‘Ninotchka’, de Ernst Lubitsch. ‘La Divina y la Comedia’ vs ‘La carcajada vendió el cliché’

 
LA DIVINA Y LA COMEDIA
 
Allá por los años 30 La Garbo, ‘La Divina’, era una de las actrices más prestigiosas y cautivadoras de Hollywood. Era una diva distante, misteriosa, pero cuya carrera no iba precisamente viento en popa. Llevaba algunos años interpretando a grandes heroínas inmersas en grandes gestas históricas o dramáticas —La Reina Cristina de Suecia (1931), Anna Karenina (1935) o Margarita Gautier (1936)– y aquellos filmes, concebidos para su grandeza, no resultaron convincentes entre el público norteamericano. Corrían otros tiempos y las gentes pedían otro tipo de entretenimiento más ligero y mundano, en los que el glamour sofisticado del star system dejara de brillar con tan abierta frivolidad. Al fin y al cabo el mundo estaba a punto de entrar en guerra.
 
En esas, un caballero de origen alemán, Ernst Lubitsch, un genio inventor de la conocida “comedia sofisticada”, acudió en rescate de Greta Garbo acercándola al común de los mortales. Lo cierto es que el director hacía tiempo que se moría de ganas de trabajar con ella. Ya sólo faltaba la coartada perfecta con la que redimir a la diosa y la Metro Goldwyn Mayer tuvo buen ojo a la hora de encontrarla. Se trataba de la película Ninotchka (1939), una deliciosa comedia que cuenta con un guión chispeante, terriblemente ingenioso y lleno de secuencias que destilan la esencia del cine. Fue obra de un equipo de guionistas entre los que se encontraba, ni más ni menos, que Billy Wilder.
 
Ninotchka parece una envenenada propaganda capitalista, pero sólo se trata un divertimento antisoviético maravillosamente confeccionado. Nos cuenta la historia de tres agentes enviados a París por el Gobierno Soviético para vender las joyas de la gran duquesa rusa Swana (Ina Claire) y conseguir con ello liquidez para las arcas nacionales. Allí, el amante francés de la noble, Leon (fantástico Melvyn Douglas), conducirá a los burócratas por el ‘lado oscuro del consumismo’, de los placeres de la buena vida y del lujo. Con ello, Leon pretende distraerlos de su misión y recuperar las joyas de su amiga. Sin embargo, el tiempo pasa y la noticia de la venta en París nunca llega, por lo que Moscú decide enviar a la implacable agente Ninotchka (Greta Garbo) para reconducir la situación. Entre el francés y la rusa surgirá una irremediable e inconveniente atracción.
 
Ninotchka es una sofisticada lección de narración cinematográfica con economía de recursos. Ahí están, por ejemplo, los tres agentes dando vueltas en la puerta giratoria de un gran hotel parisino para cotillear y dejarse fascinar por su lujoso interior, un arranque de película muy agudo. O los tres sombreros de piel soviéticos que se diluyen para convertirse en tres fastuosos sombreros de copa, una simpática manera de mostrarnos que los bolcheviques pronto sucumben a la vida refinada. Por no hablar del trajín de cigarreras de buen ver y de puertas que se abren y se cierran, pero que ocultan la ‘juerga padre’ que se están corriendo en el interior de su habitación de hotel los tres agentes rusos y el francés. No vemos nada, pero intuimos mucho. El famoso ‘Toque Lubitsch’, menos pendiente de darle esquinazo a la censura, buscaba la complicidad del espectador. Era su su hábil manera de hacer partícipe en la película a nuestra imaginación. Sabía de sobra que no había mejor manera de llevarse al público ‘al huerto’.

Ninotchka es también un alegre compendio de secuencias inolvidables como aquella en la que nuestra heroína, con alguna copa de más, incita a la huelga a las trabajadoras del tocador de un lujoso restaurante. Por no hablar de la escena en la que, demasiado sobria, pide informes técnicos de obra de ingeniería de la Torre Eiffel al pobre vendedor de tickets. Por su parte, los diálogos están llenos de vida cómica, son juguetones, pizpiretos, agudos, en especial los de la primera escena en la que Leon seduce de una manera divertidísima y definitiva a Ninotchka.
 
La Metro Goldwyn Mayer se inventó un eslogan publicitario para que la película no pasara inadvertida. ‘Garbo ríe’, dijeron, y la fórmula mágica tuvo el final feliz esperado en la taquilla. En realidad, había reído muchas veces en la gran pantalla, pero quizás nunca para despojarse deliberadamente de su aura. La diosa era una actriz dramática impresionante, muy buena en comedia, y una mujer de carne y hueso, con una psicología algo torturada, que decidió consagrar su vida a su leyenda. Después del éxito de Ninotchka (supuso su tercera nominación al Oscar, que nunca consiguió), Garbo rodaría la comedia La mujer de las dos caras (1941), una película que fracasó estrepitosamente. La actriz, de 36 años, creyó que le había llegado su hora y se retiró para siempre del cine. Aunque fue una viajera incansable, oficialmente se escondió tras la puerta de su apartamento neoyorquino. Lo hizo para que la dejaran en paz, pero también para cuidar su mito. Como Lubitsch, ella también comprendía muy bien el enorme poder que tiene la imaginación ajena.
 
La escena de los agentes soviéticos sucumbiendo a los encantos del alcohol capitalista es la más ‘Lubitsch’ de la película y quizás todo un homenaje al ya casi olvidado cine mudo:
 

 
 
LA CARCAJADA QUE VENDIÓ EL CLICHÉ 

Los años 30 fueron una década de deliciosas comedias básicamente elaboradas como churros por el incombustible Ernst Lubitsch, en las que las confusiones, las parodias, los líos y el amor eran siempre las claves principales, dejando muchas veces de lado la dirección y las interpretaciones. Aunque Ninotchka es una de sus películas más conocidas, pensamos que no es, ni por asomo la mejor de ellas, reinando muy por encima otras maravillas como Una mujer para dos, La viuda alegre, El bazar de las sorpresas (imitada hasta la saciedad) o la obra maestra Ser o no ser. Se puede incluso afirmar que, salvo las películas de los Hermanos Marx, y algún que otro relato puntual, el director germano-americano se hizo con el monopolio de la comedia romántica durante esta década.

Pero ocurre que en Ninotchka se dieron dos ingredientes fundamentales que la hicieron especial y notoria. El primero de ellos es que el cineasta unió una de sus nacionalidades (fue ruso, alemán y estadounidense) en una trama donde el Gobierno ruso se ve obligado a enviar una agente especial a Paris (Ninotchka – Greta Garbo) para resolver un pleito a cuenta de las joyas de la Gran Duquesa Swana, que un trío bastante inútil de agentes soviéticos no ha conseguido vender, tras caer en la trampa del amante de la Duquesa, Leon (Melvyn Douglas). Es decir, en 1939, y a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, Lubitsch se recreó en burlar los ideales de la revolución bolchevique frente a las democracias europeas, sin apenas sospechar que Rusia acabaría siendo aliada de los aliados, valga la redundancia. El caso es que para el público estadounidense, sumido ya en la propaganda anti-soviets que se recrudecería tras la contienda, no pudo resultarle más divertido ver cómo el comunismo era ridiculizado en cada escena, con tan solo cierta comprensión del mismo al final de la historia.

 

El segundo ingrediente son apenas unos segundos de la película. Leon, que ha conocido por casualidad a la rusa Ninotchka, y que se siente fascinado por su pragmatismo, materialismo e insensibilidad, intenta hacer que ésta sonría en un restaurante a cuenta de un compendio de chistes malísimos. Ella ni se inmuta, pero cuando él se cae de la silla (el gag más antiguo, el más simple, el más básico) irrumpe en una sonora carcajada que se convirtió en uno de los eslóganes más famosos de la historia del cine. “Garbo Laughs! (¡Garbo ríe!)” rezaban los carteles de las películas para atraer a las masas, acostumbrados al gesto adusto y serio de la actriz sueca en La dama de las camelias, Anna Karenina o La Reina Cristina de Suecia. Con ello se vendió el cliché, que es lo que finalmente resulta ser la película. Una comedia fácil llena de diálogos atropellados y sí, muy ingeniosos, pero que juega con estrepitosas casualidades, con estigmatizaciones de civilizaciones enteras frívolas y superficiales, y con un mensaje que viene a decirnos que al final la Rusia férrea y comunista se rinde a los encantos de la Francia bohemia y capitalista. Parece que la sonrisa de la Garbo, y con ello, la profunda e inverosímil transformación que sufre su personaje a partir de ese momento, fue suficiente para el público.
Encontramos así en las conversaciones entre Leon y Ninotchka algunos tópicos con los que llegamos a arquear las cejas por lo inocentes que resultan: que una mujer de armas tomar (que hasta ha sido sargento) se rinda ante un relamido conde y vividor francés, al final no es más que otro estereotipo que apunta a ese “falso sentimentalismo” que tanto odia ella al principio de su papel. El paso de la frialdad más glacial al amor más apasionado que pueda vivirse es tan ridículo que solo puede entenderse en ese contexto que señalábamos al principio, y en la absurdez en la que nadan el resto de los personajes: los tres agentes rusos que parecen de cómic, la Gran Duquesa zarista que no mueve un músculo de la cara, e incluso la breve y nada destacable aparición de Bela Lugosi como el comisario ruso Razinin.
Queremos decir que al final, con toda su ironía, con toda su aparente inocencia, y con esos diálogos tan eternamente elogiados, Ninotchka no es más que la crítica a una ideología radical, pero curiosamente desde un guión tremendamente ideológico, muy de occidente, muy de ideales americanos (ni siquiera europeos), aunque encorsetado, eso sí, en un registro perfecto de tópicos rusos y franceses. También podemos pensar que la risa de la Garbo todo lo vale, y que nunca la vimos tan alegre y chisposa como en esta comedia, y rendirnos así a su carisma como auténticos fanáticos y enamorados de su apasionada sumisión.
Finalizamos con el tráiler de la película como prueba de cuánto supuso una inocente carcajada. “Todo el mundo reirá con ella”:

 

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2 comentarios

  1. ¡Diosssss, cómo está la cigarrera!

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  2. Como ves, Raúl, no hemos querido que pasen desapercibidas, jeje.Un saludo.

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