‘Sospechosos habituales’, de Bryan Singer. ‘El mejor truco del noir’ vs ‘La trampa interminable’

 
EL MEJOR TRUCO DEL ‘NOIR’

El misterio se llama Keyser Soze. Tan sólo parece un nombre, pero es un conjuro, un mito, una “voluntad” inhumana, puede ser el reverso de Dios, un cuento de terror para niños o un tipo sin alma. O quizás tan sólo un solemne fanfarrón. Keyser Soze es todo lo que puede alcanzar a comprender una imaginación aterrorizada o la coartada perfecta para que un sabueso pelmazo salve su amor propio. Descubrir la identidad de Keyser Soze es también el principal poder de atracción de una gran película de los 90, llamada Sospechosos habituales y firmada por Bryan Singer.
 
Es cine negro, ‘pero retorcido’, como explicó en su momento su director. El punto de partida de la historia, para el guionista Christopher McQuarrie, fue una imagen que le rondaba por la cabeza: la de cinco delincuentes que coincidían en una rueda de reconocimiento (Stephen Baldwin, Benicio del Toro, Kevin Pollak, Kevin Spacey y Gabriel Byrne). A partir de entonces, estos criminales comenzarán a trabajar juntos en diferentes ‘golpes’ hasta que se den cuenta de que están siendo manipulados por un abogado, llamado Kobayashi, y por su jefe: un tal Keyser Soze. A través de un interrogatorio puesto en escena por el teniente Kujan (Chazz Palmintieri), nos cuenta la historia un tullido Roger ‘Verbal’ Kint, el único de los cinco criminales protagonistas que sobrevive al último encargo.
 
Sospechosos habituales es una película magnética, cautivadora, llena de nervio que recorre un guión y una puesta en escena realmente soberbios y maliciosos. Presenta a una serie de personajes con mucha fuerza, que establecen entre sí una maraña de afinidades y roces, tan excitantes como las frenéticas secuencias de acción. Son tipos duros, pero también vulnerables, humanos, imperfectos. Como Dean Keaton (Gabriel Byrne), la encarnación de un romántico perdedor que se aleja voluntariamente de su redención.
 
Singer y McQuarrie se entretienen tejiendo para ellos una tela de araña inexorable, un viaje hacia la perdición donde la tensión va in crescendo conforme nos acercamos a la resolución del misterio. No nos lo ponen fácil. El filme es un caleidoscopio confuso de información que se mueve entre lo que pensamos que sabemos, lo que podemos llegar a creer y también sobre lo que nos gustaría creer para que el mundo y sus acontecimientos giraran con cierta reconfortante lógica.
 
El cineasta eligió para su puesta en escena un plantel de actores con diferentes orígenes y escuelas. Todos están fantásticos en sus respectivos registros, sin embargo, sobresalen el atildado y contenido criminal elaborado por Byrne y, en especial, la interpretación de Kevin Spacey, muy sutil, llena de miradas que confunden y con el sarcasmo asomándose en cada uno de sus gestos, como buen fullero. Buena parte del poder de fascinación de la película se lo debemos a John Ottman, un artista que se encargó de realizar el montaje y de componer la solemne y fatalista banda sonora.
 
Las secuencias finales en las que se nos desvela el misterio son todo un ejercicio de inteligencia e imaginación. Esa taza de café que nunca deja de caer en el momento de la revelación, un repaso a un tablón de anuncios que insulta la inteligencia, unos andares equívocos y una mano que se desentumece para encender un cigarro. Poco más se puede decir para desvelarnos la verdad. Una verdad que golpea con la certeza de que hemos estado haciendo el primo durante 90 minutos. Singer es un mago del suspense que zarandea al espectador caprichosamente, pero por una buena causa, para sacarle del mortal aburrimiento y confundirle, descaradamente, con una historia llena de espejismos. Había inventado, para ello, un buen truco.
 
La rueda de reconocimiento inicial, un ejercicio inigualable de presentación de personajes:
 


LA TRAMPA INTERMINABLE 
Un reparto realmente espectacular y algunos que otros gorgoritos en el guión hicieron de Sospechosos habituales en 1995 una de las películas más laureadas del año y de la década, encumbrando el cine negro con personalidad autoral y dándole un nuevo empuje, que haría que este género se cruzara con el thriller hasta el día de hoy, generando las mejores taquillas mundiales. Pero no creemos que su legado pase más allá de eso. Desde luego es la mejor película del primer sospechoso del film, su director, Bryan Singer (creador de dos entregas de X-Men, Verano de corrupción, Valkiria y co-director de la serie House, entre otras). Sospechoso por jugar a las cartas marcadas y a las trampas innumerables con las que cuenta la película, una auténtica carrera de obstáculos que la convierten en un sin sentido justificado por un –supuesto- sorprendente final.
Al margen de que la historia no haya envejecido como debiera y hoy la veamos superada y vencida, cuestión que no queremos señalar como determinante, su argumento en forma de telaraña comienza con una estupenda secuencia en un barco, donde un desconocido a quien no vemos mata al ex policía corrupto Dean Keaton (Gabriel Byrne) para pasar después su danza de continuos saltos en el tiempo. Objetivo: conocer en paralelo el transcurso de los acontecimientos en la actualidad y también seis semanas atrás.
El inicio de la narración en off atropellada y aturullante del tullido Roger ‘Verbal’ King (Kevin Spacey) ya nos deja medio mareados nada más empezar, con un total desaprovechamiento en la presentación de este personaje, crucial para la historia, y sin embargo, carente del forzado halo de misterio, esquizofrenia e incoherencia con el que se le pretende coronar. Solo el genial interrogador, el agente de aduanas Dave Kujan (Chazz Palminteri) salva las secuencias agobiantes de este tercer grado, absurdo y sin conexiones creíbles con la historia de ‘Verbal’.
Pero ahí no acaba la trampa. En la famosa rueda de reconocimiento asistimos igualmente a la presentación de los protagonistas: junto con ‘Verbal’ y Keaton, tenemos a Michael McManus (Stephen Baldwin), Fred Fenster (Benicio del Toro) y Todd Hockney (Kevin Pollack). En total, cinco hombres malos destinados a caer en las redes de amenazas y chantajes del temible Keyser Soze. Entramos entonces en un quinteto hermanado pero sin alma, sin tensión dramática, apenas esbozado, salvo por los conflictos internos de Keaton y la inquietante y bipolar conducta de ‘Verbal’. Pero ningún elemento termina de enseñarnos a la banda de criminales con algo de grandeza villana, salvo algunos juegos de cámara encajados en un guión de Christopher McQuarrie, tan oscarizado como demencial. Como si la película se hubiera ido improvisando o escribiéndose a sí misma conforme la aglomeración de tramas, redes y dobles sentidos comenzara a bifurcarse hacia callejones sin salida. Al final, es la aparición del personaje de Kobayashi (Pete Postlethwaite) y la mención a Keyser Soze lo que parece que va a contribuir a sacarnos del laberinto, una vez transcurrida ya una hora de película. Pero nada de nada.
La narración de los hechos por parte de ‘Verbal’ (a veces cobarde, otras desafiante, a ratos lúcido, a ratos medio oligofrénico, casi siempre agobiante) no deja de ser una maraña de nudos como las cuerdas atadas al barco que refleja el primer plano del principio y del final de la película. Para algunos, aviso de genialidad, para nosotros metáfora de embarullamiento mental. No sabemos si la intención del guion era mostrarnos al tullido como débil e inocente, perdido en una sucesión de acontecimientos y cebos de los que sale indemne por obra y gracia de su inocencia. Pero si fuera el caso, no cuela. Acaso lo haga en su versión original, donde no se descubre al principio la sorpresa de la película, como sucede en la versión doblada al castellano de la manera más torpe.
El caso es que el cine negro, y su medio hermano, el thriller denso y psicológico, no puede basarse simplemente en un final fácil e inverosímil. Singer probablemente alucinó cuando vio la historia de McQuarrie sobre el papel, y le dio vida con unos actores que merecían ser tratados con mayor dignidad y buen gusto, y no paseados de escena en escena perdidos entre saltos de malabarista. Hasta uno de ellos grita desesperado “¡Esto es una jodida trampa!” a mitad de la película, como avisando a todos de que el final de su historia está a merced de unas manos temblorosas e indecisas, o acaso de un loco, y no del tal Keyser irreconocible y temible, que no pasa de ser la caricatura de una trampa interminable, o lo que es peor, terminada sin solución, astucia o emoción.
Aviso urgente: SPOILER inmenso. El aclamado y comentado final, todo un mito de los 90:
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2 comentarios

  1. En este caso estoy con la segunda mitad del post. Llena de trampas injustificables, nunca me ha convencido y mira que le he dado oportunidades… Por ahora el culmen de la carrrera de Singer, por lo menos para mi, es "x2". Buena entrada. Saludos

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  2. León, afortunadamente siempre encontramos a alguien que puede hacernos tambalear una de las dos críticas, pero en cualquier caso, siempre agradecemos comentarios como el tuyo.Gracias por tu opinión.

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