Homenaje: ‘Ingrid Bergman y el instante supremo’

 

 
“Es difícil imaginar algún papel que miss Bergman no pueda convertir en instante supremo”. El New York Herald Tribune encontró, en esta frase publicada en los años 40, una buena manera de describir esa encendida emoción que produce ver a Ingrid Bergman en la gran pantalla. Fue una actriz de talento inconmensurable, una rubia codiciada y respetada por Hitchcock y una mujer apasionada que se puso el mundo por montera para escapar de los puritanos EEUU y vivir un intenso romance con un genio italiano, Roberto Rossellini.
 
 
La interpretación libró, a esta bella mujer sueca, de verse atrapada en una personalidad tímida. La promesa de esconderse y a la vez reconocerse en múltiples y apasionantes personajes le hizo enamorarse de su oficio. “Soy más yo misma cuando soy otra persona”, solía decir.
En la Meca del Cine, triunfó pronto gracias a que contó con la bendición y el apoyo del productor David O’Selznik. Allí llegó en 1938, tras una breve carrera en su país natal, y se estrenó con una versión de una historia que ya había abordado en Suecia, Intermezzo (1938), donde compartía cartel con Leslie Howard.
A partir de entonces, la actriz se movió con astucia en la industria hasta alcanzar el estrellato. Tuvo buen  ojo y supo aprovechar los papeles que otras no quisieron. La bellísima Hedy Lamarr renunció a dos que encumbraron a la Bergman, Casablanca (Michael Curtiz, 1942) y Luz que agoniza (George Cukor, 1944). El personaje de Ilsa Lund, la enigmática y nostálgica mujer que regresaba del mundo de los recuerdos para atormentar y volver heroico a un cínico Bogart, fue un momento mágico en su carrera. Su rostro, increíblemente expresivo, se convirtió en su principal valor artístico. 
En Luz que agoniza, protagonizó una de las mejores y más inquietantes películas de suspense. Se puso a las órdenes del “mejor director de actrices”, Cukor, para dar vida a Paula,  una mujer asustada por los fenómenos extraños que suceden en su casa victoriana. Tras los acontecimientos sobrenaturales está la mano de su marido, Gregory (Charles Boyer), un pianista que desea apoderarse de unas joyas que permanecen ocultas en la casa familiar. El personaje de Bergman era un bombón (una mujer aterrorizada por su inevitable locura), pero ella supo elevar su interpretación a la categoría de obra de arte. Tras este trabajo ganó su primer Oscar, en los tiempos en los que la codiciada estatuilla todavía pesaba algo, estaba llena de significado.
 
 
Pronto llegarían dos de los títulos más emblemáticos que rodó con Alfred Hitchcock. En Recuerda (1945), Ingrid Bergman volvió a cometer el mismo error: enamorarse de un hombre que le traería de cabeza. Aunque en esta ocasión se mete en la piel de una psicoanalista que, para encontrar la paz de espíritu, debe investigar en la mente del nuevo director de su clínica (Gregory Peck) y descubrir así si ha sido el autor de un crimen. Surrealista, freudiana, envuelta en sueños concebidos y dibujados en la imaginación eterna de Dalí, la película fue todo un éxito. En Encadenados(1946), volvió a ser dirigida por el ‘Mago del Suspense’ quién la emparejó, en esta ocasión, con otro irresistible galán, Cary Grant. Ambos protagonizaron una apasionante aventura de espías nazis y uno de los besos más largos (y quizás el más ingenioso) de la historia del cine. La química entre los dos fue desbordante, siempre bien aderezada con unas irresistibles dosis de sarcasmo sofisticado. En 1948, la Bergman tuvo la oportunidad de encarnar el personaje que siempre había codiciado: Juana de Arco.
Cuando Bergman acudió al cine para ver Roma Città Aperta, de Roberto Rossellini, su vida y su obra dieron un giro radical…
 
 
… “Si necesita una intérprete sueca que hable perfectamente inglés, que no ha olvidado el alemán, a quien apenas se entiende en francés y que de italiano sólo sabe decir ‘ti amo’, estoy dispuesta a hacer una película con usted”. Este telegrama, escrito por Ingrid Bergman y enviado a Rossellini, fue el inicio de  una apasionada historia de amor entre ambos que tuvo como fruto un escándalo mayúsculo, varios hijos y varias películas de autor (entre ellas, Stromboli; Europa 51). En su etapa italiana, la actriz se despojó de su condición de estrella para sumarse a las historias descarnadas neorrealistas.  
Con Anastasia(Anatole Litvak, 1956), rodada en Gran Bretaña, Bergman recuperó el cariño del público estadounidense y ganó su segundo Oscar. Se divorció de Rossellini y, en 1958, volvió a reunirse con su viejo amigo Cary Grant en Indiscreta. (Stanley Donen, 1958). Interpretaron a dos consumados solterones, uno por afición y la otra ‘por accidente’, que mantienen una dinámica  de encuentros y malentendidos inolvidable.
Dentro de sus últimas películas se encuentran la estupenda Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet, 1974), versión de un relato de Agatha Christie, que le brindó la oportunidad de darle vida, de manera soberbia, a una madura institutriz a punto del colapso nervioso. Su actuación le valió su tercer Oscar de la Academia.
Hace poco se cumplió el 30 aniversario de su muerte. Un punto final que a la actriz le llegó tras una dura lucha contra la enfermedad.  En 1978 había interpretado su último papel para el cine durante un rodaje en su tierra, Suecia. La película era la existencialista Sonata de Otoño, de Ingmar Bergman, un cineasta vivamente impresionado por el milagro que se producía cada vez que Ingrid se situaba delante de las cámaras.  De ella dijo…”Siente el placer de actuar, la lujuria, el anhelo de hacerlo. Es actriz de pies a cabeza, su experiencia teatral es infinita, lo mismo que su veteranía, imaginación, emoción, fantasía e incluso humor negro”.
Al fin y al cabo, la ‘Bergman infinita’ tenía la suerte de encontrarse consigo misma cada vez que interpretaba a sus maravillosos e inolvidables personajes.


Os dejamos con el célebre final de Luz que agoniza donde Bergman está, sencillamente, soberbia.

 

 

Para finalizar, compartimos uno de los muchos homenajes en vídeo que circulan por la red y que incluye algunas escenas inolvidables de su filmografía.



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