‘El diablo sobre ruedas’, de Steven Spielberg. ‘El buen suspense’ vs ‘Cansino corre que te pillo’

EL BUEN SUSPENSE
Un coche, una carretera secundaria y un adelantamiento desafortunado. A Steven Spielberg no le hizo falta nada más para atraparnos en la pesadilla de carretera, con cierto aire metafísico, con la que hizo su entrada de manera oficial en el Séptimo Arte. Narra la historia de David Mann (Dennis Weaver), un conductor que es perseguido, de manera enloquecida e inexplicable, por un camión pesado y con carga altamente peligrosa.
El diablo sobre ruedas (1971) juega, ante todo, con el poder de nuestra imaginación. Nos presenta a un villano, único en su especie, una especie de dragón metálico y cochambroso que vomita CO2, atesora numerosas matrículas en su hocico (¿posibles víctimas?) y amenaza con hacer saltar el mundo por los aires con la tarjeta de visita que lleva en la retaguardia: inflamable. Podría estar conducido por un lunático que se pica por un triste adelantamiento, o por un alcohólico acomplejado, quizás por el mismísimo Satanás, pero qué importa. Nunca vemos el rostro del conductor y, en ese anonimato estudiado, se refugia el poder de fascinación de esta película de terror que nos cuenta el futuro Rey Midas en la mejor película, en nuestra humilde opinión, de toda su filmografía.
El diablo sobre ruedas juega con nuestro terror visceral hacia lo sobrenatural, con la inquietud que sentimos hacia lo inexplicable, pero partiendo de un entorno normalizado y de una anécdota cotidiana. Y esa es la clave de su efectismo. El guion, un auténtico prodigio de la literatura cinematográfica, fue escrito por Richard Matheson, también novelista de ciencia-ficción.
El lenguaje que utiliza es una buena lección de cine. La cámara subjetiva del inicio nos identifica con el protagonista; los contrapicados recogen el rostro desencajado de Dennis haciéndonos partícipes de la tensión, pero también proporcionan velocidad, sobre todo, aquellos que se toman a ras de la carretera. La secuencia de la ‘rueda de reconocimiento’, improvisada en la cafetería, es una intriga alargada y con muchas pistas equívocas. El ritmo in crescendo con el que hace vibrar el suspense, la perfecta dosificación de los momentos de tensión. Todo ello hilvanado con un eficaz e imaginativo montaje. Hay tanta sabiduría en esta opera prima que muchas veces nos hemos preguntado si Spielberg no habitó las fantasías de Borges o recorrió el mismo camino que Benjamin Button ganando en sabiduría, talento y madurez hacia atrás, en sus años mozos. En 13 días fue capaz de rodar una película que planteaba mil y un desafíos técnicos. El propio realizador confiesa que, a su edad, y con la carrera que lleva a sus espaldas, probablemente sería incapaz de volver a lograr tal hazaña. Sin embargo, por aquel entonces “tenía mucha hambre”, mucha ambición, pues era el momento de demostrar su talento o quedar fuera del sistema de las grandes productoras.
En la película, hay dos momentos cumbre de pura narración cinematográfica: la secuencia en la que descubrimos que tras el molesto camionero se esconde un psicópata (esa mano invitando, lentamente, a la perdición) y aquella en la que el camión reaparece, lejano, al final de un oscuro e inquietante túnel y levanta la mirada: enciende los faros. Sobrecoge de una manera brutal. Son los mimbres con los que se construye los mejores instantes de terror.
Al final de la película, se cuelan en el ánimo del espectador los títulos de crédito y producen una extraña sensación. Nosotros no somos capaces de movernos de nuestro asiento, de agitarnos y sobreponernos a los minutos finales del metraje. Seguimos con la tensión en el cuerpo. Como si esperáramos que arrancara, de nuevo, el sonido de aquel motor y el ángel (mecánico) de la muerte nos aguardara más allá del cine, después de la siguiente curva, recorriendo nuestra carretera cotidiana.

A continuación una de las primeras y terroríficas persecuciones de la película. Vamos, que se te quitan las ganas de coger el coche.

 

 

CANSINO CORRE QUE TE PILLO

Solo hay que fijarse en el título que le plantaron en las televisiones españolas para darse cuenta de en qué estaban pensando muchos cuando quisieron estrenar en la pequeña pantalla este telefilme que inexplicablemente se ha convertido en obra de culto con el paso de los años. El Duel (duelo) original se convirtió en El diablo sobre ruedas en cuanto cruzó el charco esta cinta televisiva, la primera de este tipo de un anónimo Steven Spielberg, a quien nadie en España conocía. Teniendo en cuenta que era 1971 y que en nuestro país tan solo llevábamos una década flipándolo con el Seiscientos color acre, encontrar de repente un duelo entre un modelo Chrysler aerodinámico y un tráiler contaminador color óxido sacado de las mismísimas garras del infierno, por las interminables carreteras de Estados Unidos, tuvo que dejar a muchos entre alucinados y acomplejados.
Al margen de su histriónico título ibérico, de su factura de terror inexplicable y tenso, y de su impactante y trepidante contenido, que no vamos a negar, la película ha pasado la cuarentena con evidentes arrugas. Y lo decimos quitándonos de encima toda la apoteósica carrera posterior del Rey Midas de Hollywood, analizándola en su justa medida. Es más, al margen de que huela a rancio por todos los poros de sus polvorientos y arremangados fotogramas, no consideramos que sea una gran película más allá de la acción que bien pudiera alabarse de otros productos adrenalíticos como Speed, 60 segundos o incluso la gasolinera andante de Mad Max.
Porque miedo, lo que se dice miedo, así como de terror-road-movie, no da. Resulta que hablando de cuatro ruedas que aterroricen, pues la verdad es que nos quedamos cien veces más pasmados con la adaptación al cine que John Carpenter hizo en 1978 de la novela de Stephen King Christine, donde un coche (una “cocha”, entendemos) también rojo y súper guay, estaba poseído por fuerzas paranormales. Bueno, en El diablo sobre ruedas, el rojo es el perseguido, y genera cierta inquietud no ver ni una sola vez la cara del conductor del camión perseguidor (¿o lo vemos realmente en el café?), por lo que muchos fantaseamos con que el camión malo fuera una especie de familiar de Christine. Es una interpretación como cualquier otra, pero que se nos cae en picado con la aparición de los brazos y las botas de cow-boy del supuesto conductor.
Esa es quizás la mejor baza de la película: el conductor fantasma, sus motivaciones, su cabezonería, así como todas las preguntas que de ello se derivan: ¿por qué le persigue? ¿por el primer adelantamiento o hay algo más? ¿quién es en realidad? ¿cómo puede correr más un camión que un coche por mucho motor diesel trucado que lleve? ¿cuántos encuadres similares del conductor mirando para atrás se suceden en la película: treinta y cinco? E incluso si nos ponemos estupendos, podemos arremeter contra ese aire de western que se aprecia tanto en su título original como en los planos de coche frente a camión. Hombre, pues no. No mezclemos unas cosas con otras, que para tal género no hay quien nos saque de diligencias y, como mucho, de locomotoras a vapor.

Concluyendo, este telefilme de Spielberg siempre nos ha parecido un cansino “corre que te pillo” donde algunas escenas son realmente desquiciantes, pero no en el buen sentido: un desquicie generado por el inmovilismo de su protagonista (Dennis Weaber), que no sabemos por qué no se encara en condiciones contra la bestia, como sucede en las películas de miedo. Lo intenta, sí, pero es que tarda demasiado en encontrar una solución bastante estrepitosa cuando a nosotros desde el principio lo único que nos pide el cuerpo es dar media vuelta y volver a casa. También le reconocemos el mérito al televisivo Weaber de llevar sobre su chepa el peso de toda la película y no hacerlo muy mal, así como algunos apuntes de lo que posteriormente sería etiqueta de la marca Spielberg. Pero son pequeñas concesiones para no quedarnos descolgados del culto fanático con el que actualmente se venera esta película, y por aquello del respeto al Rey.

Por último, la escena del paso a nivel. Forma parte del clímax de la película, de uno de los numerosos momentos en que el protagonista cree haberse librado de él. Y no.

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3 comentarios

  1. Peliculóooooon. Spielberg nunca volvió a hacer nada igual. Purista, sí, pero agradecido, 😉

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  2. Como ves, para gustos los colores, y más en este blog. Nos alegramos de que estés de acuerdo con la primera crítica, porque entendemos que de la segunda, nada de nada. Hay Spielberg para todos.Un saludo y gracias.

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  3. […] Coca-cola me recordó instantáneamente el camión agresivo de la película de Steven Spielberg ( El diablo sobre ruedas,1971) y la cruel paradoja de que el nuestro casi apaga “la chispa de la […]

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