Visionado: ‘Blancanieves’, de Pablo Berger. ‘Entre la belleza gótica y la España cañí’

cuatro estrellas
 
Tenemos que reconocer que, de entrada, no conseguíamos desentrañar del todo la idea de adaptar el cuento de Blancanieves al cine mudo, en blanco y negro, ambientado en los años 20, en Sevilla y en el mundo del toreo. Hay que admitir que desde su puesta de largo en el pasado Festival de San Sebastián, el concepto en sí de la película nos pareció un poco friqui. Sí, prejuicios. El problema, está claro, es que no la habíamos visto. Porque después de verla, todo eso dejó de tener sentido. El director bilbaíno Pablo Berger consigue que nada más abrirse ese telón de inicio y al adaptar nuestra vista al formato diapositiva, nos empapemos de la maravillosa atmósfera de ensoñación y realismo en paralelo que imprime a cada una de sus secuencias.
 
Todavía resonando los estertores del gran éxito de la también muda The Artist, de Michael Hazanavicius, lo cierto es que, aunque las comparaciones no pueden evitarse, conforme avanza el metraje se va agrandando la certeza de estar viendo algo totalmente diferente. Puede que tuviera más sentido hacer una película muda para homenajear a los clásicos, trabajar con el metacine, rendir tributo a lo que se fue, como hizo el director francés, pero en Blancanieves el concepto es otro. La libre (muy muy libre) adaptación de Berger del cuento de los Hermanos Grimm es simplemente una tragicomedia gótica, bellísima y castiza en la que no hay más truco que el de dejarte embaucar por ella. Y de verdad que al hacerlo se disfruta mucho más.
 
Cada una de sus secuencias está trabajada con una delicadeza y sensibilidad que raya el perfeccionismo, en un ejercicio de lenguaje cinematográfico asombrosamente técnico y detallista al mismo tiempo. Buena parte del mérito la tiene su trepidante prólogo, donde se nos relata el trágico nacimiento de la niña Carmen (primero Sofía Oria, después Macarena García), la muerte de su madre (Inma Cuesta), y la forma en que su futura madrastra (Maribel Verdú) consigue casarse con su padre, el torero caído en desgracia Antonio Villalba (Daniel Giménez Cacho). Lo mejor es que a partir de ahí, la historia no decae en ningún momento, conforme avanza la infancia de Carmen, el amor por su padre y su imprevisible destino.
 
Las interpretaciones, esenciales en este formato, tampoco defraudan. Tenemos que situar en primer lugar a la niña Sofía Oria y a Macarena García, los dos rostros de Blancanieves, resultado de un casting magnífico, con cuatro pares de ojos que se comen la pantalla. Verdú merecería un capítulo aparte en su encarnación de villana, pero da la sensación de que los elogios a esta estupenda actriz nunca la hacen justicia. Estupendos están igualmente los siempre eficientes Ángela Molina, José María Pou y Pere Ponce junto a un correcto y melancólico Giménez Cacho y unos entrañables enanitos toreros (chisposo reencuentro con Emilio Gavira, admiradísimo desde El milagro de P. Tinto). Sobre estos últimos, solo nos queda la duda (por si alguien nos la quiere solventar) de no saber por qué son seis, en vez de siete, tal y como ellos mismos se anuncian en los carteles de la película. 
 
Numerosos picados y contrapicados llenos de emoción, primeros planos pictóricos y acabados con un buen gusto exquisito, múltiples y variadas escenas rápidas y superpuestas, alegres composiciones de vodevil, y personajes con encanto son los penúltimos ingredientes más valiosos de esta historia. ¿Cuál es el último? Es indudable que la música del compositor catalán Alfonso de Vilallonga y la voz de la cantaora Silvia Pérez Cruz (la única que se escucha en toda la película). Reminiscencias de la copla, el flamenco, palmas y taconeo, se entrelazan con las escenas como en una auténtica coreografía, si bien es cierto que también en ello viaja uno de los sus leves defectos: la sobrecarga emotiva, los estereotipos casposos de la España cañí (incluso parece reírse de ellos), y alguna que otra pifiada cursiloide. Bueno, sabemos que mucho se ha hablado también del final, y sin embargo aquí solo podemos calificarlo de coherente, tierno y delicado.
 
No podemos terminar este texto sin dejar constancia de nuestro espíritu antitaurino. Pero para decir que lo hemos dejado aparcado para realizar una crítica justa de la película, es decir, por sus valores artísticos. Después de que haya sido criticada por asociaciones en defensa de los derechos de los animales, preferimos quedarnos con el arte, como casi siempre. No el del toreo, que no creemos que lo sea por muy bonito que lo nos lo saquen, sino el del cine. Berger se esfuerza por hacer al público algunos guiños en forma de gallo para que su historia sea sensible al sufrimiento animal. Puede parecer hipócrita por su parte, pero el gesto le honra. En los tiempos que vivimos, afortunadamente, el sufrimiento animal para rodar una película es del todo innecesario, y después de mucho informarnos, estamos casi convencidos de que en esta película se ha respetado este precepto. Eso solo nos hace admirarla más y desearle mucha suerte esta noche en sus múltiples nominaciones a los Goya, aunque, pese a nuestros elogios, y tal y como señalan las estrellas con las que valoramos las películas en Cinetario, no sea nuestra favorita.
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