Visionado: ‘Todos tenemos un plan’, de Ana Piterbarg. ‘Ni con Mortensen al cuadrado’

dos estrellas

 
Lo que venimos llamando en el cine el tempo narrativo lento o pausado es una pieza esencial con la que muchos directores han sabido marcar auténticos estilos que les han catapultado como creadores de género, llegando además al público de masas. Pero pasa que muchas veces encontramos también, perfectamente visualizada, esa frágil línea que separa el relato tenso, expectante, generador de angustia, del simplemente soporífero y aburrido. Y con tal circunstancia hemos topado en Todos tenemos un plan. Ana Piterbarg, debutante en el largometraje, ha querido contar una historia de buen fondo e interesante planteamiento bajo la cadencia del thriller oscuro y silencioso. Pero le ha salido una película de buen arranque donde sin embargo la incomprensión de diálogos, personajes y situaciones, aumenta en proporción al bostezo incipiente y al agotamiento.
 
Esta producción hispano-argentina cuenta la historia de un hombre hastiado, no sabemos muy bien por qué, que decide asumir la identidad de su hermano mellizo (ambos son Viggo Mortensen), sin sospechar que está asumiendo el rol de un criminal, un hombre oscuro residente en la Argentina profunda, que fabrica miel mientras planea secuestros y crímenes. Pues ni siquiera con este actorazo al cuadrado, la película se sostiene. El personaje de Pedro/Agustín queda limitado a una mirada rasgada e impenetrable que pretende ser misteriosa e inquietante pero que solo produce perplejidad. ¿Por qué hace lo que hace? Es la pregunta que nos agobia todo el rato. No sabemos qué le pasa con su mujer Claudia (una breve pero inmensa, eso sí, Soledad Villamil) ni por qué se adentra voluntariamente en la sordidez de la vida impostada de su hermano.
 
A partir de aquí todo se convierte en un gran interrogante en el que tratamos de abrir los ojos de par en par para encontrar la clave, si acaso, en el resto de personajes, otro compendio de buenas interpretaciones, si los aislamos en sí mismos, porque interactuando entre ellos, todo se convierte en una página en blanco sin pies ni cabeza. Ni en el liderazgo mafioso, criminal y seudo-filosófico de Adrián (Daniel Fanego), ni en la engañosa inocencia de Rosa (Gala Castiglione) ni en la “pelotudez” y supuesto rencor de Rubén (somos incapaces de ver a Javier Godino fuera de los límites de su papel en El secreto de sus ojos). Insistimos, no es que lo hagan mal, es que simplemente planean por encima o por debajo del personaje principal como veletas sin rumbo, y al final quedan atascados en la indiferencia y desapego emocional que provocan.
 
Pero como somos sensibles al preciosismo y a la fotografía, quizá debamos rescatar del fuego algunos muebles: algo de esa fabulosa ambientación en el espectacular Delta del Tigre, donde está ambientada la mayor parte de la película, cuyas acciones transcurren entre barcas que recorren una y otra vez sus estuarios, sus juncos, hasta convertirse en una película tremendamente húmeda y permeable cuya plasticidad produce las sensaciones que no consigue la historia. También debemos destacar en ese papel de generador de emociones al bloque de piezas musicales del compositor español Lucio Godoy, así como las breves referencias, aunque metidas con calzador, al admirado cuentista y poeta uruguayo Horacio Quiroga.
 
No sirve nada de esto para quitarnos la decepción por el desaprovechamiento de Viggo Mortensen. Casi podemos imaginar la ilusión que le hizo al actor realizar este papel, y deleitarnos con ese susurrante acento argentino heredado de su infancia. Lo que pasa es que no basta con eso, como no bastó con las serpentinas y absurdeces con las que Agustín Díaz Yanes le cubrió en Alatriste. Lo mismo queremos ser jueces de algo que no somos capaces de entender, pero después de los personajes de sus dos trilogías, la de El Señor de los Anillos y la protagonizada bajo la batuta del canadiense David Cronenberg (Una historia de violencia, Promesas del Este y Un método peligroso), junto con la asfixiante The Road, no hemos sido capaces de amarle en este desdoble argentino, en esta historia sin plan, sin fuste, sin corazón.
 
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