Visionado: ‘Los niños salvajes’, de Patricia Ferreira. ‘Adolescencia en manos del espectador’

cuatro estrellas


La vida es complicada cuando eres adolescente. Seguramente más complicada, desde dentro, que en cualquier otra época de la vida, porque todo se agranda, todo es un mundo, el tiempo transcurre muy lentamente y cada descubrimiento, cada acontecimiento fuera de lo normal, es una especie de revelación mesiánica. Por eso hacer cine social con niños es tan difícil. Ya es tarea de valientes hacer cine social hoy en día, tal y como palpita el espíritu humano, pero hacerlo además con las juventudes recién estrenadas requiere de cierta consistencia psicológica, de un buen guion y del equilibrio suficiente para no caer en tópicos transparentes, bajo los cuales se ven instrucciones maniqueas de cómo retratar la vida de un adolescente.
 
No vamos a negar que tal cosa esperábamos de Los niños salvajes. Nuestra última incursión en este terreno del cine español había sido en Cobardes, de José Corbacho y Juan Cruz, que quisieron arriesgar tanto que se cayeron por el precipicio, y desde Barrio, de Fernando León, no habíamos vuelto a sentir ese recuerdo punzante de la vida a los 15 años. Patricia Ferreira ha arriesgado y ha ganado. En este caso, aparte de salir triunfadora del palmarés del Festival de Málaga, ha sabido componer un cuadro de tres jóvenes, tres formas de ser infelices, tres maneras de estar en tierra de nadie y tres visiones de una posible salida. Alex, Gabi y Laura son los desgraciados protagonistas de este drama. Primero presentados por separado, y luego unidos por una pelea, por un grafiti, por una tensión sexual, los tres cargan su cruz a su manera. Pero lo más curioso es que la cineasta madrileña no nos presenta tres casos clínicos de extrema gravedad, sino que se trata de situaciones de lo más normales: un Álex gamberro por el desdén de sus padres, una Laura mimada y sometida a un régimen de esquizofrenia doméstica y un Gabi bajo el yugo de su padre, que proyecta en él todas sus expectativas.
 
Quizás por esa normalidad que emana de la historia, y por la naturalidad de sus conversaciones, y pese al abundante volumen de primeros planos, Ferreira decide tomar distancia, se aleja de ellos, deja que el guion haga su trabajo, y no alecciona, no saca conclusiones. Al servicio de un magnífico e intrigante montaje, caldo de cultivo del sorprendente final, la cineasta deja que sea el espectador quien piense lo que quiera, o busque los culpables si acaso quiere hacerlo. Porque a ello ayuda también que junto con los tres adolescentes, recorremos el marco contextual de la vida doméstica y de su instituto, de los profesores pasotas, los entregados, los amargados, los enrollados y el papel de la orientadora novata y temeraria, cometiendo el error de pensar que todo se puede salvar.
 
Ferreira abandona la Galicia que le sirvió para rodar los sobrios thrillers Sé quien eres y El alquimista impaciente, y se traslada a Barcelona para rodar en catalán con un plantel de actores que son lo mejor de la película. Desde los niños Marina Comas (la fotogenia de la joven actriz de Pa Negre es realmente impresionante), Albert Baró y Álex Monner, hasta la siempre mimetizada Ana Fernández, los veteranos Francesc Orella y José Luis García Pérez y la casi debutante Aina Clotet, las interpretaciones parecen casi de documental, como si la directora se hubiera traído esa capacidad naturalista de su participación en la serie de documentales En el mundo a cada rato.
 
Estamos, por tanto, ante cine español actual y de calidad, que no llega a las cotas de cirugía psicológica y emocional de la francesa La clase o la danesa En un mundo mejor, pero que desde luego sirve para ofrecernos una visión antidoctrinaria de la etapa más difícil de la vida, más allá de las payasadas de A tres metros sobre el cielo, aunque ya sabemos que su temida segunda parte, a punto de estreno, llenará las salas de cine, frente a los seis espectadores que vimos Los niños salvajes en Madrid un sábado por la noche. No nos importa, aquí sabemos que existe, que alguien hurgó en la mente del adolescente español, perdido en ninguna parte, de vuelta de todo, sin importarle nada más que ser feliz, y que nos dio un motivo para pensar e inquietarnos con unas generaciones perdidas para siempre en el nuevo siglo, si alguien no las encuentra en alguna parte.
 
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