Visionado: ‘No’, de Pablo Larraín. ‘El triunfo de la imaginación’

cuatro estrellas

A veces, hay que ser medio niño para conquistar el mundo. En un país de discursos abotargados y pasado trágico, el mensaje más sencillo es el único capaz de tocar la fibra sensible, de despertar conciencias, es el único con los arrestos suficientes como para plantarle cara al miedo. René Saavedra (Gael García Bernal), a bordo de su monopatín, con el mando de su tren eléctrico en la mano, tiene muy claro qué es lo que no necesita escuchar su país, Chile, una nación que tiene la posibilidad de votar democráticamente si despide o no al dictador que marcó dramáticamente su destino durante largos años…
No, de Pablo Larraín, basada en la obra El Plebiscito, de Antonio Skármeta, nos remonta a finales de los 80, en el país latinoamericano, un momento en el que Pinochet, cediendo ante la fuerte presión internacional, se ve obligado a convocar un referéndum que ratifique su estancia en el poder. En este escenario, conocemos a René Saavedra (espectacular García Bernal), un joven ‘yuppie’ que vive las mieles de una trayectoria profesional de éxito como publicista, mientras cuida a su hijo pequeño y mantiene una extraña relación con su ex mujer. René, hijo de exiliado, se sentirá obligado a romper con su bienestar, dentro del régimen, porque algo se inquieta en su conciencia, algo que le empuja a dirigir la campaña publicitaria a favor del ‘NO’ a Pinochet.
Es la historia de David contra Goliat, es un duelo que se dirime en el salvaje mundo de los mensajes publicitarios. Es  también la historia de la lucha entre el cinismo de una élite apoltronada en el poder y el discurso naíf que logró aglutinar, a regañadientes, a una oposición caótica y multipartidista. La campaña estuvo dirigida por un joven que mamó la publicidad impulsiva y efectista de los norteamericanos y tuvo la lucidez suficiente como para comprender que la tristeza no vendía, tampoco los ajustes de cuentas, entendió que, a pesar del dolor, “los muertos y desaparecidos” pertenecían al pasado. Así que sin renunciar a la denuncia, apostó por los ‘valores universales’ y diseñó una campaña plagada de conceptos manidos e imágenes alegres, esperanzadoras… pero intemporales. Su equipo compuso, además, un jingle tan pegadizo (“Chile, la alegría ya viene….”,) que, según se cuenta, era incluso tarareado, a hurtadillas, por los estrategas de la campaña de Pinochet.
Este making off hecho película, este canto a la imaginación está  también sembrado de ingenios técnicos. Rodado como un falso documental o reportaje, las secuencias parecen escapar de la improvisación y se dejan aturdir por dificultades técnicas provocadas (por ejemplo, esas imágenes frecuentemente ‘quemadas’ o deslumbradas por el sol). En ocasiones, el estilo narrativo de la cámara en mano, oscilando de un rostro a otro, de una figura a otra hasta producir sensación de inestabilidad, contrasta con las imágenes fijas de la publicidad que van creando los creativos del Gobierno del dictador y de la oposición. Como si la realidad inventada fuera más poderosa y tuviera más verosimilitud que la que viven los protagonistas a los que acompañamos a lo largo de la película. Como si nos dijeran aquello de que, al fin y al cabo, la “vida es  sueño y los sueños, sueños son”.
Además, Larraín narra las conversaciones vitales para la trama de manera fragmentada, situándolas en diferentes localizaciones. Es muy agudo su intento de deslocalizar, desarraigar una decisión crucial para el protagonista que cambiará el rumbo de su vida.
En definitiva, es un placer disfrutar de esta película e intentar imaginar, a través de ella, lo que ocurrió en un país cansado y atormentado por la dictadura. Sin embargo, lo irónico del asunto es que según una serie de encuestas que se realizaron tiempo después del plebiscito, los votantes del NO explicaron que se decidieron por esta opción debido a las dificultades económicas que atravesaba el país. Fueron más determinantes que la defensa de los derechos humanos. Es decir, a pesar de la superioridad técnica y creativa de los publicistas de la oposición, la suerte de la dictadura ya estaba echada. Sin embargo, nadie pudo negar que aquella campaña publicitaria, aquella bocanada de aire fresco se convirtió en la voz de un pueblo que aprendía a escucharse y despertaba de un mal sueño.
La película no pretende dejar en el aire ninguna moralina, aunque hay cierto mensaje subliminal, deliberado o no, que se nos queda en la mente tras su visionado. Así, Larraín parece decirnos que el Peter Pan que llevamos dentro no se nos debería escapar volando. Lo suyo es subirlo a un monopatín y dejarle rodar por ese mundo sin horizontes que es la imaginación. En ese camino, lo de menos es el país o el mundo que nos estemos inventando.
 
 
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