Visionado: ‘Alacrán enamorado’, de Santiago A. Zannou. ‘Sudar el odio’

 
cuatro estrellas
 
Dos aguijones en forma de pinza. Con eso cuentan los alacranes para paralizar y matar a sus víctimas. Pero con utilizar uno de ellos suele ser suficiente. Solo a veces se enfrentan con un enemigo de tal calibre que necesitan los dos para asegurarse el triunfo. Julián (Álex González) es un joven violento que forma parte de una organización xenófoba que “limpia” de inmigrantes los barrios de Madrid, con miembros encandilados por el carismático y simplón discurso de su líder, Solís (Javier Bardem). Su mejor amigo, Luis (Miguel Ángel Silvestre) le iguala en odio e ideas neonazis. Pero no sabe que su paso por un gimnasio de boxeo le hará convertirse en algo distinto, tomar una ruta diferente y más difícil, donde los mediocres esquemas sota-caballo-rey se rompen y el alacrán debe decidir a quién propinar su último aguinozajo.
 
Alacrán enamorado ha sido para muchos toda una sorpresa. La adaptación al cine de la novela homónima de Carlos Bardem que ha realizado Santiago A. Zannou, con la ayuda en el guión de su propio autor, incorpora los elementos estéticos, morales, narrativos e interpretativos de los grandes relatos. En un tema como la xenofobia y los neonazis,  controvertido y no siempre eficazmente abordado en el cine español, el guion discurre a través de las mejores herramientas: la sencillez y el realismo. Realistas son los personajes de los dos jóvenes, realista es esa subterránea sala de boxeo, realistas son las dudas de Julián sobre sus acciones, realista es el discurso persuasivo de los fascistas disfrazados de predicadores, y realistas los diálogos, sintéticos y urbanos.
 
Pero sobre todo, impregna a la película de sobriedad, nobleza y talento la huella del entrenador jefe del local, el actor, monologista y auténtico boxeador de origen libanés Hovik Keuchkerian; y la del propio Carlos Bardem, como el peso pesado caído en desgracia Carlomonte. Son dos contrapuntos del éxito y la fama, justo los que necesita Julián para que, desde un lado y otro, sienta en sus puños la necesidad de ser un gran boxeador para así poder “sudar su odio”, tatuado en su carne desde adolescente, mamado en las calles, impostado por una vida miserable y desgraciada. El tercer vértice sera Alisa (Judith Diakhate), trabajadora mulata del gimnasio, y elemento decisivo para el choque moral del protagonista.
 
Lo más impresionante es constatar cómo, desde ese baile de elementos aparentemente simples (salvo por algunos efectos a cámara lenta y algunas secuencias de videoclip), se nos permite el paso hacia una película de aprendizaje nada fácil. Ni siquiera el propio Julián es consciente de lo que sucede dentro de él. Solo sabe que no le gusta que le recuerden que es un nazi, que solo quiere boxear y que descarga una rabia que queda sepultada en sus guantes y en su sangre, sin espacio para la violencia fuera ya del ring. Pero el peaje por el pasado debe pagarse y su salida de las garras de la organización que lo “crió” tendrá previsibles consecuencias.
 
Nos encontramos con que Alacrán enamorado pasa a formar parte de ese gran género en sí mismo que ha conformado el cine en el cuadrilátero. Nos olvidamos por un momento de la gran catarsis que supusieron El odio (1995) o American History X (1998) en cuestiones de racismo, y nos acordamos de Million Dollar Baby (2004) o de los querubes traficantes que encontraban una salida en el boxeo en la soberbia serie The Wire o en la novela El poder del perro. Decenas de expiaciones realizadas a puñetazo limpio, contra un adversario igual a nosotros, pero al que no odiamos. Empezamos a creer que ese tipo de violencia controlada es un gran arma de redención y sumisión. Solo hay que contemplar y entender el maravilloso final de esta película para tenerlo más claro que nunca.
 
De esta forma, Zannou compone una película social, de denuncia nada escondida, con elementos de thriller y acción algo facilones pero tolerables, y un soberbio mensaje de alerta sobre quienes se aprovechan de la miseria. Esto le otorga una estrella más desde que conmovió al respetable con su retrato sobre drogas y discapacidad en El truco del manco (2008) y con su documental La puerta de no retorno (2011). Coincidencia o no, durante algunos días hemos visto cómo el recurso al “nazismo” se ha utilizado de manera algo irresponsable en altas esferas. Esta cuestión no es baladí. Es cosa de alacranes, escorpiones con dos armas letales. Por eso agradecemos esta noble historia y esperamos que su proyección llegue más allá que los titulares de los periódicos.
 
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