Píldoras cinetarias: Furia de titanes en el rodaje

 

 
El plantón ha sido todo un bombazo en los mentirderos hollywoodienses. Variety sorprendía, recientemente, con la noticia de que Kurt Russell y Sacha Baron Cohen desertaban del rodaje de Django Desencadenado, la última producción de Quentin Tarantino. Ambos actores, a su vez, eran los sustitutos de Kevin Costner y Jonah Hill quienes renunciaron a los papeles de Ace Woody y Scotty argumentando “problemas de agenda”. Se rumorea que Russell no encontraba el “tono” de su personaje por lo que mantenía ciertas “diferencias creativas” con el realizador. Un simpático eufemismo para significar que el cineasta es todo un carácter. 
 
Sin embargo, Tarantino no es único en su especie… Las relaciones tormentosas entre actores y directores, y entre estos últimos y sus clásicos antagonistas, los productores, han escrito algunas de las páginas más memorables de la historia del cine. Hoy leyendas, auténticas delicias para mitómanos. Recientemente, hemos disfrutado en el cine de uno de estos cotilleos suculentos, hecho, película, gracias a Mi semana con Marilyn (Simon Curtis). En concreto, recoge el rodaje de El Príncipe y la Corista donde se produjo el encontronazo emocional y artístico de dos grandes del cine, el genio Sir Laurence Olivier, actor principal y director de la película, y la Monroe, su principal protagonista. Olivier tuvo que enfrentarse a las inseguridades y a las torpezas interpretativas de una fantástica actriz, eternamente ‘en broncas’ con su alma y, circunstancialmente, con un marido ilustrado y manipulador.
 
En una ocasión, Wilder recordó, con su genial sarcasmo, las lagunas mentales de la actriz y sus perpetuos retrasos en los rodajes: “… Tengo una vieja tía en Viena que estaría en el plató a las 6 todas las mañanas y podría decir los diálogos incluso al revés, pero ¿quién querría verla?”. Todo un alarde de memoria creativa, la del cineasta y la de la tía, por qué no, al otro lado del Charco.
 
Sin embargo, no todos son malos rollos a pie de plató. Otro austríaco, Fred Zinnemann luchó lo indecible para que un tipo escuálido, alcohólico, pero dotado con un inmenso talento, Montgomery Clift, se hiciera con el papel del sensible corneta y boxeador, Prewitt en De aquí a la eternidad. Zinnemann se enfrentó al gran mandamás de la Columbia,  Harry Cohn, quien quería al insulso John Derek para el papel. El austríaco se salió con la suya mientras se enteraba, estupefacto, que la mismísima Joan Crawford rechazaba el  personaje de la adúltera Karen porque detestaba el vestuario y no le permitían elegir el maquillador. Eso sí, el guión era de su agrado. El caso es que la Columbia no cedió ante las exigencias de la diva y hoy tenemos la oportunidad de disfrutar de una de las imágenes más  bellas del Séptimo Arte: a la magnífica Deborah Kerr, genuina Karen, retozando apasionadamente (y con un escueto traje de baño) con un varonil Burt Lancaster sobre la arena de una exótica playa.
 
Aunque si en aquel rodaje hubo un tipo que realmente se dejó la piel para tener un hueco en esta fantástica película fue Frank Sinatra, cuya carrera estaba al borde el precipicio. Una enfermedad amenazaba sus cuerdas vocales y no había nadie en Hollywood que, por aquel entonces, diera un centavo por su carrera cinematográfica. Salvo ella, la  temperamental  Ava Gardner, quien intentó levantar la carrera de su, por aquel entonces, marido venciendo las reticencias de Cohn. Logró que le hiciera una prueba para encarnar al soldado Angelo Maggio. Y lo consiguió. Sinatra se sumó al rodaje. Sin embargo, circula otra leyenda que, cual canto de sirena para cinéfilos, nos seduce aún más. Se dice que fueron la Mafia (ya por aquel entonces en tratos con ‘La Voz’) y sus persuasivos métodos los que finalmente doblegaron la voluntad del inflexible Cohn. Para muchos,  el suceso quedó inmortalizado en la mejor película de la historia del cine. En concreto, en la imagen de una cabeza de caballo sajada brutalmente y envuelta en el sopor de un mal sueño, entre unas sábanas retorcidas por la inquietud de un terrible presagio. Sí, lo habéis adivinado, el pusilánime Johnny Fontane, el sobrino cantante de Don Vito Corleone (El Padrino), pudo haber sido el mismísimo Sinatra.
 
Algunos años antes o después, según se mire, hubo también un actor, más espabilado que el más tiránico de los productores, que supo camelarse con mucha psicología los egos de los enormes actores que quería para la película que iba a poner en marcha. Su nombre, Kirk Douglas y la epopeya que pensaba levantar, Espartaco. Dicen que envió a Laurence Olivier, a Charles Laughton, a Tony Curtis y a Peter Ustinov guiones personalizados. De esta manera, cada uno de los intérpretes quedaba gratamente complacido al ver cómo su personaje era el que mayor protagonismo tenía en el filme. Con aquella artimaña Douglas sólo salvó el primer escollo. Para empezar, Anthony Mann renunció a la dirección  del filme dejándole el camino creativo libre a Stanley Kubrick. Pero claro, esa es otra grandiosa Historia…

Disfrutad de la grandeza de la escena de El Padrino (Coppola) mientras fantaseáis con uno de los ‘cotilleos cinematográficos’ más retorcidos que siguen circulando. ¿Fueron los amigos de Sinatra los autores de tan ‘persuasivo’ regalo?
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