‘Camino’, de Javier Fesser. ‘Morir soñando’ vs ‘La madrastra feroz de la Obra’

MORIR SOÑANDO


Camino es una niña de 11 años, guapa, buena, aplicada, alegre y devota de la Virgen. Camino adora a sus padres, miembros del Opus Dei, echa de menos a su hermana ausente, que se hizo numeraria tras un noviazgo maltrecho. Camino sueña con participar en una obra de teatro, porque no terminan de convencerle las actividades a las que acude instigada por su madre. Camino libera al ratón del desván siempre que cae en la trampa que le ponen. A Camino le gusta un vestido rojo-fuego con minifalda. Camino se enamora, un día, en un mercadillo, de Jesús, otro niño, cuando ambos están a punto de coger el mismo libro. Solo hablarán una vez. Camino, un día, canta y baila en su casa pero un dolor paralizante y agudo en el cuello la deja postrada en la cama y, poco a poco, paralítica. A partir de ahí, su situación irá empeorando. Camino se enamora y se muere. Pero Camino luchará por cada sonrisa, soñará despierta y se enfrentará a sus miedos dentro de un laberinto de sufrimiento inhumano donde realidad y ficción formarán parte de su paso al otro mundo.


Este melodrama, con tintes de magia, fábula y realismo mágico, desgarró el alma de millones de espectadores en España hace cuatro años, arrasó en los Goya y abrió la caja de los truenos de uno de los temas más intocables y controvertidos de la historia religiosa de nuestro país: el Opus Dei. Inspirada por (que no basada en) hechos reales, el cineasta Javier Fesser se acercó al mundo terrenal tras sus maravillosas El milagro de P. Tinto y Mortadelo y Filemón, y, a su manera, con un derroche de creatividad e imaginación al servicio de un cuento dramático sin antecedentes en nuestro cine, puso al público y a la crítica a sus pies. Lo hizo tras varios años de investigación y de entrevistas con ex miembros de esta congregación religiosa, y conmovido por la historia real de Alexia González Barrios (una niña en proceso de beatificación fallecida en 1985), a cuya memoria está dedicada la película.
Así surgió Camino y cambió en parte la forma de hacer cine en España. Fesser y su universo Pendelton (su productora) esquivaron amenazas, chantajes y presiones por parte del Opus Dei y de la familia de Alexia, y pusieron en marcha una de las mejores películas del cine español, que hizo brillar de manera deslumbrante a una desconocida Nerea Camacho, en el papel de víctima, mártir y Cenicienta, como no habíamos visto a una niña desde la Ana Torrent de El espíritu de la colmena. Completó el reparto con las soberbias interpretaciones de Carme Elías (la madre de Camino), Mariano Venancio (su padre) y Manuela Vellés (su hermana), y dio un paso más en la percepción de los dramas por enfermedad, incluso superando el Mar adentro de Alejandro Amenábar o la Planta Cuarta de Antonio Mercero. Solo tuvo que hacer un ejercicio de empatía: ¿qué puede pensar una niña enamorada que está a punto de morir? ¿qué puede anhelar una adolescente cuyos únicos sueños están en los cuentos, en la música que sale de una caja, en una pequeña playa arrullada por el viento, en bailar con el chico que le gusta? No en Cristo resucitado, ni en convertirse en santa, ni en entregar su alma a Dios. El cineasta lo vio claro y así lo plasma a través de los juegos de ilusiones y sueños de Camino.
Y lo hizo con el máximo respeto y delicadeza. En ningún momento vemos que la niña pierda su fe, solo flaquea para después arrepentirse, solo sabe que el problema de Mr. Bubbles (protagonista de su cuento preferido) es que “en realidad no existe”. Camino sigue con obediencia ciega los deseos de su madre y deja que hagan y deshagan sus emociones mostrando siempre su optimismo y vitalidad supuestamente cristiana. Es en su padre donde los deseos de Camino intentan hacerse realidad: vestir de rojo, participar en la obra de teatro, viajar a Viena, amar a “su” Jesús. E incluso en el caso de su madre, casi su némesis, la creadora de sus pesadillas de ángeles custodios, el personaje siniestro que esconde los secretos más escalofriantes de la película, el cineasta quiso al final que viéramos lo que es en realidad: solo una mujer que no soporta el enorme sufrimiento de su hija.
El éxtasis de la película, su brillantez, es que Camino triunfa sobre todos nosotros en su agonía final, donde solo el espectador comprende la burla que la niña hace al destino, engañando a los devotos que le piden, alrededor de su cama de hospital, que muera sin sufrir, a los que la aplauden, demonios a los que ni ve porque su alma ya ha participado en la obra de teatro y se ha reunido con lo que verdaderamente ama, en otro mundo, no con el Señor que todo lo puede, sino con su amor de niña, para bailar sobre el blanco y sobre las flores, para coquetear, para besarle, para seguir viva, para morir soñando, con los ojos abiertos, iluminados, sonrientes.
Os dejamos con SPOILER. Es casi el final de la película. Agonía entre realidad y ficción:

 

 

LA MADRASTRA FEROZ DE LA OBRA

Camino es una película hábil, obra de Javier Fesser, un director inteligente que sabía que tendría aseguradas las simpatías del gran público si tocaba varias teclas de su fibra sensible. La primera de ellas: supone una crítica feroz hacia el fanatismo religioso de un grupo católico con notable peso en nuestro país, pero que también cuenta con una generalizada mala prensa. En segundo lugar, es una tragedia conmovedora: narra la historia de una preadolescente que disfruta de las mieles de su primer amor (la vida en su máxima expresión) momentos antes de enfrentarse a una larga enfermedad que le conducirá a la muerte.
Por no hablar de su toque maestro: presenta el sacrificio de un inocente a manos de un villano que se anda con pocas sutilezas. El malvado de la película es Gloria, la madre de Camino, una ferviente creyente, ‘castradora de ilusiones’, que cree haber encontrado el sentido de la vida en el dolor desgarrador de sus hijas. Cosas que tiene la resignación cristiana o la ficción poco elaborada. Es un personaje que, aunque pudiera resultar perfectamente creíble, en la atmósfera maniqueísta que se respira en la película, falla. Parece más inspirada en las madrastras de los cuentos de hadas que en hechos reales.
Y es esa precisamente la impresión que da esta película. Es un cuento, una ficción hábilmente pergeñada, de producción esmerada, que cuenta con el morbo añadido de haber creado polémica entre las filas del Opus Dei al inspirarse en un caso célebre, el de la niña en proceso de beatificación, Alexia González Barros.
Camino lo tiene todo para calar en el ánimo del respetable, pero si somos sinceros, dejamos de llorar tras su visionado y la vemos con cierta distancia, en ella algo nos huele a azufre. Por ejemplo, Fesser nos cuenta la historia de un personaje increíble, en sentido literal, una niña que vive una preadolescencia de cartón piedra, en un estado continuo de exaltación amorosa y de entusiasmo gratuito por todo cuanto la rodea (salvo alguna secuencia como excepción). Incluso en algunos momentos de máximo sufrimiento. La interpretación, algo sobreactuada, de la pequeña actriz Nerea Camacho contribuye a ofrecer esa sensación de grandilocuencia. Es una actriz bellísima, que le pone corazón a su trabajo, pero mucho nos tememos que Fesser no supo pulir su actuación con mucho esmero. Porque es el primero de los errores palpables que tiene la dirección de actores en la película donde hay un auténtico desfile de secundarios jóvenes cuyas interpretaciones son bastante flojas. El ‘niño Jesús’, el amor platónico de Camino, es un ejemplo pasmoso de inexpresividad por no hablar de la compañera de curso de la protagonista, rebelde de medio pelo, una pasota cansina sin la menor gracia, o su mejor amiga, Begoña, una niña con el texto bien aprendido y peor recitado. Pero hay que fijarse bien, quizás es que los personajes no den mucho más de sí. Como contrapartida el buen oficio de los más veteranos merece una mención aparte, ya que son impresionantes las interpretaciones que realizan Carme Elías (madre de Camino), Jordi Dauder (Don Luis) y Mariano Venancio (padre).

Las escenas oníricas, fruto del delirio o del mal sueño de la protagonista, son los instantes más logrados en la película. Están llenos de originalidad, belleza y fuerza, salvo en sus secuencias finales donde Fesser vuelve a ponerse espléndido perdiendo el ritmo y alargando innecesariamente el enfrentamiento final: el choque entre la realidad fanática e interesada y la inocencia liberadora de la imaginación. Aunque el duelo resulte fascinante, el exceso de metraje del artificio proyectado, en esos minutos finales, deja de funcionar. Tiene su ironía que Fesser también acabe, de algún modo, perpetuando la agonía de la pobre Camino.

Para finalizar, aquí tenéis una pieza de las múltiples que hay en Youtube sobre el making off de la película. Manuela Vellés canta para Camino y finaliza su papel en la película.

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2 comentarios

  1. Esta película me resultó totalmente soporífera. Tiene magia y enganche y es de lo mejor del cine español, pero hay cosas en ella que hicieron que la cogiera manía, no puedo evitarlo…

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  2. Vemos entonces que compartes la visión de nuestra segunda crítica. Es un drama polivalente, y aunque es cierto que gustó al gran público, tuvo muchos detractores de su estilo y exageración.Saludos y gracias por tu comentario

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