Visionado: ‘Amor’, de Michael Haneke. ‘Lo más bello y triste del mundo’

 
cinco estrellas
 
Abrir la ventana al cine de Michael Haneke es olvidarse de los conceptos manidos de nuestra existencia. Si en Caché descubrimos la ruptura de lo cotidiano en base a una venganza, en Funny Games fuimos maltratados por una cruedad cómica y terrorífica, y en La pianista descubrimos la auténtica perversión de la soledad, ahora el director austriaco echa por tierra el mito del amor romántico, juvenil y ensalzado, para partirnos el alma en dos, con la historia de un anciano matrimonio que ve cómo su vida inicia una desgarradora cuenta atrás cuando ella (Emmanuelle Riva) cae enferma. No hay palabras bonitas, ni orquestales declaraciones de amor eterno: solo los actos de un hombre (Jean-Louis Trintignant) frente al destino de la compañera de toda su vida.
 
Desde el inicio de Amor, con una sala de teatro llena, donde les identificamos, tranquilos y sonrientes, entre el público, Haneke realiza un despliegue de su inconfundible sello de planos fijos, pictóricos, de voces escondidas y fuera de plano, y de secuencias que nos acarician, nos apabullan con su silencio, y nos transmiten la caída en picado de lo que, adivinamos, ha sido una historia de amor tierno, comprensivo y respetuoso. “Qué bonita, la larga vida”, dice ella mirando un álbum de fotos, antes de sucumbir al dolor y la demencia, como dejándonos claro que eso fue lo que tuvo, y lo sentimos casi sin verlo, como si fuera nuestro y estuvieran a punto de quitárnoslo, como hace Haneke sin piedad.
 
El crujido que sentimos ante la aparente conformidad del marido mientras el mundo se derrumba, se encierra entre las cuatro paredes del apartamento que ambos habitan, único escenario (salvo la secuencia inicial) de toda la película. Como invitados asustados, la luz de una lámpara, las sombras de las puertas cerradas, los sillones deshabitados, la cama llena de enfermedad y agonía, y las breves visitas contribuyen a profundizar en nuestras emociones, a hacernos sentir patéticamente conmovidos. Y al querer llamarlo compasión, resulta que descubrimos que de intrusos hemos pasado a fantasmas, asistiendo en silencio a lo que ya no merece la pena vivir, sabiendo que nuestra preocupación tampoco le sirve de nada al protagonista, tal y como le espeta a su hija Eva (Isabelle Huppert), mera espectadora también de un drama inevitable.
 
El maestro Haneke se hace grande en esta historia porque en ella ha vertido toda su pasión por las pequeñas cosas, casi siempre presentes en su anterior filmografía: su amor a los compositores Franz Schubert, Ludwig Van Beethoven y Johann Sebastian Bach, los diálogos breves,  las miradas que se superponen a las palabras y el piano como fuente de recuerdos y dolor. Amor, a la que podemos ya considerar su mejor película, es todo eso junto con una entrada al abismo de la vejez, cuando la vida de uno queda en las manos de otro, y solo aquello que fue puede ayudar a soportar lo que ahora es. Construir este castillo de enfermedad y melancolía es tan difícil, podría haber caído en tantos vicios, rozar tantos tópicos, que el hecho de que no lo haga no hace sino encumbrarla minuto a minuto y convertirla en una de las mejores historias de amor entre ancianos desde En el estanque dorado (1981).
 
Desde luego, una tarea imposible sin sus dos protagonistas. Emmanuelle Riva, para la que pedimos el Oscar desde ya (es la nominada más longeva de la historia de los Premios de Hollywood) está realmente grandiosa en este salvo al vacío. En las manos del cineasta austriaco parece haber sido inyectada por una dosis paralizante de amor y miedo, viva, enferma y suplicante. Jean-Louis Trigtinant, por su parte, no lo tiene más fácil, testigo perplejo del derrumbe, juez y parte, cotidiano y rotundo, relator de historias sencillas y el consuelo del último estertor. No queremos dejar de mencionar a Isabelle Huppert, una de las mejores actrices del cine contemporáneo, la soberana de la obra maestra La pianista, que con su breve presencia llena de impotencia la resquebrajada soledad del apartamento.
 
Una de las pocas visitas que recibe el matrimonio es la de un joven pianista y antiguo alumno de la protagonista, a cuyo concierto asisten al principio. Después de contemplar el estado en el que se encuentra ella, les remite en los días siguientes una carta donde asegura que ir a verles fue “contemplar lo más bello y lo más triste de este mundo”. Creemos que es, sin duda, el mensaje que Haneke quiere dejarnos grabado para siempre. Como en la película cuyo nombre no consigue recordar el protagonista, podremos olvidar sus diálogos, sus planos y los rostros de sus protagonistas, pero nunca olvidaremos los sentimientos que nos causó. Porque no hay amor más grande que el que encontremos al final del camino.
 
Anuncios

2 comentarios

  1. Llorar, me habéis hecho llorar. Como lo hizo la película, casi igual. Fabuloso post.

    Me gusta

  2. Vaya, nada más lejos de nuestra intención. Deberíamos disculparnos pero… la culpa es de Haneke.Gracias y un saludo

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

El reino del exceso

Pantanoso website de arte, literatura, cómics, cine y algo de porno. En las ondas en Radio en Exceso.

todocinemaniacos

Blog dedicado al Séptimo Arte

El Tío del Mazo

Un blog de amigos y para amigos del ciclismo

Actualidad Cine

Críticas de películas y estrenos de cine

Extracine

El mundo del cine en un blog

A %d blogueros les gusta esto: