‘My Fair Lady’, de George Cukor. ‘Pigmalión del musical’ vs ‘Galatea entre flores e interiorismo’

 

 
PIGMALIÓN DEL MUSICAL
 
Flotando, como si “no hubiera suelo bajo los pies”. Así es como nos sentimos después de ver My Fair Lady, el ‘efecto Pigmalión’ que nos produce disfrutar de una obra maestra. La película, dirigida por George Cukor, es el mejor antídoto escapista para huir por unos instantes de un mundo atolondrado que, entre muchos otros defectos, evidencia una falta de comunicación grave e interesada. La misma, sin embargo, que enreda a los protagonistas de My Fair Lady en una fantástica historia basada en la obra de teatro Pygmalion, del escritor irlandés George Bernard Shaw. Un hombre que soñaba, no sin cierto deje de ironía, con “llenar el abismo que separa un alma de otra con el lenguaje”.
 
En el filme, el profesor Henry Higgins (Rex Harrison), un lingüista especializado en estudios de fonética, acoge en su hogar a Eliza Doolittle (Audrey Hepburn), una vendedora de flores del londinense Covent Garden, arrabalera y ordinaria, pero llena de encanto. El objetivo que tiene en mente es transformarla en una gran dama de la alta sociedad enseñándole a hablar inglés correctamente. Detrás de tan ‘filantrópico’ propósito existe una apuesta, la que mantienen Higgins con un colega lingüista, un perfecto caballero británico, el coronel Pickering (Wilfrid Hyde-White), quien desconfía de la valía del experimento del profesor.
 
Esta deliciosa película, en clave musical, funciona gracias al tirón de unos personajes cómicos, bien armados de diálogos y de malentendidos brillantes (que se producen a costa de la lengua inglesa, de sus múltiples dialectos y de la picaresca). También gracias al perfecto trabajo de los actores que les dieron vida, en buena medida, porque dirigiéndoles se encontraba el mejor Pigmalión de Hollywood, George Cukor, capaz de sacar una actuación respetable del actor más tosco. En esta ocasión lo tuvo fácil, trabajó con intérpretes veteranos, de gran talento y fuerte personalidad. Rex Harrison, por ejemplo, jamás estuvo más espléndido que vistiendo el traje de tweed del cínico, misógino y arrogante profesor Higgins. 
 
Pero además, My Fair Lady le da el último acabado al mito que se estaba cincelando en torno a una de las actrices más maravillosas de la cinematografía, nos referimos a Audrey Hepburn. Y lo hace con mucho humor. Ahí tenemos, por ejemplo, una secuencia inolvidable. De repente, ella aparece en las carreras de caballos de Ascot: sofisticada, inalcanzable, etérea. Eliza Doolittle es una bella ‘gacela’ (así acostumbraban a llamar a la actriz en aquella época), atrapada en un vestido en blanco y negro que deslumbra en un dominante Technicolor algo pastelón. Todos pensamos que se ha producido el milagro, la florista barriobajera se ha convertido, al fin, en una gran dama. Hasta que abre la boca para hablar de su disparatada familia, eso sí, con una perfecta y exagerada dicción.
 
Lo mismo ocurre con la historia de amor que subyace en toda la película. Es de agradecer que, en ningún momento, caiga en el sentimentalismo y la cursilería tan propios del género. Los acercamientos sentimentales se acaban convirtiendo en peleas que se zanjan con buenos golpes dialécticos o con un gramófono que se conecta a destiempo, emitiendo horribles sonidos fonéticos. Son puestas en escena, tan divertidas y pasionales, que cuentan más fuerza y elocuencia que cualquier declaración trasnochada.
 
La película es también un auténtico placer visual gracias, en buena medida, al vestuario y la dirección artística de Cecil Beaton. En definitiva, My Fair Lady es un musical que tiene la magia de los grandes del género: la capacidad de hacernos soñar envolviéndonos en una atmósfera habitada por bellas melodías, escenarios preciosistas y una historia con gancho. Pero Cukor logra mucho más: entusiasmar al respetable con unos números musicales muy potentes y originales donde parece prescindirse de los bailarines profesionales; se canta hablando (Rex Harrison) y donde un anciano, Alfred Doolittle, con nociones básicas de claqué, remata un gran número musical minutos antes de ‘irse a otro barrio’ pasando por el altar (Get me to the church on time). 


El segundo número musical de la película, y de los mejores. La arrabalera Eliza comienza a soñar:




GALATEA ENTRE FLORES E INTERIORISMO


Probablemente My Fair Lady sea el musical más cursi de todos los tiempos. No, ni West Side Story, ni Gigi, ni El Mago de Oz le ganan la partida. A ver, que los títulos de crédito son un montón de floripondios superpuestos que duran una eternidad, flores que aparecen de manera continua durante toda la película, y que no son sino el aviso de las casi tres horas de diálogos y canciones con olor a violetas y a jazmín del que vamos a ser testigos.


Con ocho Premios Oscar, uno de los mejores resultados de taquilla de los años 60, y los maravillosos Rex Harrison (profesor Henry Higgins) y Audrey Hepburn (Eliza Doolittle) como protagonistas, el fabuloso mito de Pigmalión se vio sometido a una revisión que con el paso de los años no ha perdido fuelle para el gran público, pero sí para los que no hemos conseguido verla de un tirón ni una sola vez. 
 
En esta ocasión, la mismísima Warner Bros encargó al magnánimo George Cukor que realizara y adaptara para el cine la novela Pygmalion de Bernard Shaw, revisión de la que ya existía una película (Pygmalion, 1938) y que ya había triunfado sobre las tablas de los teatros. Alay Lay Lerner, en el guion, Frederick Loewe, en la música original, y André Previn en la adaptación musical, fueron los encargados, junto con Cukor, de convertir esta nueva pieza en una de las películas más emblemáticas de todos los tiempos, sin que sepamos todavía donde reside su magia: ¿en la falta de química entre Rex Harrison y Audrey Hepburn? ¿en personajes que no pintan nada y copan canciones de hasta diez minutos? ¿en su rodaje de interiores de cartón y piedra y cámaras casi inamovibles (que el tema principal de la película, On the Street Where You Live, se resuelva con Freddy -Jeremy Brett- cruzando de una cera a otra es de sin perdón)? No es cosa nuestra: el propio Cukor mencionó My Fair Lady en muy pocas ocasiones después de haberla realizado. Nunca le terminó de gustar, sabiendo que había compuesto un nuevo musical con poco arte cinematográfico.
 

 

Pero bueno, aceptado el corsé teatral como marco de fondo, como tantas otras veces, nosotros añadimos otros ingredientes que no rezumaban tanta frivolidad en la novela de Shaw, como la diferencia de clases, el machismo, la diferencia entre el bien y el mal, la moralidad, la mojigatería, los sueños de grandeza y el amor. Todos estos temas son abordados, principalmente por Higgins y Eliza, cantando y bailando, pero también en espinosos diálogos que la mayoría de las veces quedan atragantados por la histriónica interpretación de nuestra querida Audrey, dándole réplica a un Harrison que ya venía de interpretarla en el teatro y que hacía cada toma como le salía de ahí mismo. Resultado: teatralidad contra naturalidad. Una combinación imposible que machaca aún más el resultado final del hombre que moldea a la mujer perfecta, un proceso de enamoramiento que no vemos, la ingenuidad disfrazada para el gran público en forma de canción, reacciones imposibles de entender, un montaje entre escena y escena que parece hecho a tijeretazos y un larguísimo epílogo de diálogos de sordos para que al final no sepamos muy bien quién gana.
Pero qué bonita es My Fair Lady, ¿verdad? Claro, son las canciones. Eliza soñando con sillones y chocolates, su padre pidiendo un poquito de suerte, Higgins definiéndose como hombre ordinario y misógino, Eliza emocionada tras aprender a decir correctamente “rain” y “Henry”, Freddy enamorado y plantado como un palo en la calle tan feliz, discusiones de machacamartillo, más flores, más gasas, más vestidos, más decorados bien pintados y todos tan contentos. Menos nosotros, que seguimos sin ver ni a Pigmalión ni a Galatea por ningún lado, sino la puesta en trípode y en algún que otro raíl de una cámara asobinada y algo cansada al servicio de, eso sí, repetimos, unas estupendas canciones. Pero la canción no hace al musical cinematográfico. En cine hay que apostar más duro, ya se había hecho antes, y se siguió haciendo después. My Fair Lady es tan solo el paso intermedio bajo la forma de un melindroso y correcto acabado, sin más.
Nos quedamos para finalizar con el número en el que encajan a la perfección diálogo, música y baile. Probablemente, solo con este número, la película puede salvarse para siempre:

 

Anuncios

2 comentarios

  1. Inolvidable y mítica obra maestra de Cukor que puede uno verla una y otra vez sin cansarse porque está magistralmente dirigida e interpretada y tiene una puesta en escena que es espectacular. Ahora, eso sí, como defensor acérrimo de la V.O. en el cine, aconsejo, más si cabe en esta película, verla en su idioma original, el inglés, pues su trama versa precisamente sobre la evolución de la pronunciación del inglés de Eliza en el proceso de enseñanza a la que es sometida por el profesor Higgins. Audrey Hepburn estuvo muy bien, deliciosa, como siempre, pero el que está como pez en el agua, por ser un personaje ya creado en Broadway por él, es el impresionante Rex Harrison, que, con esa manera tan peculiar de decir, más que de cantar las canciones, es todo un prodigio de la interpretación, llevándose- lógicamente- el Óscar al mejor actor por este gran trabajo. En definitiva, estamos ante una de esas joyas por las cuáles merece el Cine ser denominado el séptimo arte.

    Me gusta

  2. Alfonso, encantados de que acompañe a este post un comentario tan exhaustivo y cinéfilo de la película. Muchas gracias por escribirnos y un saludo cinéfilo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

El reino del exceso

Pantanoso website de arte, literatura, cómics, cine y algo de porno. En las ondas en Radio en Exceso.

todocinemaniacos

Blog dedicado al Séptimo Arte

El Tío del Mazo

Un blog de amigos y para amigos del ciclismo

Actualidad Cine

Críticas de películas y estrenos de cine

Extracine

El mundo del cine en un blog

A %d blogueros les gusta esto: