Disección: ‘Lawrence de Arabia’, de David Lean. ‘Medio siglo reinando en el desierto’


MEDIO SIGLO REINANDO EN EL DESIERTO

PANORÁMICA: 1962. En la localidad francesa de Evian, las colonias de Francia y Argelia firman una tregua para acabar con la guerra de liberación, dentro de un proceso de descolonización que ya afecta a todas las metrópolis europeas. La Asamblea General de Naciones Unidas adopta una resolución que condena la política Aparheid de África del Sur. En Inglaterra, los ciudadanos Sean MacBride y Peter Benenson fundan Amnistía Internacional, y The Beatles lanzan su primer single Love Me Do subiendo como la espuma en las listas de éxitos de todo el mundo. Muere ejecutado en la horca Adolf Eichman, arquitecto del Holocausto judío. Fallece la gran musa del cine Marilyn Monroe, el escritor norteamericano William Faulkner, el novelista germano-suizo Herman Hesse, y la diplomática Eleanor Roosevelt. En el mundo del cine, comienza la saga de James Bond con Agente 007 contra el Dr. No, y se estrenan Matar a un ruiseñor, El hombre que mató a Liberty Valance, El ángel exterminador y Atraco a las tres.

EL MEOLLO: El oficial británico Thomas Edward Lawrence (Peter O´Toole) es conocido entre sus compañeros y superiores por su excentricidad, insubordinación y rarezas. Desde su destino en el destacamento inglés en El Cairo (Egipto) durante la Primera Guerra Mundial, es enviado a Arabia para contactar con las tropas aliadas del príncipe árabe Faysal (Alec Guiness), que combaten contra los turcos. Su fuerte personalidad, su fuerza de voluntad, sus ansias de rebeldía y su entrada en contacto con el desierto y los beduinos, despertarán en el joven Lawrence el sueño de unir todas las tribus árabes en contra de los propios intereses británicos y franceses. Convertido en líder de una revolución imposible, buscando la grandeza ancestral del pueblo árabe, y acompañado por la fuerte lealtad (ganada e pulso) del líder harish Sherif Alí (Omar Shavif) y las ansias tribales del jefe del todopoderoso clan howeitat Auda abu Tayi (Anthony Qumnn), un héroe, un profeta, un hombre fuera de lo corriente se enfrentará a un destino no escrito entre las inclementes tierras del Nefud y el Sinaí, acosado por la muerte, convencido de que “un hombre puede ser todo lo que quiera” y luchando contra su rendición y su propia tierra. Lawrence de Arabia, probablemente uno de los mejores personajes adaptados de toda la historia del cine, liderará entre dos tierras su propia guerra contra sí mismo, entre la locura y la razón, la barbarie, la enajenación y la pérdida. Este año cumple medio siglo reinando en el desierto la historia de este grandioso hombre, atrapado para siempre entre las dunas, de regreso a su expiación y buscando la parte de humanidad que nunca le fue dada. En estos 50 años, nadie ha conseguido superar la obra magna de David Lean, coronada con siete Premios Oscar, con la misma espectacularidad que lo hizo el genio británico, manteniendo su corona dorada de las áridas tierras de la antigua Arabia.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS: David Lean es el narrador, por excelencia, de la historia del cine. Un contador de historias intimistas, cercanas, pero también épicas y remotas. Lean fue capaz de adentrarse en todos los rincones del alma y de la psique humana para hablarnos de amores fugaces, imposibles o prohibidos; de las ansias de volar en un sueño de romanticismo; de la lucha entre el deber y el orgullo personal, de la búsqueda del exotismo y de los confines de la naturaleza para renacer o quizás alejarse de uno mismo. Fue capaz de deslumbrarnos en la pantalla con grandes pasiones, y enormes frustraciones, con firmes ideales que sucumben y flaquezas humanas. Su sentido de la estética ha dejado huella en generaciones de espectadores y de grandes cineastas. Fue un clásico y también un revolucionario.

David Lean aprendió cine porque asumió todos los oficios de la industria hasta que se convirtió en un montador muy solicitado en Gran Bretaña. Pasó a la dirección, de la mano del actor y dramaturgo Nöel Coward, y juntos crearon la cinta bélica Sangre, sudor y lágrimas (1942) donde somos espectadores de la Segunda Guerra Mundial asomados a las vivencias de tres hogares británicos. Además, fue el autor de la divertida y ácida comedia Un espíritu burlón (1945) donde Rex Harrison es perseguido por el fantasma de su primera esposa. En 1946 realizó su primera obra maestra, Breve encuentro. Se trata de una sencilla y bellísima historia de amor entre dos personas que se encuentran en una estación un tren una vez por semana. Su primera gran producción llegó en el 57 y de la mano de El puente sobre el río Kwai. Es quizás la película bélica más original de la historia del cine. Más allá de las escenas acción, la narración se sumerge en el retrato de un personaje enigmático y testarudo, pero fascinante: el coronel Nicholson. Un militar que desobedece a su sentido del deber para defender un sentimiento de orgullo. El camaleónico y carismático Alec Guinness (actor fetiche de Lean) interpretaba al protagonista. Después, llegaría su gran gesta cinematográfica, Lawrence de Arabia (1962) y, más tarde, la denostada Doctor Zhivago (1966). Incomprendida en su tiempo (se decía que pasaba de puntillas por el gran momento histórico, la revolución rusa, que servía de telón de fondo a la producción), su historia de amor es un referente cinematográfico muy aplaudido por el gran público. La hija de Ryan (1970) es quizás su obra más lograda aunque, en su tiempo, fuera también criticada. Entre tormentas, bosques y acantilados, refleja la historia de la insatisfecha y soñadora irlandesa Rosy Ryan (Sarah Miles), quien se entrega a una pasional y oculta historia de amor prohibido con un oficial británico. Será rescatada del escarnio público por un buen hombre, su marido (gran Robert Mitchum). Lean tardaría 14 años en volver a rodar otra película, pero eso sí, volvió por la puerta grande y con una novela de E.M. Forster apoyando su visión artística: la formidable Pasaje a la India (1984).

PRIMER PLANO

PETER O´TOOLE: Desde Cinetario rendimos hace poco homenaje a uno de nuestros actores favoritos con motivo del anuncio de su retirada de la gran pantalla, nada menos que con 80 años. Hace 50 años este actor irlandés realizó bajo la batuta de David Lean el gran papel de toda su carrera cuando dio vida al comandante Lawrence. Antes de esta subida al pedestal de los grandes actores de la década de los 60 y 70, O´Toole había comenzado su carrera profesional como periodista de provincias y más tarde como técnico de mantenimiento en la Armada durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, su pasión por la interpretación le llevó a formarse más tarde en el Bristol Old Vic Theatre, donde se forjó en las tablas teatrales de la mano de las obras de William Shakespeare. Tras un desapercibido debut en la televisión inglesa, su estreno en el cine se produjo en 1954 con Kidnapped, aunque no destacó hasta su papel en Salvajes inocentes (1960), de Nicholas Ray. Desde ese primer momento, el actor demostró su capacidad para ahondar en la psicología de sus personajes hasta límites casi enfermizos, lo que le hizo candidato firme para conseguir el papel de Lawrence de Arabia, después de que lo rechazaran Marlon Brando y Albert Finney. A partir de ese momento, su carrera fue imparable y su nombre estuvo asociado a la solidez interpretativa, a los personajes torturados y a genios inacabados como demostró en los filmes Lord Jim (1964), La noche de los generales (1966) o la maravillosa El león en invierno (1968). En la década siguiente, tras atreverse con el musical El hombre de La Mancha (1972), se refugió en el teatro y en la bebida, crió su fama de actor difícil y relegó su carrera a papeles menores que nunca le hicieron justicia, salvo en El último emperador (1987). Quizás, para su suerte o desgracia, quedó marcado para siempre por Lawrence de Arabia, pero sus tres horas de absoluto protagonismo (con contados los planos en los que no aparece) dicen todo de su grandeza y de nuestra profunda admiración.

OMAR SHARIF: Sangre egipcia y libanesa corre por las venas de este carismático y portentoso actor, que logró hacerse un hueco en el cine occidental después de ser descubierto por el gran director Yousseff Chahine y comerse la pantalla como galán en películas egipcias de gran éxito. David Lean le eligió para el papel del harish Sherif Alí tras observar una fotografía suya, y fue tanta la química director-actor, que le entregó cuatro años después el papel protagonista de Doctor Zhivago (1966) la inolvidable adaptación de la novela rusa de Boris Pasternak, convertida en otro sólido clásico del director británico. Tras estos dos exitazos, Sharif se afincó en Hollywood donde su carisma, profesionalidad y buena planta le otorgaron papeles de gran calado, desde La noche de los generales (compartiendo de nuevo plano con O´Toole) pasando por las estupendas Funny Girl (1968), El último valle (1970) y Lazos de sangre (1979); la disparatada comedia Top Secret (1981); y más recientemente la multipremiada El señor Ibrahim y las flores del Corán (2003) u Océanos de fuego (2004), por mencionar algunas de las más particulares, debido a que por su porte y encasillamiento, la mayoría de las producciones realizadas en los últimos años han sido de carácter histórico y poco mencionables. Hoy en día, sigue en activo y en su mirada seguimos viendo la estirpe más antigua del mundo árabe y su gran contribución a la eliminación de clichés en las décadas más importantes del cine épico y de aventuras.

CONTRAPICADO: Visualmente es inmenso el retrato de un personaje complejo y polémico, prodigiosamente claro. Lawrence de Arabia es una película apasionante que nos construye la leyenda de un héroe, al mismo tiempo que la desmonta o le devuelve su rostro humano. Impresiona el minucioso guion de Robert Bolt, basado en las memorias de T. E. Lawrence y la propia construcción de la película que pretende resaltar la gesta de un héroe cuestionado, pero sin lugar a dudas, singular. Lean no es un realizador exhibicionista, pero sí un narrador conciso, lírico y con un gran sentido del ritmo. Para él, el montaje es el auténtico proceso creativo. Cada detalle de cada secuencia ofrece información y poesía. En esta película abundan las metafóricas-elipsis (la cerilla que enciende un amanecer y el nacimiento de un héroe), los planos amplios, que saben cómo abrazar un entorno natural fascinante, o las panorámicas narrativas. Hay mucho estudio en sus encuadres y así, la cámara logra momentos impactantes como la mirada rota y de cristal celeste de un Lawrence / O´Toole que comprende la vileza de sus acciones y el placer que descubre en ellas; pero también es una guía que nos acompaña, a ritmo de camello y a bordo de un pausado travelling, por el Nefud Es también irónica al llegar a Aqaba o permanece expectante cuando Alí (Omar Sharif) se confunde con un espejismo para cobrar vida y presentarse en la historia. Inolvidable es también la fotografía de Freddie Young y sus bellas texturas de atardeceres, horizontes sin final, dunas acariciadas por el viento. David Lean fue capaz de detener el tiempo en la película y de filmar la sensación de eternidad.

PICADO: Una tremenda desazón acompaña al espectador al terminar de ver esta película que mucho tiene que ver con la tremenda innovación que supuso la dirección artística y el dineral que para tal fin se dejó el prolífico productor Sam Spiegel. Terminas empachado de arena, de sol, de viento y de agotamiento psicológico. Hace cincuenta años era de lo más normal que los dramas épicos de esta índole tuvieran sus cuatro horas de metraje. Si no, bien podía parecer que se trataba de un producto a medias o “cortado”, y por lo tanto, mediocre, para la mentalidad cinéfila de la época, entrenada ya con superproducciones como Lo que el viento se llevó o Los diez mandamientos. En el caso de Lawrence de Arabia este objetivo se cumplió con creces pero a base de cierto aturdimiento y de una textura fotográfica deslumbrante (en el sentido más literal de la palabra) que no da tregua durante sus 220 minutos de duración. Este pequeño atolondramiento solo se compensa por la magnífica presencia del protagonista, y por la humanidad que su rostro da a los paisajes desérticos. Precisamente, el hecho de que sea la historia de un hombre que realmente existió nos hace perdonar el histrionismo de algunos gestos, porque nos saca de esa asfixia de aridez y nos da de beber cuando sentimos la sed insaciable a la que su protagonista parece ser inmune.

SIMBIOSIS SONORA: El francés Maurice Jarre, autor de la magistral banda sonora de Lawrence de Arabia, no fue la primera elección de Sam Spiegel, productor de la película. Sin embargo, fue el que finalmente recibió el encargo de componer una partitura-orquesta de dos horas de duración en seis semanas. El resultado habita en la memoria de espectadores de todos los tiempos: es de una belleza brutal. Se trata de una música orgánica y paisajística, que adquiere un gran protagonismo a la hora de reivindicar ciertas emociones logradas a lo largo del metraje. Es apasionada, capaz de reflejar la barbarie y de retratar la compleja e inquietante personalidad del protagonista. En Lawrence de Arabia, como en pocas películas, la música se hace cine. El filme comienza con una larga obertura donde el compositor reúne todos los temas que se irán, poco a poco, escuchando. Entre ellos, la insistente percusión que acompaña a las piezas musicales árabes y nos hablan de un pueblo exótico, fascinante y violento. La melodía principal, con la que identificamos al héroe, se interpreta con diferentes instrumentos, jugando con los tiempos y las variaciones, volviéndose solemne y grandiosa, irónica a ratos y emocionante siempre. También hay espacio, en la majestuosidad de la banda sonora, para ciertos ‘toques electrónicos’ que se prodigan, por ejemplo, en la desoladora travesía por el desierto del Nefud.

OJO AL DATO: Se han escrito páginas y más páginas de anécdotas sobre el complejo rodaje de Lawrence de Arabia y éstas van en todas las direcciones de su producción. Nos llaman poderosamente la atención varias de ellas. Por ejemplo, dicen que Marlon Brando rechazó el papel del héroe inglés porque no se veía pasando dos años de su vida “subido a un camello”. Además, se cuenta que Lean quiso ser más explícito a la hora de tratar el tema de la homosexualidad de T. E. Lawrence,  pero la productora se lo impidió para no ofender al puritano público norteamericano. El respeto a la taquilla fue lo primero, aunque Lean hizo de la sutileza una virtud y logró contar, con gran habilidad y tacto, todo lo necesario. Por otro lado, varias escenas se rodaron en nuestro país. Es fácilmente reconocible, por ejemplo, la Plaza de España de Sevilla, que se convirtió en el cuartel general británico en El Cairo. En las dunas del Cabo de Gata ‘se voló’ el tren que va de Damasco a Medina (Arabia) y en Carboneras, también en Almería, ‘se conquistó’ Aqaba. Para ello, se construyó un poblado a imagen y semejanzade la que fuera ciudad jordana.

RETRATO DEL HÉROE: No era un beduino, ni tampoco un dios. Sin embargo, encontró en el desierto ese destino que, según parecía, no estaba escrito para él. Carismático, ególatra, brillante, chiflado, apasionado, visceral, culto y cruel, Lawrence de Arabia era un ser atormentado y vengativo, pero también un poeta y un hombre inteligente con “una mente concebida por un escorpión”. El comandante T. E. Lawrence fue un hombre fronterizo, capaz de encarnar las más extremas contradicciones. De ahí la fascinación que produce el retrato realizado por Lean.

Este “pobre diablo que camina por un torbellino”, fue un Quijote arrogante con los arrestos suficientes como para cambiar el rumbo de la guerra con un puñado de árabes, grandes guerreros, más o menos nobles, más o menos interesados. Albergó la idea loca de construir un estado árabe arrebatándole el territorio a los turcos, pero ignorando, de manera consciente, las ambiciones que albergaban las potencias europeas para las que nunca había dejado de trabajar. ¿Fue un traidor o luchó por una causa que era un espejismo, un sueño de nadie? Lo cierto es que Lean nos lo presenta como un romántico empedernido, con madera de héroe, muchas debilidades humanas y hambre de inmortalidad. Demasiado pronto se dio cuenta de que la vida era muy larga; la gloria, un suspiro, y detrás de todo ello, tan sólo había una certeza: se encontraba solo, únicamente acompañado por la enormidad de una leyenda que le inquietaba.

Realmente difícil resulta rescatar una escena de sus casi cuatro horas de duración. Pero coincidimos con su propia leyenda. Ante vosotros, en versión original, la portentosa escena del inicio de la toma de Damasco:




De nuevo, como siempre que merece la pena, otra entrega de TCM dentro de la serie 50 películas que deberías ver antes de morir, con motivo del 50 aniversario de esta obra maestra:

 

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