Homenaje: Daniel Day-Lewis. ‘Talento patológico e inconsciente’

 
Nominado como Mejor Actor en los Premios Oscar. Madera de luchador, boxeador al borde abismo, inocente declarado culpable, loco histriónico y amable, gángster miserable, minero ambicioso, indio con la honestidad del tigre y presidente histórico. Podemos afirmar con rotundidad que Daniel Day-Lewis, nacido hace 55 años en Londres, pero nacionalizado irlandés, es uno de los mejores actores de su generación y probablemente de las consiguientes. De padre poeta y madre actriz, este monstruo de la interpretación encontró la inspiración, curiosamente, fuera de ese entorno, al participar en el taller de teatro del internado inglés al que fue enviado por su malas compañías de adolescencia. Así, con tan sólo 14 años, apareció por primera vez y brevemente en la gran pantalla, proyectando su mala baba vital a Domingo, maldito domingo (1971), de John Schlesinger.

A partir de ese momento comenzó a formarse como intérprete mientras daba alas a una de sus pasiones más conocidas e insólitas, y por la que su carrera cinematográfica ha sido siempre intermitente: la carpintería. Su participación en producciones televisivas durante su juventud vendría facilitada por su ingreso en la Escuela Teatral Old Vic de Bristol, y por anteriores interpretaciones teatrales que hicieron que su nombre fuera cada vez más conocido en las tablas. Pero precisamente fue en Mi hermosa lavandería (1985), la catapulta del gran director británico Stephen Frears, la que sirvió también a Day-Lewis para demostrar su ya incipiente y sobrenatural talento. El cineasta inglés alabó entonces el perfeccionismo casi “patológico” del actor y su capacidad para mimetizarse, especialmente con la brusquedad, el salvajismo y la pasión más desatada.
 
Y cuatro años después, el actor dejaría asombrados por igual a público y crítica en su desgarradora mimetización con el pintor y escritor Christy Brown, aquejado de parálisis cerebral, que consiguió derribar barreras sociales. Mi pie izquierdo (1989) regaló al actor su primer Oscar y la apertura del baúl de las grandes propuestas, que comenzaron a llover por todas partes. Pero también entonces, los mismos que caímos rendidos a sus pies, no tardamos en darnos cuenta de que no estábamos ante un producto de star-system ansioso de prodigarse y enlazar una película tras otra. Muy al contrario, celoso de su intimidad, sobrio y experto escapista de la fama, desde entonces hasta ahora, ha seleccionado al milímetro cada trabajo, llegando a rechazar papeles en Philadelphia o Pulp Fiction.
Así, al quedar exhausto tras la casi infinita gira que realizó con el National Theatre de Reino Unido, intepretando Hamlet, regreso a la gran pantalla en 1992 con la que probablemente sea su película más conocida en todo el mundo: El último mohicano, de Michael Mann. Al igual que en casi todos sus papeles, se preparó concienzudamente, más en el terreno físico que psíquico, con lo cual sufrió algo menos de desgaste, y prácticamente enlazó esta película con la obra maestra En el nombre del padre, de Jim Sheridan (1993). Otra vez metido de lleno en un caso real, en esta ocasión dio vida a Gerry Conlon, uno de “los cuatro de Guildford” acusados falsamente de un atentado terrorista del IRA, hecho que coincidió curiosamente con su nacionalización irlandesa y su participación activa en la defensa de los derechos humanos. Ese mismo año también estrenó la irregular La edad de la inocencia, de Martin Scorsese, en un sorprendente rol romántico que no ha vuelto a repetir.
Con The Boxer (1997), repetiría director (Jim Sheridan) e intensidad en su personaje, en una película muy laureada pero que no triunfó en taquilla. Sí lo hizo su regreso también a Martin Scorsese en la excéntrica y fabulosa Gangs of New York, donde su papel de Bill el Carnicero se convirtió en uno de los más carismáticos de la carrera del cineasta itano-americano, pese a que la película fue vapuleada y elogiada a partes iguales, y Day-Lewis tachado de histriónico e incoherente. Como siempre, sordo a las críticas y habitante de un universo privado de puertas muy cerradas, se dejó dirigir por su mujer Rebbeca Miller (hija del dramaturgo Arthur Miller) en La balada de Jack y Rose (2005), una historia irregular rozando la mediocridad donde su potencial quedó desaprovechado.
Pero dos años después, tras dedicarse al cuidado de su familia y a sus amados trabajos de carpintería, y cuando los rumores sobre su retirada implícita iban en aumento, Daniel Day-Lewis aceptó el papel de un minero miserable, rencoroso y ruin que consigue hacerse rico con el petróleo en Pozos de ambición, del siempre sorprendente Paul Thomas Anderson, consiguiendo su segundo Oscar al mejor actor principal. La película no ha sobrepasado los límites de la historia, pese a que se trata de una de las mejores de la primera década del siglo, pero confirmó al actor como uno de los grandes, pese a su escasa filmografía.
En la actualidad estamos de expectación máxima. Ya hemos visto su perfil aguileño, inteligente y adusto en el fotograma del cartel de Lincoln, la nueva producción de Steven Spielberg sobre la vida del presidente estadounidense más famoso. De cualquier forma, parece que su pasión interpretativa ha renacido, y tiene firmada una tercera colaboración con Martin Scorsese para 2013, un largometraje llamado Silence. Esperando estamos, y encantados si podemos disfrutarlo por doble partida. “No soy consciente de lo que provoco”, afirmó Day-Lewis hace años en una entrevista, y con ello nos quedamos entonces, elogiando su inexistente método, su naturalidad, su humildad y lo que siempre nos ha provocado, sin él saberlo: profunda admiración.
A continuación los diez minutos finales (SPOILER) de la fabolusa En el nombre del padre, y posteriormente un vídeo tributo, muy épico, a este actor:

 

 

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2 comentarios

  1. Acabo de descubrir este blog, te sigo. Tengo muchísimas ganas de ver Lincoln, y después de leer el post, más. Se echa mucho de menos a Daniel en la gran pantalla… Un saludo.

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  2. Gracias, Mara. Aquí también estamos deseando de reencontrarnos con él. Solo falta una semanita.Encantados de tenerte por aquí, y un saludo!

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