Disección: ‘Uno de los nuestros’, de Martin Scorsese. ‘Siempre quise ser un gángster’


SIEMPRE QUISE SER UN GÁNGSTER

 
PANORÁMICA: 1990. Recién caído el muro de Berlín, ya no hay espacio para la vieja Europa y el mundo comienza a reconstruirse geopolíticamente. Lituania se convierte en la primera república independiente de la antigua Unión Soviética. Se producen significativos y profundos cambios en Sudáfrica: Nelson Mandela queda en libertad tras 27 años en prisión y se aprueba la independencia de Namibia. Se une así a los últimos territorios descolonizados, las Islas Marshall y Micronesia. No obstante, los tambores de guerra comienzan a sonar en el Golfo Pérsico cuando unidades mecanizadas del ejército de Irak, bajo las órdenes de Saddam Hussein, invaden y ocupan Kuwait. Margaret Thatcher dimite como primera ministra del Reino Unido tras una escisión en las filas del Partido Conservador. Fallece con humildad la gran Greta Garbo, así como uno de los maestros de la composición cinematográfica, Leonard Bernstein. Les acompañan en este camino el siempre juvenil Robert Cummings y Jacques Demy, el que fuera uno de los cineastas franceses más estimulantes de la Nouvelle Vague.
 

EL MEOLLO: “Desde que tenía uso de razón siempre había querido ser un gángster”. Henry Hill (Ray Liotta) creció en Brooklyn sabiendo que nunca podría ser de la Familia. Su madre era siciliana; su padre, irlandés, y sus esperanzas de emerger de la marginalidad de su entorno, más bien escasas. Por eso, observa fascinado la vida bravucona, espléndida y campante, que llevan los chicos listos de la Mafia. Aquellos que hacen sus chanchullos y algún que otro trabajillo sanguinario en el barrio y sus alrededores. Henry decide acercarse a Paul Cicero, el ‘padrino’ de la familia Pauline, para entrar en su mundo, pero por la puerta de atrás, convirtiéndose en su chico de los recados. Pasarán los años y Henry alcanzará el éxito, logrará mucho dinero. Junto a Jimmy Conway (Robert De Niro) y a Tommy De Vito (Joe Pesci) dará sus mejores golpes, encontrará el amor en los brazos de una mujer judía (Lorraine Bracco), aparentemente indómita, y cometerá el único pecado capital que no puede permitirse un tipo de la Mafia. Dejará atrás sus días de gloria envuelto en el caos, trapicheando con drogas que consume compulsivamente. Desde ese abismo, sólo le faltará dar un pequeño paso para alejarse definitivamente de una Familia a la que nunca hubiera podido pertenecer.

 
DETRÁS DE LAS CÁMARAS: Martin Scorsese fue un niño asmático que escapaba de sus largas convalecencias mirando siempre más allá. Al otro lado de la ventana de su casa, recuerda que observaba a otros niños que disfrutaban de su energía, su salud y de los juegos. Pero cuando acudía al cine podía respirar más abiertamente; sencillamente porque cualquier mundo, cualquier vida era posible. Y aquel encantamiento le atrapó. “La infancia era esa época donde veía cine y soñaba con hacer cine; era mi obsesión”, ha explicado en más de una ocasión el realizador. Por eso, gracias a esa condena temprana pudo desarrollar una de las carreras cinematográficas más apasionantes, intensas, inteligentes, revolucionarias y controvertidas de la historia del cine. De la mano de uno de los grandes ‘padrinos’ del séptimo arte, el insustituible productor Roger Corman, recibió su primer encargo en 1967, Quién llama a mi puerta. En 1973, se adentró en los bajos fondos de su ciudad natal para rodar Malas Calles con Robert de Niro y Harvey Keitel como protagonistas y, gracias a ella, su fuerte personalidad como creador comenzó a llamar la atención. Un talento que se confirmaría muy pronto cuando en 1976 rodó su primera obra maestra: Taxi Driver. Basada en un magnífico guión de Paul Schrader (presa de una depresión en el momento de abordar la historia), Scorsese creó una película claustrofóbica y laberíntica donde se pone de relieve la angustia que produce sentirse apartado de la sociedad y a la vez inmerso en un mundo hostil de violencia callejera, camellos, chulos, y política barata. Contaba con una banda sonora ‘enrarecida’ e inolvidable firmada por Bernard Herrmann quien, por cierto, murió la misma noche en la que acabó la partitura. 



Poco después, en 1980, llegó su segunda gran creación: Toro Salvaje, donde retrató el ascenso y la caída del boxeador Jackie La Motta, campeón de los pesos medios. Inmensa, fascinante en su propuesta estética y con uno de los mejores guiones jamás escritos, Scorsese fue capaz de conferirle al concepto de fracaso un significado absoluto con un acento hasta entonces desconocido y desconcertante. Después de estas dos obras cumbres, el cineasta rodaría varias películas entre las que se encontrarían ¡Jo, qué noche! (1985), El color del dinero (1986) o la fascinante y provocadora mirada que dirigió hacia la figura del ‘redentor’ en La última tentación de Cristo (1988). El cineasta entró en los 90 con Uno de los nuestros, de la mano también de uno de sus grandes éxitos de taquilla, El cabo del miedo (1991) y contándonos una bellísima y apasionada historia decimonónica. La edad de la inocencia (1993) habla de un abogado que, ahogado por una vida de convencionalismos y sin emociones, se siente liberado por el amor hacia la ‘mujer equivocada’. Era una película de época única en la filmografía del cineasta, y todo un rendido homenaje a una de sus grandes debilidades, el director de cine Luchino Visconti. Con Casino (1995) volvió a superarse. Dejó a la intemperie el mecanismo de tragaperras que tiene Las Vegas, el cual se sirve de la Mafia como un perfecto engranaje a través del cual discurren millones de dólares procedentes de multitudes de almas en pena. Ya de paso, narró de forma angustiosa una historia de amor no correspondido, adicción a las drogas y traición. En 2002 el cineasta pudo realizar, al fin, uno de sus proyectos largamente acariciados, una historia épica en el Manhattan del siglo XIX protagonizada por quien sería su segundo gran actor fetiche, Leonardo DiCaprio. Nos referimos a Gangs of New York. Una película que entusiasmó a algunos y defraudó a otros. Esta emoción bicéfala se repitió con su siguiente filme donde recuperaba retazos de la biografía del singular Howard Hughes, El aviador (2004), un título que resulta imprescindible para todo cinéfilo que se precie. En 2006 se hizo por fin justicia, recibió varios Oscar, incluido el de mejor director (un galardón que siempre le había resultado algo esquivo) por Infiltrados. Era una buena película de suspense policíaco, donde habitan topos de todo pelaje y lealtades insatisfechas, concebida con magnífico pulso. En 2010, Scorsese nos empujó a los abismos de la locura y de la culpa a través de Shutter Island y en 2011 descubrimos, junto a él, con Hugo, que todavía late nuestra capacidad para soñar gracias a un delicioso detonante: George Méliès, el más creativo de los padres del cine.

 
PRIMER PLANO
 

ROBERT DE NIRO: Nada de infancias turbulentas y traumas de familias despedazadas por la tragedia. El que probablemente sea uno de los mejores actores de todos los tiempos lleva más de medio siglo dando vida a los personajes más perturbadores que hemos conocido en la historia del cine, pero se crió entre las bambalinas artísticas y poéticas que se respiran en las calles del Greenwich Village de Nueva York. De padres divorciados pero bien avenidos y de ascendencia indirecta multi-europea (desde Irlanda hasta Italia), Robert de Niro se formó en interpretación en la Gran Manzana y no tuvo que esperar mucho, como otros, a que su talento cayera en buenas manos. Con tan solo 20 años un casi debutante Brian de Palma le incluyó en el reparto de The Wedding Party (1963), dando lugar a una colaboración entre ambos que se afianzó durante los años 60 y que hizo que el actor ganara popularidad, sobre todo a partir de su año de gracia, 1973, en el que además de repetir con De Palma en Muerte de un jugador, conoció a su gran mentor, su amigo, su Pigmalión, Martin Scorsese, con el que debutó en Malas calles. Después ambos inauguraron una etapa del cine única en la historia y prolongada por dos décadas: Taxi Driver (1976), New York, New York (1977), Toro Salvaje (1980) –con la que consiguió su segundo Oscar-, El rey de la comedia (1983), Uno de los nuestros (1990) – en la que rechazó trabajar en un principio por miedo a encasillarse-, El cabo del miedo (1991) y Casino (1995).

 
Scorsese, sin embargo, no tuvo la exclusiva. El regusto italiano de De Niro haría que Francis Ford Coppola le eligiera para interpretar la juventud de Don Vito Corleone en El Padrino II (1974), su primer Oscar, creando así una fusión casi irrepetible, aunque no coincidieran en rodaje, con Marlon Brando, otro monstruo de la interpretación y probablemente el antecesor natural de De Niro. Entre taxistas desequilibrados y boxeadores ultraviolentos, su rol de gángster taimado pero impío fue haciéndose cada vez más patente, y a partir de la grandiosa Érase una vez en América (1984), de Sergio Leone, decidió partir en dos su carrera, dividiéndose en paralelo entre villanos y buenos. Llegaron así Enamorarse (1984), La misión (1986), El corazón del ángel (1987), Despertares (1990), Mary Shelley´s Frankenstein (1994) o Sleepers (1996). Después inició, con alguna honrosa excepción como cineasta en Una historia del Bronx (1993) y El buen pastor (2006), una carrera desconcertante empeñada en parodiarse a sí mismo y en demostrar una vis cómica que, aunque conseguida, muchos preferimos obviar. No somos capaces de ver más allá del joven Vito, de Travis Bickle, de Jackie La Motta o de Jimmy Conway. Y pese a ser nominado y premiado también por este tipo de trabajos, como recientemente en El lado bueno de las cosas, siempre que le miramos le vemos frente al espejo, en plan borde, peligroso, desafiante y loco. Y seguro que él también. 
 

RAY LIOTTA: Una mirada tan clara como fiera, un rostro enjuto, surcado de misterios y sensual, alguien que pudo ser Tony Curtis y decidió pasarse al lado oscuro. El trabajador incansable Ray Liotta forma parte de una generación de actores que creemos que no han sido lo suficientemente reconocidos, teniendo en cuenta su contribución imparable al arte en la gran pantalla. Hijo adoptivo de político, y criado en Nueva Jersey, se marchó a Miami para estudiar interpretación y se hizo un nombre en la industria a través de la serie televisiva Another World (1978), en la que permaneció tres años hasta conseguir sus papeles más relevantes en el cine. Su reconocimiento en Hollywood fue lento y paulatino, y no se produjo hasta 1986 cuando, de la mano del fiero e intimista Jonathan Demme consiguió hacerse notar con su aterrador villano de Algo salvaje. En plena década de adoradores de psicópatas, la mirada de Liotta comenzaría a forjarse bajo esos papeles, cuyo punto álgido quedó materializado en Uno de los nuestros, y en su soberbia encarnación del gánsgter Henry Hill. Desde entonces no pudo volver a alcanzar el nivel de popularidad y reconocimiento que le regaló Scorsese pero ha seguido demostrando su versatilidad y carisma en películas de más o menos calidad, donde su aparición siempre hace que ganen puntos: Cop Land (1997), Hannibal (2001), Heartbreakers (2001), Identity (2003) o Smokin’ Aces (2006). Consciente de ello y de las pésimas críticas de la mayoría de sus filmes, su regreso a la televisión, el origen de su carrera, ha hecho de su madurez cinematográfica todo un ejemplo, tanto de intérprete ocasional en reconocidas producciones como Mátalos suavemente (2012), como en el papel de productor ejecutivo de otras tantas, junto con doblador de documentales y videojuegos.  Lo que decimos, nunca ha parado de trabajar, dio lo mejor de sí mismo, y falta un regreso espectacular al cine a la altura de lo que aportó.

 

JOE PESCI: Si te lo cruzas por la calle, no lo juzgues por su estatura. No le insultes ni le digas que es gracioso. El pequeño gran gángster del cine no dudará ni un momento en dictar sentencia contra ti si no le gusta cómo le miras. Joe Pesci es de esos actores encasillados para bien, porque realmente es en esos papeles de verborreicos y dementes mafiosos donde ha demostrado lo que vale. Natural de Nueva Jersey, es el único de los tres protagonistas de Uno de los nuestros de verdadera y directa ascendencia italiana (curiosamente, al igual que en la película), y aunque se prodigó por las tablas neoyorquinas en su infancia, intentó hacerse grande en el mundo de la música tocando en diferentes bandas donde llegó a coincidir con Jimi Hendrix. No tuvo éxito con la guitarra pero sí suerte en otras lides. Porque gracias a este fracaso lo intentó con el cine tocado por la gracia de Martin Scorsese en Toro Salvaje. La camaradería entre Pesci, De Niro y Scorsese durante el rodaje se convertiría en años de amistad que llegan hasta hoy. Participó así, repitiendo con De Niro excentricidad y psicopatía, en Érase una vez en América, con Uno de los nuestros conseguiría el Oscar al mejor actor de reparto y con Casino recobraría la nostalgia mafiosa de los viejos tiempos. No es de extrañar que De Niro también contara con él para Una historia del Bronx y El buen pastor. Fuera de esta “familia” tampoco le fue mal, despuntando en películas como JFK (1991) y la fabulosa Mi primo Vinny (1992). Hoy en día sigue coqueteando con su guitarra, sus homenajes a viejas glorias del rock, y su pasión por el golf y las artes marciales. Siempre hemos pensado que Tommy DeVito es el protagonista total de Uno de los nuestros, uno de los mejores y más esquizofrénicos, a la par que desternillantes, mafiosos jamás creados. Mimetización absoluta de actor y personaje. Puritanismo del bueno.

 
CONTRAPICADO: Cautiva desde el primer segundo de su proyección. Cuando la voz en off del protagonista, cínicamente desenfadada, nos hace pasar al Nueva York de los años 60 para conocer a la Familia. Las vidas y las costumbres de unas gentes de la Mafia que vivían en un completo estado de libertad, con su propia moral y su singular sistema de valores donde la lealtad lo era todo o no valía nada. Sin lugar a dudas, lo que más impresiona del filme es la atmósfera que nos envuelve, donde la amenaza siempre está en suspenso, donde la violencia se intuye como un mal sueño o se hace irrespirable antes de verse desatada. Por ejemplo, cada vez que Tommy se cabrea porque es un jodido psicópata sin sentido del humor o cuando Jimmy, comienza a desconfiar, a perder la paciencia. O segundos antes de que el pequeño matón, de nuevo, comprenda que ese no será el precisamente el día en el que pase a formar parte de la Familia. En esta magistral panorámica de los bajos fondos realizada por Scorsese, son especialmente inolvidables los contrastes que se suceden en los comportamientos de los personajes, entre la música y la violencia, en nuestras propias emociones encontradas hacia un tipo de vida que repele, pero también atrae… demasiado. Así, por ejemplo, Scorsese nos sirve los espaguetis de la Mamma como postre de un brutal crimen sinsentido o las charlas insustanciales y jocosas antes de los momentos de tensión donde el orgullo, inexplicablemente, ha quedado herido.

 

Por lo demás, es una magistral lección de cine desde todos los puntos de vista: partiendo de un guion que sabe coger por el pescuezo el alma de estos tipos sin conciencia, llegando al poder narrativo que tiene la cámara en manos del cineasta. Siempre nos acordaremos del largo plano secuencia con el que anduvimos por la trastienda del Copacabana, un recurso fabuloso para perfilar el carácter del protagonista en sus tiempos gloriosos y seducirnos con su manera de desenvolverse, con la forma de paladear el triunfo de los tipos listos. Como si no existiera el mañana y fuera fácil darle el esquinazo a cualquier tipo de remordimiento. Esa misma elegancia y eficacia narrativa la emplea Scorsese para hablar de la decadencia paranoica de los dos protagonistas: la autodestructiva de Henry Hill y la exterminadora de Jimmy Conway.
 

PICADO: Asistir a esta genealogía sobre la mafia, donde se explican detalladamente los mecanismos del gangsterismo durante tres décadas, y encontrarte al final con un desmontaje de todo lo contado a lo largo de la película resulta poco menos que desconcertante. Sabemos del cinismo y socarronería de Scorsese, y de su capacidad para pasarse la moral judeocristiana por el forro de la cámara, pero Uno de los nuestros encierra en su final un ingrediente de expiación que ni había manejado antes ni, afortunadamente, en ninguna de sus películas anteriores. Ya sabemos que trabajaba con una historia real, y eso era lo que había, pero no hubiera pasado nada si todas las licencias que se permite respecto a lo que fue la verdadera vida de Henry Hill las hubiera alargado hasta el final. En vez de habernos quedado con esa imagen del protagonista viviendo “como un gilipollas” podríamos haber fantaseado con su castigo, con su tiro en la nuca por haber dejado de ser un buen chico, un goodfella.

 
SIMBIOSIS SONORA: “Creo que amo la música más que al cine. La música es la forma más pura de arte“, llegó a decir Martin Scorsese en una ocasión. Conocido realizador de magistrales documentales sobre algunos de los músicos más influyentes de los últimos tiempos (The Rolling Stones, George Harrison o Bob Dylan, entre otros), en Uno de los nuestros el cineasta da rienda suelta a su pasión sin apenas darnos tregua. Y es que pocos son los fotogramas que no se vean acompañados por una emoción musical cargada de significado. La banda sonora está integrada principalmente por temas conocidos de los 50 y de los 60. Principalmente, aunque no solamente, y en ella se codean, por ejemplo Tony Bennett, George Harrison, Eric Clapton, Aretha Franklin, The Ronnettes, The Cadillacs e incluso Al Johnson interpretando un tema de El cantor de Jazz. Por supuesto, no faltaron a la cita sus satánicas majestades, The Rolling Stones, la banda fetiche del cineasta, ni unos interesantes y simbólicos créditos finales al compás de la legendaria versión de My Way que realizó el emblemático bajista los Sex Pistols, Sid Vicious.
 

OJO AL DATO: Hay libros enteros escritos sobre las numerosas anécdotas, casualidades, intencionalidades y tropelías acaecidas en torno al rodaje de esta obra maestra. Ya hemos mencionado algunas, así que dejamos a un lado las más de 300 veces que se pronuncia la palabra fuck durante el metraje, y paseamos por ese gran puente que el gigante de la HBO David Chase construyó, junto con la trilogía de El Padrino, entre este filme y la serie Los Soprano, indiscutiblemente la mejor de la historia. El enlace más firme lo tejió con la actriz Lorraine Bracco, la excitada, mártir y cómplice esposa del protagonista, a quien llegó a ofrecer ese mismo papel más de diez años después aunque como cónyuge de Tony Soprano. El excesivo paralelismo entre ambas interpretaciones hizo que al final su contribución fuera más significativa, convirtiéndose en la psiquiatra del rey mafioso del siglo XXI. Junto con ella, Chase regaló el mejor papel de su vida a Michael Imperioli, que pasó de ser el visto y no visto Spider de los Goodfellas al famoso Chris Moltisanti de la familia Soprano. Y al margen de la serie, no podemos dejar pasar esos guiños tan peculiares de los italoamericanos afincados en Hollywood, como el hecho de que Scorsese sacara a su propia madre para ejercer el rol de la de Joe Pesci, o que este último fuera el encargado de rodar nada más y nada menos que la escena más famosa de la película, su carta de presentación, su secuencia antológica: “¿Crees que soy gracioso?”.

 

RETRATO DEL HÉROE: Henry Hill era ya un buscavidas antes de destetar. Supo encontrar su lugar en el mundo, en su propio barrio, pero en otra dimensión, la de los tipos que miran por encima del hombro, sueltan propinas de 20 dólares y siempre encuentran la mejor mesa en el garito de moda. Henry Hill supo a quien arrimarse siendo un niño, y, desde entonces, se cubrió de gloria. El tipo no tenía la sangre limpia, su madre era siciliana, pero su padre tan solo un pobre irlandés, así que Henry creció y se hizo rico con la conciencia de su mestizaje, sabiendo que nunca podría ser uno de ellos. Aquello parecía no importarle puesto que se ganó su reconocimiento siendo un crío, cuando perdió la ‘virginidad’ demostrando que no era un soplón. Un guiño del destino teniendo en cuenta que el tipo, en su espiral de decadencia, en aquellos momentos en los que un helicóptero desquiciante se le posó en la cabeza, cantó de lo lindo buscándole la ruina a los suyos… o a los otros. Henry es un chico simpático, espabilado, agradable en sus maneras y no tan violento como sus compañeros de viaje. Quizás no hubiera sido un mal tipo si se hubiera criado en otro ambiente. Quizás. Aunque estamos seguros de que hubiera encontrado la manera de hacer un pacto con diablo solo para comer, como Dios manda, unos espaguetis a la boloñesa.

 
No hay opción. Es la mejor secuencia de la película. Tommy es muy muy gracioso:
 

 
Nos despedimos con un tributo de cine y música a la película:

 

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