‘Solas’, de Benito Zambrano. ‘Dos soberbias soledades’ vs ‘Una malograda promesa’


DOS SOBERBIAS SOLEDADES


¿Cómo se afronta una vida miserable cuando la soledad es lo único real? ¿Cómo retomar unos lazos familiares que nunca existieron, en pleno derrumbe psíquico y moral? ¿Cómo creer que aún existe un contacto humano que merezca la pena cuando nunca has recibido ni cariño ni amor ni compasión? Son preguntas que una mujer, María (Ana Fernández), que vive un piso oscuro y frío de la Sevilla suburbial nunca se hace en voz alta pero que surgen de la nada de su apagada y alcohólica existencia cuando, debido al ingreso en el hospital de su padre, debe acoger en casa a su madre (María Galiana). En ella encuentra a una desconocida, una mujer rural maltratada por su marido y desgastada por la vida, que, sin embargo, solo tiene palabras humildes y sencillas para su hija. La colisión entre ambas soledades supone el estallido de emociones que rezuma esta tremenda historia de Benito Zambrano, que se colgó el Premio del Público en la Berlinale y cinco Premios Goya en 1999, y supuso el espaldarazo para su director y los principales intérpretes.

 

 


El primer largometraje del cineasta andaluz, de una sencillez que asusta, conmovió a crítica y público por su historia humana, trágica, emotiva y tan real que resulta casi documental. Solas vino a confirmar que el final de siglo había traído consigo una cantera de expertos en la realidad social que menos vemos, la cotidiana, la que no tiene héroes ni líderes, la que se esconde amargada entre cuatro paredes con ventanas enladrillladas, y para la que no hay esperanza ni redención. Pero al contrario de los caminos marcados por la propia la película, que apenas dejan resquicio para la felicidad, Zambrano también tuvo la valentía de afrontar su relato con una pequeña luz encarnada por el vecino asturiano de María (maravilloso Carlos Álvarez-Novoa).

 
Uno de los principales méritos de esta película reside en sus diálogos, obra también de Zambrano. Para todos aquellos que habíamos aceptado que en el cine nunca se hablaba como en la vida, Solas supuso el descubrimiento del reflejo fiel del lenguaje suburbano y marginal, al estilo del mejor retrato sociológico. María regala palabras como aguijones a quien se cruza en su camino, revienta de dolor y amargura en sus múltiples tropiezos y despropósitos vitales, y espeta sapos y culebras a quien trata de consolarla, hasta que se le forma un “callo en el estómago”. Rosa, su madre, solo puede asistir perpleja a la caída en picado de su hija, intentar cumplir lo que considera su deber como esposa de un hombre despreciable y al mismo tiempo tener la osadía de encariñarse con el vecino de su hija, tan solo y asustado como ellas, filósofo y altruista, carismático y galán, pero consciente del papel que le ha tocado vivir en el mundo, ya viejo y decrépito.
 
Nunca contemplamos a tres actores españoles (hasta entonces, además, desconocidos) en un estado de gracia tan absoluto, en una inmersión tan profunda con sus personajes. Ana Fernández dio la campanada y desde entonces no ha parado de forjar su talento en el drama, mientras que María Galiana ha encontrado en la serie Cuéntame cómo pasó su filón más querido por el público. Casi podríamos decir lo mismo de Benito Zambrano, si no fuera porque tres años después dirigió una de las mejores series españolas de televisión, basada en la historia real de Padre Coraje; y por sus dos posteriores –y magníficas- películas: Habana Blues y La voz dormida.
 
Supuso igualmente un emocionado homenaje a todas las mujeres, concretamente a todas las madres, a quienes está dedicada la película. Para demostrar su rendición ante el género supuestamente débil, el cineasta sevillano elaboró un cuadro de composición femenina, un alegato a favor del amor materno-filial, de sus fuertes costuras y de su capacidad para pasar por encima del dolor y el rencor más enquistado.
 
Recordamos perfectamente haber visto esta película en un patio de butacas vacío del desaparecido cine Bogart de Madrid. En soledad. Recordamos un nudo en la garganta y un intento de estirar las manos para ayudar a sus dos protagonistas a conseguir un respiro en sus tristes vidas. Recordamos también muchas frases que quedaron grabadas en nuestra memoria para no olvidar que la vida en ocasiones solo depende de un pequeño tacto, un breve olor y de la ayuda desinteresada de quien ni siquiera nos conoce. Si Solas quedó en nuestra retina no fue ni por su amargura ni por su enflorado final, sino porque, en realidad, tras verla muchas veces, nos dimos cuenta de que está repleta de amor, escondido, sometido y apresado, pero amor al fin y al cabo.
Una escena de gran importancia en la película, sobre todo por el retrato que hace de las dos personalidades femeninas:
 

 

UNA MALOGRADA PROMESA
 
Solas, de Benito Zambrano, es un filme desgarrador que, por un extraño giro de timón, se aleja de la narración sólida y coherente de su planteamiento para acercarse peligrosamente a los mimbres de una telenovela a la caribeña.
 
El drama, o más bien los conflictos entrelazados que presenta la película son de una crudeza cotidiana: habla de la soledad de la persona que se aferra a un espejismo; de la condena de sufrir una vida equivocada que se acepta calladamente; de la tiranía del hombre “que huele demasiado a macho” o el miedo a la vida, a la de siempre y a la nueva que se acerca para cuestionar nuestra madurez. Zambrano plantea muchos temas muy interesantes, sin lugar a dudas, de una manera hábil; desarrolla también algunas secuencias patéticas con formidable pulso: Ana Fernández tirada en el suelo, completamente borracha y con la falda hasta el cuello, o la desesperación de su rostro, ‘entrecortada’ por unos vagones de tren. La película sobrecoge también por la entrega de algunos de los actores principales.
 
Sin embargo, en un momento dado, lo que resulta un retrato convincente de unas vidas lamentables se tuerce porque la historia se nos pone a buscar desesperadamente un final feliz, un desenlace, al fin y al cabo, inconsistente. Acaba convirtiéndose en un alegato a favor de la vida que, aunque legítimo, nos lleva a recordar a muchas otras películas que ya hemos visto. Es decir, su frescura inicial acaba quedando caducada cuando nos vemos invadidos por la sensación de déjà vu.
 
El buen tino y la ternura con los que Zambrano nos ha descrito la quietud, la paciencia y entrega de esa madre (María Galiana), que sabe como acariciar el carácter duro e inflexible de la hija (Ana Fernández), se descoloca cuando otro personaje bienhechor sobreactúa en sus minutos finales. Es decir, en la secuencia en la que el vecino asturiano (Carlos Álvarez-Novoa) pierde los papeles y fuerza la situación hasta el punto de ofrecer el Bálsamo de Fierabrás, la varita mágica capaz de eliminar cualquier desconsuelo: el hombre bueno impone su compañía con lo que extermina, de un plumazo, la soledad de algunos personajes principales. De hecho, en esta fatídica escena la protagonista no sabe cómo reaccionar, al igual que nosotros, los espectadores, y su personaje entra en un vaivén emocional lleno de histeria y apaciguamiento, un tanto sospechoso y apresurado.
 
Zambrano no hace sino resucitar el viejo mito del hada madrina o del ángel de la guarda o, si nos apuran, del príncipe azul, en este caso, un tanto trasnochado. Y qué queréis que os digamos, no nos convence. La vida no funciona así. El drama se nos hace ‘melodramón’ y nos abandona en las antípodas del sentimiento en el que tendríamos que encontrarnos tras su visionado.
 
De repente, todos nos parecen un poco farsantes. Los personajes no estaban, después de todo, tan solos; el drama tan sólo era una cuestión de elección y no del puñetero destino y la felicidad se logra con actitud, es un saber estar. Al igual que en un anuncio de bombones emitido en Navidad. Demasiado fácil para un arranque brutal. Como dice nuestra protagonista, todos deberíamos nacer dos veces. Para ser ricos y para ser pobres, vale, pero también para barrer nuestros errores ‘primerizos’ y perfeccionar, por qué no, una película que, en sus primeros minutos, prometía, y mucho.
 
Finalizamos con este vídeo tributo a la película, con la canción Woman que la cantante sueca Neneh Cherry adaptó al castellano para la película:
 
 
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2 comentarios

  1. Gran película y gran elenco!!! Maravillosa Ana Fernández, os recomiendo que visitéis su página en Facebook, encontraréis todos sus últimos proyectos y toda su trayectoria profesional. Saludos

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  2. Así es. Una de nuestras mejores actrices. Visitaremos su página. Gracias, y un saludo

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