‘La vida es bella’, de Roberto Benigni. ‘Mil puntos de tragicomedia’ vs ‘Antología del chiste predecible’



MIL PUNTOS DE TRAGICOMEDIA

Han pasado más de 15 años y todavía ningún director italiano ha vuelto a liarla de tal manera en los Premios Oscar. Un desconocido Roberto Benigni regaló al mundo en 1997 esta joya de la tragicomedia que emanaba de entre la grotesca comedia romana contemporánea y que despertaba un drama histórico como el holocausto judío desde un prisma nunca visto. Adiós a La lista de Schindler, adiós a La decisión de Sophie, y hola a la conversión de la mayor vergüenza de la Segunda Guerra Mundial en un juego de imaginación, que consiguió tres galardones de Hollywood: el de interpretación para Benigni (también director), el de banda sonora (melodías de Nicola Paviani repetidas después hasta la saciedad) y el de mejor película de habla no inglesa.
Los amores del cineasta italiano se dejan ver nada más empezar su historia, desde los guiños a los gags de la confusión y la parodia de Charles Chaplin, hasta su homenaje al Ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica casi en una secuencia entera. Amarrado a sus clásicos nos contó la historia de su alter ego: el alegre, extravagante, vitalista y poético Guido, quien justo al inicio de la Segunda Guerra Mundial vive su gran historia de amor con Dora (Nicoletta Braschi), con la que se casa y tiene un hijo, Giosué (maravilloso el pequeño Giorgio Cantarini). Casi al final de la contienda, los tres son internados en un campo de exterminio, donde el protagonista hará lo imposible para convertir la situación en un juego, y que su hijo no sé dé cuenta de su terrible destino.
 
Fue precisamente la división en dos bloques lo que hizo que la película terminara siendo calificada como la mejor tragicomedia de fin de siglo. En su primera hora, asistimos a una de las conquistas más románticas del cine moderno, entre saludos matutinos a princesas, teorías de Schopenhauer, coincidencias, encuentros fortuitos, tropezones, trucos de magia, acertijos y caballos pintados de verde. Sin olvidarnos por supuesto de la breve pero intensa aparición de nuestra Marisa Paredes como madre de Dora. Memorables siguen resultando secuencias como la pantomima de Guido haciéndose pasar por un instructor de Educación, con la banda de los colores italianos en la entrepierna, y mofándose de la raza aria. Esa sonrisa perpetua fue la forma que utilizó Benigni para prepararnos el camino de la segunda parte, cuando prácticamente en un minuto vemos a los miembros de la familia, a los que apenas hemos empezado a amar, a bordo de un tren hacia el infierno.
 
Y cuando nos adentramos en la tragedia, empieza el juego. Poco antes ya hemos conocido cómo el protagonista quiere que su pequeño hijo vea el mundo, haciéndole reír, evitándole el miedo y la cobardía. A bordo del tren no le queda más remedio que improvisar con Giosué, y hacerle creer que acuden a participar en un juego, regalo suyo de cumpleaños. Solo una gran imaginación puede convertir un sitio de exterminio en una gran gymkana donde conseguir puntos para ganar un tanque. Donde los malos “gritan gritan gritan” sin parar, donde hay que esconderse para avanzar en la clasificación y donde bajas puestos si protestas por tener hambre. Benigni le dio ese poder a Guido, el valor de hacerse pasar por un traductor alemán para que su historia fuera coherente, para fabular, improvisar continuamente y conseguir que su hijo no descubriera la crueldad, la humillación y el crimen.
 
Si escarbamos un poco en La vida es bella y nos quitamos de encima los condicionantes de saber ya lo que pasó en esa guerra, nos daremos cuenta de que en realidad es más fácil de lo que parece. ¿Por qué? Porque Benigni quería decirnos que un pequeño es incapaz de creer que algo así pueda suceder y que es más fácil contarle una mentira imposible, una sota, un caballo y un rey, para evitarle el sufrimiento.
 
No hay ningún truco más en esta película. Es “una historia simple, pero difícil de contar” (como dice el narrador en off, el niño, al principio y al final) y el director italiano reinó durante un año entre los grandes del celuloide sin que apenas terminara de creérselo. Se entrampó a sí mismo, eso es verdad, porque no ha sido capaz de superarla. Con El tigre y la nieve (2005) se acercó de nuevo a la poesía de la guerra y al crujido del amor predestinado, pero quedó enfangado en cierto surrealismo que solo arregló la aparición estelar de Tom Waits. Pero esto no dice nada en su contra. Quizás La vida es bella fue todo lo que tuvo que ser: mil puntos de tragicomedia para conseguir que un niño consiguiera su tanque y fuera feliz.
 
Como decíamos, uno de los mejores gags de la historia. Probablemente el más inverosímil, pero el mejor. Guido se hace pasar por un traductor alemán:


 

ANTOLOGÍA DEL CHISTE PREDECIBLE
 
Su nombre era un mal presagio. La película se colaba en la cartelera a finales de los 90, blandiendo un topicazo por título. Nos esperaba una de esas películas que prometían ser deliciosamente entrañables, puro merengue dispuesto a arrancar sonrisas y lágrimas entre el público más vulnerable. No tardamos en confirmar nuestras sospechas, al mismo tiempo que contemplábamos, atónitos, cómo La vida es bella triunfaba y se convertía en una de las películas preferidas de muchos espectadores. Esa película optimista, alocada e imposible de digerir fue unánimemente celebrada por crítica y espectadores. Fue bendecida por Hollywood, laureada en todo el mundo y Benigni se convirtió en el tipo más cachondo del planeta, en un realizador que le había devuelto al mundo su capacidad para sonreír ante la adversidad. Y en realidad, solo asistimos a un filme con algunos (pocos) momentos brillantes, pero definitivamente sobrevalorado.
 
El holocausto judío le sirve a Benigni como coartada para contarnos la historia de un simpático hebreo italiano (Guido) que, en medio de la IItalia pre-fascista, sueña con montar una librería mientras se enamora de Dora (Nicoletta Braschi) una muchacha de buena cuna y con hipo. Guido seduce a Dora, la rapta a bordo de un caballo verde sionista y tiene con ella un niño llamado Giosué. Un mal día, el pequeño y su padre son llevados a un campo de concentración hacia donde también se dirige la esposa y madre de manera voluntaria. Y ahí comienza la historia con el mensaje que nos narra Benigni, pues el argumento se centra en las argucias que utiliza Guido para que su hijo se tome como un juego su estancia en el centro de exterminio.
 
El filme es una auténtica antología de la gracia predecible. La película tiene una primera parte chispeante donde la presentación de personajes y la historia de amor se dispersan en una serie de sketchs. En ella, parece que Benigni pierde de vista una de las máximas del aspirante a contar un buen chiste: el elemento sorpresa es la base de toda vis cómica. Pero en La vida es bella cualquier hijo de vecino tiene la capacidad de anticiparse a la secuencia y así saber, segundos antes de producirse los acontecimientos, que María tirará una vez más la llave por la ventana para impresionar a la chica, que la principessa mirará a Guido bajo los efectos del encantamiento de Schopenhauer y que Benigni siempre tendrá el patético impulso de robarle el sombrero al patrón de su mejor amigo.
 
En la comedia tampoco ayudan las interpretaciones. El filme fue ‘perpetrado’, más que interpretado, por el director, Roberto Benigni, un actor sin método alguno que atormenta a sus semejantes con su repertorio de gritos y aspavientos y con un humor sólo apto para niños de entre 3 y 6 años. Braschi tampoco es un prodigio de la expresividad, aborda la película siempre con el mismo gesto, pareciendo una madonna entre hierática y melancólica, sin conocer su rostro más registros interpretativos.
 
Existe una segunda parte claramente diferenciada en la película, aquella que centra su acción en el campo de exterminio. Es coherente e interesante que su protagonista conserve ese optimismo sanador que salvará a su familia, pero las secuencias se hacen demasiado pesadas y el juego que se traen padre e hijo es muy cansino. Y es que no podemos seguir apostando por Benigni cuando somos espectadores de cómo su personaje deambula por el campo de exterminio como Pedro por su casa o cómo su hijo no se entera ni del No-Do, en una actitud de falta de curiosidad infantil apabullante. Estamos de acuerdo en que Benigni nos plantea una historia disparatada, que roza el surrealismo, pero se mete en un jardín imposible: utiliza un capítulo muy dramático de la Historia para lanzarnos su moralina, pero pasando, como de puntillas, por la tragedia que supuso el cruel destino de aquellos prisioneros. Prisioneros que, efectivamente, parecen estar conviviendo en un campamento de verano o en un Gran Hermano sin medidas de higiene.
 
Y es que Benigni consigue lo imposible: que una caricatura que todos aceptamos con buena voluntad, su historia, resulte poco creíble. El realizador no tiene la fuerza creativa esquemática y genial de Charles Chaplin, con quien se le ha comparado, ni la sinceridad rebelde de Frnak Capra, ni siquiera la imaginación endiabladamente surrealista de Blake Edwards. Pongamos las cosas en su sitio. Más que un referente cinematográfico, Benigni y su lección petarda de optimismo vital sólo están a la altura de cualquier manual de autoayuda que permanece en algún estante del supermercado.
 
Para finalizar, preferimos quedarnos con la escena más elogiada de la película y con la banda sonora de Nicola Paviani:
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5 comentarios

  1. aaa!!! mi pelicula faborita hermosa es la mejor pelicula de todas!!!!! ❤ ❤

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  2. mis actores faboritos nicoletta braschi y roberto benigni!!! ❤ ❤ ❤

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  3. Vaya, Mar, vemos que te gusta la película, así que entendemos que no quieres saber nada de nuestra segunda crítica.Gracias por tu entusiasmo y un saludo 😉

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  4. la pelicula es muy buena, no se porque criticarle si mucha gente fue feliz viendola, creo que hacer feliz a las personas tambien es parte de hacer cine…

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  5. Es una buena película que tiene el ingenio de llevar un tema tan trágico y dramático a su lado más dulce y sensible, dándole incluso un toque de humor.

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