Disección: ‘Martín (Hache)’, de Adolfo Aristarain. ‘Tu patria son tus amigos’


TU PATRIA SON TUS AMIGOS

 
PANORÁMICA: 1997. El año en el que dijimos adiós a James Stewart, Fred Zinnemann y a Samuel Fuller en el mundo ocurrieron cosas extrañas. Mientras científicos escoceses lograron un clon de una oveja a la que llamaron Dolly, el imbatible Kasparov perdió una partida de ajedrez ante una máquina, el Deep Blue, de IBM. En Gran Bretaña, Tony Blair se convertía en primer ministro (el más joven en 185 años) y tendía la mano a Gerry Adams, líder del Sinn Fein, quien aceptó iniciar las conversaciones de paz para Irlanda del Norte. Por su parte, una película, Braveheart, y un hecho histórico, la Batalla de Stirling, avivan el sentimiento nacionalista en Escocia donde se vota restablecer su propio Parlamento tras 290 años unida a Inglaterra. En África, Laurent Kabila llega al poder, se convierte en jefe del Estado de Zaire y bautiza el país como República Democrática del Congo. Cruzando el charco, concretamente en Nueva York, quedó demostrado que el arte sí tiene precio. El Sueño, del genial pintor español Pablo Picasso, es adquirido por la friolera cifra de 7.000 millones de pesetas mientras que, en territorio patrio, nos fuimos de boda real: la Infanta Cristina se casó con Iñaki Urdangarín.
 

EL MEOLLO: Buenos Aires es un recuerdo lejano y casi borrado para el escritor y director de cine Martín Echenique (Federico Luppi). Sus raíces argentinas tan solo permanecen en su acento, porque es en Madrid donde lleva una vida nueva construida dentro de fuertes muros de sarcasmo, frialdad y sobriedad que prácticamente le han convertido en un hombre de hormigón armado. Pero su mundo se verá modificado casi a su pesar cuando deba regresar a Argentina tras una sobredosis de su hijo adolescente, también llamado Martín pero conocido con el seudónimo Hache, para diferenciarlo de su padre. Allí comprueba que su vástago no lleva una vida muy ejemplar, y que el arraigo de este con su tierra y la nueva familia de su exmujer es mínimo. Decide llevárselo a vivir a España, donde el nihilista y desilusionado Hache tendrá la oportunidad de conocer a las dos únicas personas que forman el entorno de su padre: su amante Alicia (Cecilia Roth) y su amigo Dante (Eusebio Poncela). La arrolladora personalidad de estos dos personajes, ella empeñada inútilmente en derribar la hostilidad y rechazo del desapasionado Martín, y él un filósofo y epicúreo actor, marcarán la vida del joven emigrado, perdido ante la nada de su futuro, asistente primero perplejo y luego protagonista de las situaciones del intenso trío protagonista. Esta novela cinematográfica de aprendizaje fue un arrollador triunfo hace casi 15 años y contribuyó también a afianzar el puente de colaboraciones entre cineastas españoles e hispanoamericanos. Sus punzantes diálogos, sus magníficas interpretaciones y su agridulce mensaje cosecharon premios a ambos lados del charco y dejaron para el recuerdo un hermoso alegato sobre las raíces, los problemas sociales, la frustración, la amistad, el amor y la juventud.

 

DETRÁS DE LAS CÁMARAS: Nadie como Adolfo Aristarain supo importar a su Argentina natal las claves narrativas del cine social anglosajón. Harto de los tópicos autoinflingidos durante décadas por el cine hispanoamericano, a cuenta de sus dictaduras, sus estados casi fallidos y castigados sistemas políticos, este cineasta y guionista de raza se limpió las manos de los clichés aprehendidos durante su juventud como ávido lector y cinéfilo obsesionado, y decidió abordar los problemas sociales de su país desde una perspectiva aguda, realista y poco piadosa. Sus fuertes vínculos con España le convirtieron también en un director de referencia para muchos autores españoles que vieron en él la posibilidad de romper fronteras y comenzar a convertir las cinematografías hispanas en una sola. Así quedo patente, tras décadas dedicado a la producción y a la asistencia de dirección, en la que sería su primera obra maestra, Un lugar en el mundo (1992), un desgarrador alegato sobre la justicia, la nostalgia y el dolor compuesto ya por Luppi y Roth, acompañados por actores de la talla de José Sacristán, en uno de los mejores papeles de su carrera. Reparto de lujo y muy español tuvo también La ley de la frontera (1995) que aunque no alcanzó la popularidad de la cinta anterior, le asentó como uno de los cineastas más comprometidos de la década. Tan solo habría que esperar dos años para que demostrara todo su arrebato literario en Martín (Hache), la mejor de sus películas. Aunque muy lejos de ésta última no quedó el apasionado retrato de la madurez que Aristarain realizó en Lugares comunes (2002), basada en el libro de su primo Lorenzo F. Aristarain, donde nos reencontramos de nuevo con Luppi, acompañado de nuestra maravillosa Mercedes Sampietro, dando vida a un matrimonio bajo un revés laboral que les llevará a refugiarse en las afueras de su mundo. Y nueve años han pasado ya desde que el cineasta argentino rodara su última película, Roma (2004), donde repitió con Botto y alumbró su más personal álbum de recuerdos. Desde entonces ha seguido escribiendo, produciendo y dirigiendo en segundo plano. Como sus personajes, nostálgico de sus raíces, ha regresado a su pasado para seguir contribuyendo, humilde, a sus pasiones.

 
PRIMER PLANO
 

FEDERICO LUPPI: El actor más grande de habla hispana es un hombre de palabra generosa, tono melancólico y reflexión aguda. Tiene además una memoria de cabello blanco en la que guarda muchos recuerdos. Algunos de ellos giran en torno a la ‘Pampa gringa’ que le vio nacer, en Ramallo, provincia de Buenos Aires, un lugar donde sus padres, inmigrantes italianos, fueron a buscar un mundo mejor. Dice Luppi que a él no se le “pegó el campo”, como a sus hermanos, que se “enredó con las gentes del teatro” y su destino comenzó a conspirar a su favor para que no fuera solo uno, sino muchos otros. “Representar a otros es estimulante porque te obliga a buscarte a ti mismo”, dijo el actor en una ocasión. Quizás por eso Luppi tiene algo de los personajes creados por Aristarain. O tal vez son los tipos inventados por el cineasta los que se confunden con la naturaleza trashumante del actor. Ahí está su papel de sindicalista desencantado de Tiempo de revancha (1981), el idealista que sueña con utopías de Un lugar en el mundo o el maestro de Literatura de Lugares comunes, que pierde su identidad cuando ‘le jubilan’ a regañadientes. Su carrera, principalmente a caballo entre España y Argentina, ha sido larga, fecunda y plena de reconocimientos. Así, recordamos sus fantásticas colaboraciones con Guillermo del Toro (Cronos, 1993; El laberinto del Fauno, 2006; El espinazo del diablo, 2001) y sus trabajos con Eduardo Mignona (El viento, 2005; Sol de otoño, 1996) o Miguel Bardem (Incautos, 2004). De su trayectoria, nos gusta especialmente un tipo frío e inquietante. Nos referimos al papel que encarnó en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (Agustín Díaz Yanes, 1995), un elegante y atormentado asesino a sueldo que mientras intentaba dar alcance a Victoria Abril “andaba en broncas con Dios”. A Federico Luppi nos lo podemos encontrar de cualquier guisa, pero siempre como un actor hipnótico que enamora con su manera doliente e inteligente de hablarnos a través de las cámaras. Este caballero con clase es un trabajador serio y comprometido con la historia que toca narrar. Ciudadano de tantas vidas, nunca dejará de ser un gaucho nostálgico que ha echado raíces en las vidas de muchos otros.

 
EUSEBIO PONCELA: Por primera vez repetimos actor en una disección. En octubre de 2011, con motivo de nuestra radiografía de La ley del deseo, realizamos el perfil de este portentoso intérprete, que ahora volvemos a repetir:
 

Es una rara avis en el planeta cinematográfico. Su presencia en la gran pantalla se hace de rogar, pero el recuerdo de su fuerza magnética permanece en la mente de todo cinéfilo que se precie. Este vallecano de origen humilde, pero con poso intelectual, en otros tiempos “cobaya de la heroína” incipiente, nos cautivó gracias a su personaje de Dante, el mejor amigo del misántropo Martín (Hache), que encarnó Federico Luppi. En esta increíble obra maestra de Adolfo Aristarain, Poncela fue una fuerza arrolladora, diabólicamente terrenal que sabía vivir al límite siguiendo los mandamientos de sus deseos y tentaciones. “Yo hago el amor con las mentes, ¡hay que follarse a las mentes!”. Poncela fue, en otros tiempos, un poco así, también en su vida real. Se dio a conocer gracias a su protagonista en Arrebato (Iván Zulueta, 1979) y la televisión le abrió las puertas del gran público con producciones como Los gozos y las sombras y Las aventuras de Pepe Carvalho. En los 80 se convirtió en un actor codiciado por cineastas de la talla de Pilar Miró (Werther); Carlos Saura (El Dorado) e Imanol Uribe (El Rey pasmado). También por Pedro Almodóvar (La ley del deseo) quien confeccionó para él la piel de Pablo, un escritor egoísta, independiente y frío que mantiene una relación de amor-odio con su máquina de escribir Olimpia. Un ingenio, aliado de su talento que, cuando amenaza la tediosa realidad, le inventa cartas de amor a imagen y semejanza de lo que su imaginación prescribe.

 

CECILIA ROTH: Esta actriz de mirada cristalina es uno de los mejores tesoros que Argentina ha regalado a España. Hermana del cantante Ariel Rot, quien heredó los compases de su madre Dina Rot, Cecilia se embarcó en el mundo de la interpretación cuando aterrizó en Madrid, huyendo de la dictadura militar argentina, a mediados de los años 70. Aunque su primera aparición reseñable fuera en el drama de José Luis Garci Las verdes praderas (1979), fue posteriormente, engullida por los brazos del primer Pedro Almodóvar, de Ivan Zulueta y de la vertiente cinematográfica de la movida madrileña, cuando comenzó a ser más conocida, debido a sus carismáticos roles en Arrebato (1980), Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1981) y Laberinto de pasiones (1982). Conforme el petardeo de esa década fue convirtiéndose en un drama incomprendido para muchos, la actriz comenzó a posicionarse como intérprete más sobria en algunas películas de bajo presupuesto y en piezas teatrales que, no obstante, la consagraron entre directores de culto e independientes. Aún así, sería de la mano de Adolfo Aristarain, primero en Un lugar en el mundo y después en Martín (Hache) cuando su reconocimiento fuera mayor. Su lugar de honor en el cine español y su reconocimiento –ya internacional—se lo debe a Almódovar, que le dio el papel protagonista de la fabulosa Todo sobre mi madre (1999), premiada en Hollywood. A partir de ese momento compaginó películas de mayor o menor enjundia y siguió dejándose ver por el teatro y en colaboraciones con producciones argentinas, siempre asentada en la interpretación de melodramas.

 

JUAN DIEGO BOTTO: Este actor hispano-argentino ha mejorado como los buenos vinos. Hijo de la actriz y maestra de actores Cristina Rota, y de padre desaparecido durante la dictadura de su país, Juan Diego Botto ya no tiene nada que ver con el imberbe protagonista de Historias del Kronen (1995), papel extraído de la novela generacional homónima de José Ángel Mañas y al que debe su popularidad. Tras los muy cuestionables papeles en las irregulares La Celestina (1996), Más que amor, frenesí (1996) y En brazos de la mujer madura (1997), fue en Martín (Hache) cuando pudo no solo simular el acento de su país natal sino también demostrar que la madurez interpretativa, aprendida en la escuela de su madre, germinaba de alguna forma. Fue a partir de entonces cuando comenzó a seleccionar mejor sus papeles y a perfeccionar sus personajes con una naturalidad que antes no habíamos conocido, tal y como demostró en Sobreviviré, Plenilunio, Asfalto, Silencio roto o Trece campanadas. En los últimos años fueron las películas Roma, Vete de mí, La mujer del anarquista, Todo lo que tú quieras, Silencio en la nieve o Dictado las que han terminado de aupar el talento maduro de este intérprete. Pero él califica como la mejor etapa de su carrera la experiencia que está viviendo desde que decidiera subirse a un escenario para interpretar la obra, de su puño y letra, Un trozo invisible de este mundo, centrada en la inmigración, los refugiados y la justicia social. El éxito de esta pieza teatral, actualmente de gira por España, le ha reportado un reconocimiento casi unánime y ha demostrado también su enorme sentido de la solidaridad y de defensa de los derechos humanos.

 

CONTRAPICADO: En una película de tan largos, intensos y apasionados diálogos es difícil quedarse solo con una secuencia u otra. Cada una de ellas adquiere su sentido por el contexto que forma con las demás, construyendo una enorme colmena de pensamientos que giran sobre el mismo hecho y que, paradójicamente, a veces producen la incomunicación. Aún así, es indudable que en Martín (Hache) hay un par de diálogos en los que el guion brilla de manera especial, en sintonía con los actores. Es el caso de la conversación de Hache con su padre en el restaurante, donde realmente nos damos cuenta de la concepción que Martín tiene de la nostalgia, de las relaciones y de su país. “Tu patria son tus amigos”, le dice, en la que probablemente sea la mejor frase del filme. Lo mismo sucede con Dante: sentado en una hamaca, charlando con Hache, se nos presenta como un auténtico “follador de mentes”, perspicaz cazador de cerebros a los que amar, personas cuyo talento haga que merezca la pena conocerlas. Este personaje de Eusebio Poncela es el contrapunto perfecto de Martín, y es por este motivo por lo que, una vez conocidas sus personalidades en ambos semi-monólogos, la secuencia de la cena en la piscina, con los cuatro protagonistas presentes, se convierte en lo mejor de la película, todo un derroche intelectual de pensamientos con un toque toque teatral a lo Tennesse Williams que nos prepara para el imprevisible final.

 

PICADO: No le quitaremos mérito a la maestría de un guion donde se adivina mucho talento y muchas horas de trabajo, además de amor por el oficio. Y si bien es cierto que algunos de los mejores instantes cinematográficos se encuentran en las películas que son puro diálogo (Howard Hawks es un buen ejemplo de ello), también lo es que en el caso de Martín (Hache) esta estrategia narrativa pierde, en muchos momentos, su eficacia. Llega un punto en el que los personajes parecen diluirse para convertirse, ante nuestros ojos, en puros autómatas de la palabra bien dicha y representada. Así, la película pierde verosimilitud inevitablemente. No es posible que en un filme de corte realista, todos los personajes tengan capacidad para deslumbrarnos a través de los diálogos. Todos quisiéramos ser tan lúcidos y ágiles como el cuarteto protagonista, pero la realidad es otra, y bien distinta.

 

SIMBIOSIS SONORA: Es necesario hacer un segundo visionado de esta película para poder disfrutar en su plenitud de la intimista y trabajadísima banda sonora que acompaña a los innumerables diálogos. El jazz y la música tradicional porteña se fusionan en melodías de fondo que fueron cuidadosamente seleccionadas por Aristarain, quien además compuso el tema principal, Orden y ley. El encargado de elaborar la mayor parte del soundtrack fue el cantautor argentino Fito Páez (por entonces pareja de Cecilia Roth) que incluyó en la misma temas melancólicos y vitales, como en una montaña rusa, algunos escritos en solitario y otros junto con otros compositores argentinos como Lucas Martí, Nahuel Mutti o Guillermo Vadala, entre otros: Cae, Riff Raff, Amanecer en Madrid, Ciudad de pobres corazones o Charla interrupta suenan encajados en la experiencia de los cuatro protagonistas. Un breve cameo musical del bandoneísta y tanguero Astor Piazzolla se fusiona con la vuelta a las raíces en Onda B. Y, como diría el propio protagonista de la película, es en el mejor momento del día, tumbado tranquilamente en su sofá, cuando suena ese jazz perpetuo y fiel. El cineasta optó por incluir tres temas del compositor y pianista estadounidense Elmo Hope. Las piezas Eyes So Beautiful, Blue Mo y Something for Kenny quedan suspendidas en los breves momentos de paz con los que Martín mantiene firmes sus muros, antes de que su hijo los derrita a base de pasotismo e indiferencia.

 
OJO AL DATO: Adolfo Aristarain confesó en un programa de cine de Televisión Española que Martín (Hache) y Un lugar en el mundo fueron dos películas que acabaron constituyendo un legado vital para su hijo. Fueron una especie de ideario hecho cine o de panorámica existencial, en gran angular, que le permitieron contar cómo entendía él la vida y sus circunstancias. Sin embargo, el director argentino también explicó que no quería que los críticos le identificaran con ninguno de sus personajes protagonistas, argumentando que nunca tuvo la intención de hablar por su boca: “Yo he jugado a crear a dos tipos muy sentenciosos y discursivos (Dante y Martín Echenique), lo que no quiere decir que me exprese a través de ellos”. Eso sí. Sus palabras, las largas y brillantes frases que caminan por la película, dejaron huella en el mundo de la música. Algunos grupos y autores como Boikot, Violadores del Verso o Pablo Hasél se dejaron fascinar por la literatura de Martín (Hache) y usaron citas exactas e incluso diálogos enteros de su guion.
 

RETRATO DEL HÉROE: Martín Echenique tiene miedo de sentir porque duele. Es un artista consumado como cineasta, pero también a la hora de empujar a los suyos al borde del abismo. Tiene “la rara habilidad de perder lo que más quiere”. Lo hace por precaución porque sabe que el amor es una trampa. Martín es un hombre duro, seco, prepotente, pero solo por supervivencia. Únicamente porque quiere crear a su alrededor un universo donde no le toquen los sentimientos, donde pueda vivir a su aire, encerrado en su arrogancia y en su “nostalgia tanguera de porteño”; pero también viendo cómo los demás dependen de un gesto suyo de afecto. Porque mal que le pese, Martín, en el fondo un tipo noble, no deja de ser de este mundo y necesita contar con el cariño ajeno. Martín finge estar muerto por dentro, pero se rodea de personas chispeantes, apasionadas, contradictorias, llenas de entusiasmo, desgarro y de sufrimiento. Sólo a través de ellos, un reflejo, se permite el lujo de recordar la vida. Y así se carga de razones y dispara sentencias aniquiladoras a todo aquel que le abre el corazón. Martín borró lo que más quería, encerró a su hijo entre paréntesis, y le puso un nombre que sonaba como el silencio. Sin embargo, lo que son las cosas, Hache nunca estuvo más cerca de él y logró atraparle el día en el que decidió abandonarle.

 
Os dejamos un pequeño extracto de los dos semi-monólogos a los que nos referíamos anteriormente. Mentes que merece la pena amar y amigos que forman patrias:
 

 

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