Visionado: ‘Intocable’, de Olivier Nakache y Éric Toledano. ‘Adiós, compasión’

 

cinco estrellas


Juntos de nuevo, como en su primer largometraje, Y tan amigos (2005), los cineastas franceses Olivier Nakache y Éric Toledano vieron hace tiempo un documental sobre la relación de amistad entre un millonario tetrapléjico tras un accidente de parapente y el que durante un tiempo fue su asistente personal, un inmigrante que le redescubrió la fantasía de vivir y que le llevó de la mano hacia un camino más luminoso que al que creía estar destinado. La historia les conmovió, al unísono, en esa ósmosis de amor a la comedia que les caracteriza, y juntos fueron a Marruecos, donde actualmente reside el millonario, para pedirle personalmente que les dejara hacer una película sobre su historia. Éste les dijo que sí, pero con una condición: que fuera divertida, con humor.

Et voilá. Nació Intocable y barrió por las taquillas francesas durante diez semanas seguidas. Cuando aún no hemos terminado de digerir la cosecha dorada de la muda The Artist, otra maravilla de nuestro país vecino traspasa los Pirineos y se mete al público español en el bolsillo. El truco: la comedia-fenómeno. Es decir, la que lo tiene todo. La que te hace reir con la irreverencia, la que es humana, casi humanista, la que es social sin querer serlo, la que se despega sin tapujos de la compasión, le dice adiós con una patada en el trasero y la convierte en una fuerza sobrenatural, amablemente edulcorante, que te empuja (porque hasta casi notas ese impulso en la espalda) hacia la risa, el humor, la hilaridad, lo irreverente.
Todo para contarnos una historia inspirada en hechos reales, sobre un hombre paralizado de cuello para abajo, Philippe (François Cluzet) podrido de dinero y de tristeza, y su asistente negro, Driss (Omar Sy) inmigrante senegalés procedente de los barrios suburbiales de París, que impulsa su silla de ruedas en una huida de la ansiedad, de la amargura, siendo sus manos y sus piernas. Y con eso, la película se convierte en una fiesta gracias a un brillante guion, a una dirección y un ritmo narrativo trepidante, y a dos personajes que convierten cada escena es un deseo irrefrenable de vivir, donde los dos cineastas huyen de la coralidad de anteriores películas como Aquellos días felices o Trellement Proches.
La película es al cien por cien de su tándem actoral. Cluzet, a quien todavía recordamos protestando sin parar en la estupenda Pequeñas mentiras sin importancia, el Juan Diego francés, obligado a interpretar de cuello para arriba, hace que su sonrisa picaresca a lo Dustin Hoffman nos contagie su transformación en manos de su asistente. Porque ahí está Omar Sy, el gran cómico francés, que sigue llenando la gran pantalla tras Micmacs, con  stupendos gags y hace saltar la química con Cluzet hasta límites insospechables.
Pero hay un tercer personaje que se asoma sin tapujos y que ayuda a sus dos protagonistas a llegar hasta nosotros: la música. La primera escena automovilística, con el tema September de Earth, Wind and Fire ya engancha al espectador con risueña brusquedad; el popurrí de la banda de música que Philippe pide para que Driss se adentre en los clásicos es quizás la escena más brillante de la película con piezas de Chopin, Vivaldi, Mozart y Korsakov entrelazadas con los comentarios de ambos; y el vuelo en parapente bajo el Feelin’ Good de Nina Simone es para quedarse literalmente mudo.
No hay superficialidad, nada es frívolo. Hasta en Mar adentro, de Alejandro Amenábar, el personaje de Ramón Sampedro bromeaba con su situación, y en la canadiense Las invasiones bárbaras de Denys Arcand ya encontramos una vez ese punto tragicómico del final de la vida que deja un lugar para reirse de uno mismo. Y para contarnos el drama de la inmigración ya se nos pusieron los pelos de punta con la Caché de Michael Hanecke. Aquí, no queda más remedio que recordar uno de los chistes que Driss le cuenta a Philippe: “¿Dónde encuentras a un tetrápléjico? Donde lo dejaste”. Ahí esperamos encontrar a estos dos intocables dentro de unos años, donde los dejamos, cuando necesitemos un chute de felicidad, de amistad, y de cine hecho con humanidad y buen gusto.
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