Visionado: ‘Los amantes pasajeros’, de Pedro Almodóvar. ‘Orgía sin desenfreno’


dos estrellas


Una cosa queda clara. La marca Almodóvar es arrolladora. Sobre todo, cuando se observa el tirón en taquilla que ha tenido su última película, Los amantes pasajeros, en su primera semana en la cartelera. De hecho, siempre merece la pena acudir al cine para disfrutar de sus historias apasionadas, de las situaciones al límite y extrañas que imagina, ajenas, pero siempre capaces de despertar sentimientos universales en los que reconocemos nuestro propio dolor o nuestra propio desconcierto, quizás algún rastro de felicidad. Su puesta en escena, la belleza de su escenografía, la música que acompaña a los sentimientos, su sentido singular de la estética… Almodóvar y su universo  pocas veces decepciona. Por eso, nos sorprendió que su vuelta a la comedia disparatada, liberado de la oscuridad pasional de sus últimos relatos, no fuera algo más convincente, más rebelde o transgresora. Por lo menos, algo más graciosa, sin ánimo de resultar blasfemos.
Y es que en Los amantes pasajeros el ‘absurdo’, que formaba parte del instinto que el cineasta tenía para la comedia, deja de ser surrealismo creativo para convertirse en algo así como un pan sin sal. En la película, no hay una verdadera celebración de la vida  (como promete el tráiler) ni tampoco irreverencia (como todos esperábamos de su cacareada crítica a los momentos que vivimos) y sí demasiadas ganas de reivindicar un tipo de humor que parece una copia pirata del cine del manchego.
En Los amantes pasajeros,  a la denuncia le falta corporeidad y al cotilleo descarnado, le falta  sarcasmo. En ambos casos, solo obtenemos el retrato obvio y esquematizado de unos tipos fácilmente reconocibles de “esta”, nuestra España corrupta de pandereta y papel couché. Junto a ellos, aparecen otros seres inventados y ocurrentes, en la órbita del cine del manchego,  pero malgastados porque no desarrollan todas las posibilidades que tienen a su alcance. Parecen aburrirse  de su propia existencia. Ahí está esa virgen vidente que accede a los acontecimientos futuros accionando un mecanismo curioso: tocando paquetes. Todo ello por no hablar del flojo y decisivo cameo con el que arranca la película donde nuestros dos actores más internacionales (Penélope Cruz y Antonio Banderas) parecen sentirse incómodos con los papeles que Almodóvar les ha regalado para su aparición estelar. Son dos fantasmas del tan celebrado costumbrismo patrio que, en otros tiempos, tan bien sabía retratar el cineasta.
Y es que es esa precisamente la sensación que invade al ver la película. Es como si todos los personajes hubieran nacido viejos y cansados, sin el brío, la gracia, el desparpajo y la locura de la galería de retratos que ha sido capaz de crear a lo largo de su filmografía.  Los amantes pasajeros deambulan, sin orden ni concierto (hay que llenar un metraje de 90 minutos, que se hacen largos), en situaciones armadas en torno a un viaje a ninguna parte y con un destino accidentado. Hay historias dentro de otras historias perfectamente prescindibles, sencillamente, porque aburren, destrozan el ritmo y no aportan nada (el galán-actor venido a menos y las mujeres que le rodean). El toque catártico de las drogas y sus efectos secundarios: léase un ardor sexual incontrolable, no resulta revolucionario, ni provocativo, ni siquiera excitante. Podría tener su punto si resultara menos vital para el argumento.
Sin embargo, siempre hay momentos mágicos en el cine de Almodóvar y esta película no iba a ser una excepción. Mención aparte merece el perfil de los tres ‘azafatos’ de la clase business que se sobreponen a la fatalidad y al aburrimiento del resto de la película gracias a los mejores diálogos y a tres intérpretes verdaderamente dotados para la comedia (Carlos Areces, Javier Cámara y Raúl Arévalo). Lo de menos es su publicitado número musical.
Solamente en algunas escenas impactantes y formalmente bellas reconocemos al maestro que tantas horas de felicidad y diversión nos ha regalado. En especial, la imagen de ese ‘Aeropuerto’ desértico,  sin alma, vacío de viajeros y espejo de nuestras miserias.

 

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