Visionado: ‘Prometheus’, de Ridley Scott. ‘El viaje existencial de Alien’

 

tres estrellas

Prometheus plantea respuestas para las grandes preguntas universales (¿quiénes somos?  ¿de dónde venimos?). Misterios que deberían permanecer callados porque, en la búsqueda de su solución, puede llegar a destaparse la ‘caja de los truenos’. Así, al menos, nos lo cuenta Ridley Scott en su última película, un auténtico  placer para los sentidos y un alarde de técnica cinematográfica con detalles del mejor cine del realizador. Prometheus es un filme de factura perfecta, espectacular, visualmente inmenso; con una escenografía y una ambientación tan acertadas que la historia resulta tremendamente creíble dentro de ese universo de mundos posibles que alberga la ciencia-ficción. Y sin embargo, tropieza en los pilares básicos de su propia trama.
La génesis misma de la expedición, que se inicia a bordo de la nave Prometheus, resulta endeble. Sin apenas base argumental que apoye su teoría, los protagonistas están muy seguros de que al término de su viaje se encontrarán con el mismísimo Dios o, como ellos mismos dicen, con ‘los ingenieros’, unos ‘seres’ del espacio exterior que tuvieron la genial idea de crear la Humanidad para dejarla luego huérfana de significado. Es tan poderosa la intuición que tienen los científicos artífices del viaje, Charlie Holloway (Logan Marshall-Green) y  Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) que es capaz de lograr que financie un viaje a los confines del universo una gran corporación, la Weyland Company.
Existen también otros aspectos de la película que nos hacen dudar de la verosimilitud de la trama, dentro de la ficción. Llama la atención que en una historia donde se busca el sentido de la existencia del hombre, los personajes protagonistas no encuentren el suyo, mostrando un perfil humano apenas esbozado y unos comportamientos un tanto apresurados. Faltan detalles que les proporcionen un alma; nos hubiera bastado que fueran arquetipos eficientes, de esos que hacen posible el desarrollo de un argumento sin mayores complicaciones. Pero no las medias tintas.
Curiosamente, es David (Michael Fassbender), el ‘robot – mayordomo’, que vela para que la travesía de sus colegas humanos se desarrolle perfectamente, el único personaje bien definido. ‘Rubiteñido’, servicial, elegante y misterioso, es un ser fascinado con el mítico Lawrence de Arabia y la película de David Lean. Un autómata inquietante que muestra la misma ilusión infantil por los hallazgos resultantes de la expedición que por ver hasta dónde puede llegar la angustia humana.  Hasta que un cambio de ‘chip’, un tanto desconcertante, nos lo transforma en ‘alguien’ -digámoslo así- más predecible. Damon Lindelof, uno de los creadores de la serie de TV, Perdidos, guionista de Prometheus, realiza, en este caso, un inexplicable ejercicio de ingenuidad narrativa.
Ridley Scott lo dejó claro desde el principio. Prometheus no era una precuela al uso de  la saga Alien. Y muchos, incluso los más entusiastas y fanáticos de la saga aceptaron expectantes las nuevas reglas del juego. Resulta, sin embargo, más difícil de encajar para todos que el cineasta, que se reveló en El octavo pasajero como un maestro de la tensión y del suspense, no sea capaz de desarrollar con mayor agilidad y sensación de claustrofobia ciertas secuencias clave de su última película.
No es que hayamos cargado las tintas demasiado en nuestro post sobre el filme, es que nos hemos sentido un tanto defraudados ante una película que esperábamos desde hacía mucho tiempo. En este contexto, baste decir que tiene alicientes, más que de sobra, para disfrutar de su metraje. La banda sonora es impresionante, efectista y angustiosa, con un grito metálico desgarrador recurrente, como aldabonazo que martillea los nervios. La secuencia inicial, rodada en Islandia, es de una belleza increíble. En su dimensión existencial, la película pone sobre la pantalla algún que otro enigma estimulante que nos anticipa una posible continuación de las aventuras de la doctora Elizabeth Shaw. Además, está la curiosidad científica de David, un soplo de aire fresco ante tanto interrogante universal. Es una curiosidad bien templada por la interpretación de Michael Fassbender, uno de los actores más brillantes y epidérmicos que ha visto el cinematógrafo desde los tiempos del Dios Brando.
Bajo estas líneas, podéis ver uno de los últimos trailers que se distribuyeron antes del estreno. La película era muy prometedora, desde luego.
 
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