‘Te doy mis ojos’, de Icíar Bollaín. ‘El perdón imposible’ vs ‘Lejos del suelo’

 

EL PERDÓN IMPOSIBLE

Un fantasma recorre Toledo. Es Pilar (Laia Marull) huyendo despavorida con su hijo de algo terrible, monstruoso, que la mantiene tensa pero también resolutiva en la búsqueda de un escondite donde ambos puedan mantenerse a salvo. Ella es una mujer sencilla, madre y ama de casa, y ha llegado al límite de su paciencia con algo que solo conocemos cuando en casa de su hermana Ana (Candela Peña) acude a por ella su marido, Antonio (Luis Tosar). Por su cara de terror cuando baja a verle al portal, a través de las rejas, por las frases de él, ya sabemos a lo que se está enfrentando: al miedo, a la humillación, al maltrato, a la más mezquina de las persuasiones y a su propia vergüenza de mujer sumisa y temerosa.

 

El arranque de Te doy mis ojos en 2003 es la primera de las muchas joyas que esconde esta película, de una de las mejores cineastas de nuestro país, Icíar Bollaín. La historia, que arrasó en el Festival de San Sebastián y en los Premios Goya, es el retrato más realista y sobrecogedor que se ha hecho en España sobre los malos tratos, cuando todavía la gente no terminaba de comprender este fenómeno. Con la pequeña historia de Pilar, se nos ofreció la posibilidad de contemplar un caso (de ficción, pero tal real como cualquiera) desde dentro, desde los muy numerosos prismas emocionales que entran en juego cuando sobreviene esta tragedia.
Así, la cineasta no optó por contarnos la historia feliz de una boda y la posterior deriva hacia la violencia de género. Decidió comenzar el relato con la huida de Pilar y su hijo (donde ya intuimos años de malos tratos), y dedicar buena parte del metraje al proceso de perdón con el que su corazón va cayendo de nuevo en las redes de Antonio, que acude a una terapia de grupo y que lucha por recuperar a su mujer con maravillosas palabras de amor. Pero la cesión de la esposa y madre ha cambiado algo en ella. Durante el tiempo en que ha estado sola, ha descubierto dentro de sí misma la necesidad de ser alguien, de trabajar, de no ser una sombra, y este nuevo rol complicará la visión del mundo de Antonio, un hombre enfermo, que sufre, que lucha, que ama mal, aunque ame.
Un guion muy valiente (de Bollaín junto con Alicia Luna), las asombrosas interpretaciones de sus dos protagonistas, la fabulosa ambientación en la preciosa ciudad de Toledo, y un compendio de personajes, que rodean a Pilar y a Antonio, que les influyen, que les hacen pensar, que les motivan o desmotivan, hicieron de este melodrama una obra maestra que a su vez contribuyo a despertar la conciencia de una sociedad que mantenía simplificada y estereotipada la cuestión de la violencia machista, como un tabú, incluso ya bien entrado el siglo XX. Ahí encontramos a la madre de Pilar, interpretada por Rosa María Sardá, una mujer que “aguantó” lo que su hija no está dispuesta a aguantar y que le pide que haga lo mismo, o a su hermana, que sabe que todo volverá a repetirse, pero no encuentra la manera de ayudarla, chocando contra un muro cuando lo intenta.
Aunque al principio no podamos siquiera sospecharlo, Te doy mis ojos es una historia de amor y perdón imposible. Del amor de Pilar por quien fue su marido, por el hombre con quien se casó, con quien hace nuevos planes, con el que quiere empezar una nueva vida y al que se rinde a cada paso. Y del amor de Antonio, enfrentado a los celos, a la posesión, a su agresividad, a su violencia, a la única manera que encuentra de retener a su mujer, insana y humillante, como una pasión enferma y destructiva. Y ese imposible es el que nos atenaza la garganta a cada segundo: el de saber que el amor no siempre puede con todo, y menos cuando se transforma y se convierte en otra cosa, en una pesadilla de ojos oscuros y negros contra el que no podemos luchar.
Una de las escenas de amor más bellas del cine patrio. Él lo quiere todo y ella se lo da:
LEJOS DEL SUELO
Cuando en 2003 la directora Icíar Bollaín estrenó Te doy mis ojos, al mismo tiempo parecieron abrirse los de muchas personas, sobre todo mujeres, que acaso pensaron que la situación de alienación y maltrato (no solo físico) por el que estaban pasando no era normal. Por ello fue innegable su contribución, como buen retrato social, a mantener vivo el debate sobre la violencia de género. Pero lo hizo en un determinado estrato sociológico, fácil de manejar y de entender, aplicándole matices que no es que fueran mentira, sino que distorsionaron y engalanaron el drama.
Desde luego la premisa está mejor tratada que en otras películas más estereotipadas como lo fueron Celos, de Vicente Aranda, o La buena estrella, de Ricardo Franco, pero consideramos que la elección de la historia no respondió a la denuncia de un drama social en sus raíces más profundas, sino a poder perfilarla con trazos de melodrama romántico bastante incomprensibles. Porque en ocasiones se mezcla el amor con la dependencia, la pasión con la humillación y la fortaleza con la violencia. Al final se cayó en el cliché de los males de las clases medias, difuminadas entre la nada, cuando estamos ante un problema que tiene su origen en los vestigios de una sociedad todavía primitiva en muchos aspectos.
Echamos de menos por ello, ya puestos a abordar la historia con cierta valentía cinematográfica, que el guion hubiera escarbado mejor entre la herencia de muchos años de familia patriarcal y rural donde la función de la mujer era parir y callar. Que se hubiera trasportado a las capas más bajas, aquellas donde habitan las mujeres maltratadas que no tienen a quién recurrir, y los hombres de hierro que no saben decir frases bonitas y susurrar en el oído de sus víctimas para poder reconquistarlas, ya que nunca las pierden. Ya sabemos que a lo mejor entonces la cruda realidad hubiera sido demasiado para el público, pero sí que podríamos hablar de realismo auténtico e hiriente.
Por este mismo motivo consideramos que la escena de Pilar en la comisaría, donde apenas puede demostrar el maltrato de su marido, es una de las más salvables del film: ahí es donde realmente se ve la impotencia del personaje, y no en la capacidad de persuasión de su marido (Luis Tosar), un personaje apenas definido y dando continuos bandazos; ni en la de su hermana (Candela Peña), que casi parece un rol del pijismo más acuciante; y ni siquiera en la de su madre (Rosa María Sardá), mujer ya curtida en el consentimiento del maltrato, pero cuyo personaje queda pobremente justificado.

Todo esto no significa que Te doy mis ojos sea una película mediocre, que no lo es. Simplemente no cumplió el papel social que muchos quisieron atribuirle, porque no buscó donde el drama es realmente asfixiante y pudre la vida de las mujeres. Se quedó en los sentimientos de una mujer joven, que todavía tiene salida, donde existe la esperanza y la luz, y se olvidó de las que están hundidas en el fango, viviendo en la oscuridad, atadas de pies y manos a la soledad de sus días llenos de golpes, sin dinero, sin familia, ya casi sin alma, inexistentes y borradas del mapa. La película quedó lejos del suelo, de la auténtica tragedia, de la verdadera violencia.

Finalizamos con otra escena de diez. Pilar, incapaz de enfrentarse a la verdad, mutilada emocionalmente:

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4 comentarios

  1. Hoy me quedo con la primera crítica. Me parece una película estupenda, emocionante y honesta, que además del buen hacer de Bollaín, cuenta con la estupenda actuación de Tosar, capaz de hacer crecer cualquier papel al que se enfrente y mejorar en muchos enteros cualquier película. No noto yo esas carencias que comentas en la crítica 2. La película cuenta una de las multiples historias que puede haber en relación a este terrible problema y ya esta. Me fascina el tema este de las dobles críticas paralelas. Un abrazo

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  2. Muchas gracias siempre por tu contribución y fidelidad, León. Como ves, siempre encontramos ese doble prisma para todo, que es lo que sucede casi siempre en cualquier tipo de arte. Nos fascina tu fascinación.Gracias de nuevo y un saludo

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  3. Buena crítica a una gran película que,aunque se refiere al tema del maltrato a la mujer, creo que va más allá. El personaje de Antonio está basante bien retratado y, a pesar de su brutalidad, inspira lástima porque es ridículamente paranoico; es patéticamente cómico. No tanto como aquel Francisco de la obra maestra de Don Luis Buñuel, Él, al que, en ocasiones, recuerda. Creo encontrar un paralelismo entre ambas cintas,aunque, allá donde el film de Buñuel es un retrato tragicómico de un paranoico con bastantes dosis de humor, Sade y Freud, la película de Icíar tiene una doble interpretación: la de una mujer maltratada, puro realismo que podría alinarse con El Bola o con clásicos del neorrealismo italiano; por otro lado, el retrato del marido, celoso, enfermo y patético.Gran película que recomiento ver, muy superior a Celos de Aranda, y buena crítica.Os recomiento que desempolvéis Él de Bueñuel y veáis otra forma de retratar un verdadero maltrato y un enfermo que, en lugar de charlar con un psicólogo, besa los pies de un cura.

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  4. Idiot Wind, totalmente de acuerdo contigo. No habíamos caído en las similitudes con "Él", pero sin duda sí que se dan, aunque como bien dices, con otra concepción de la sensibilidad masculina. Además, siempre es un buen momento para desempolvar las obras de nuestro amado Buñuel, a quien rendimos homenaje aquí con la disección de "Viridiana".Muchas gracias por tu comentario. Esperamos seguir viéndote por aquí. Un saludo.

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