supuesto sabotaje que el actor realizó al pésimo guion del filme, y que desembocó con un cruce de amenazas que apunto estuvieron de terminar en ruptura. Las cosas se arreglaron (chantaje de Hammer de por medio) y el actor, tras una interesante interpretación en Rasputín: el monje loco, siguió sirviendo al filón de la productora: Drácula vuelve de la tumba (1968), El poder de la sangre de Drácula (1969) y Las cicatrices de Drácula (1960).
 
 
Tras un respiro en su encasillamiento con la adaptación al cine de las novelas de misterio de Dennis Weatley, donde Lee se quitó por fin la capa y los colmillos, al final se zafó de las garras de la factoría que lo vio nacer. Ya había interpretado algunos papeles fuera de Hammer como en las cuatro películas de Fu Manchú entre 1965 y 1969, o haciendo de nuevo de Drácula para nuestro Jess Franco. También Billy Wilder había contado con él en La vida privada de Sherlock Holmes (1970), y había demostrado sus sobradas dotes para la villanía en El hombre de la pistola de oro, de la saga James Bond. Pero esto sucedió en unos años de decadencia para el cine de terror y pronto tuvo que asimilar sus consecuencias.
 
 
Ya entrados los años 80, Christopher Lee había sido rechazado para algunos papeles de renombre, y se estaba produciendo una revisión del género donde no había cabida para su rostro y su voz. Aún así, y reconociendo su propia caída, no tuvo reparos en aceptar trabajos en comedias de televisión, así como roles secundarios en películas de dudosa calidad cinematográfica, que pese a rememorar personajes como el Conde Rochefort en secuelas de Los tres mosqueteros, tan solo sirvieron para que su sombra pareciera definitivamente extinguida.
 
Solo lo parecía. El gran Tim Burton fue el encargado de prestarle la primera mano para su regreso, con pequeños pero vistosos papeles en Sleepy Hollow, Charlie y la fábrica de chocolate o La novia cadáver, además de como solista en una de las baladas de la adaptación cinematográfica del musical Sweeney Todd. Pero cuando realmente todos nos quedamos boquiabiertos con el redescubrimiento del gran actor fue a partir de 2001, con la ya histórica interpretación del mago Saruman en la trilogía de El Señor de los Anillos, de Peter Jackson. Lee, declarado  amante de la novela original, no solo había conocido personalmente a su autor, J. R. R. Tolkien, sino que supo imprimir de un auténtico misticismo y terror a su maravilloso personaje, que tras muchas idas y venidas por el tema de la edad, también regresó a El Hobbit: un viaje inesperado, la precuela de la trilogía estrenada el año pasado.
 
 
No quedó ahí la cosa. Otro de los grandes, George Lucas, le requirió para la segunda y tercera entrega de la segunda trilogía de Star Wars (Episodio II: El ataque de los clones y Episodio III: La venganza de los Sith). Lee aceptó participar como homenaje a su amigo Peter Cushing, ya fallecido, que había intervenido en la primera trilogía encarnando al gobernador Wiluff Tarkin. Su papel, el del Conde Dooku, fue también un guiño de Lucas a la carrera del actor, por el parecido de la palabra con Conde Drácula. Así se convirtió en todo un símbolo de las dos trilogías más espectaculares del cine del nuevo siglo, y renovó su cantera de admiradores, convirtiéndose en actor de masas y de culto a partes iguales.
 
 
Por si fuera poco, el actor también se ha hecho con numerosos fans por poner voz a personajes de videojuegos y por sus colaboraciones musicales, tanto de manera permanente con el grupo Rhapsody of Fire, como puntualmente con la banda Manowar.  Christopher Lee es uno de los actores con más películas rodadas en la historia del cine. Y aunque tiene los títulos de Caballero del Imperio Británico y Caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén, nosotros hace tiempo que le declaramos universal, patrimonio de la humanidad, el villano global, rostro elegante del malEs un grande, en todos los sentidos. Cumplió 91 años hace una semana. Y como si hubiera empezado a vivir.

A continuación, la espectacular secuencia del enfrentamiento entre Gandalf y Saruman en El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo. Por supuesto, en versión original para disfrutar de la voz de Lee. Y después, rescatamos un vídeo de homenaje:

 

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4 comentarios

  1. Un gran actor, no suficientemente reconocido y olvidado en los rankigns de los 20 o 30 mejores, donde debería estar.

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  2. Así es, Félix. Por eso hemos querido contribuir humildemente a su reconocimiento (en vida). Por nosotros que no sea 😉 Gracias por tu comentario.

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  3. Enhorabuena, tienes un blog muy interesante.Lee es el más emblemático de los actores actuales con su gran presencia y sus muchos registros. No es extraño que Spielberg primero y Jackson después reforzaran su filmografía cuando estaba perdiendo fuelle.Saludos. Borgo.

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  4. Gracias, Miquel. Por eso hemos querido rendirle este homenaje, porque para nosotros representa a varias generaciones del cine, con sus idas y venidas. Encantados de que os guste! Un saludo.

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