Visionado: ‘J. Edgar’, de Clint Eastwood. ‘Gran personaje en estrecho guion’

tres estrellas


El director del FBI, J. Edgar Hoover, interpretado por Leonardo DiCaprio, le pregunta a un asistente que quién es el hombre más famoso del siglo XX, a lo que no tarda en responder que él mismo. El gesto de Hoover lo dice todo en ese momento, dice mucho, dice todo aquello que luego la película no explica, como un gran personaje atrapado y encorsetado por las estrecheces de un guion que no le llega ni a la suela de los zapatos. Porque el fundador del FBI fue un gran hombre, grande tanto en mezquindad como en eficacia, quizás no mundialmente conocido, pero sí uno de los personajes más controvertidos de la era que le tocó vivir: el inicio de la supuesta amenaza del comunismo tras la Revolución bolchevique, los inicios del crimen organizado, el fin de la Ley Seca, el asesinato de Kennedy, y la llegada de un nuevo conservadurismo de la mano de Nixon.Ahí está el gran acierto del J. Edgar retratado por nuestro admirado Clint Eastwood. Leonardo DiCaprio está realmente espléndido en su juventud y en su vejez, porque incluso bajo las enormes capas de maquillaje y sin sus ojos verdes, es capaz de seguir demostrando que es uno de los mejores actores de su generación, con Oscar o sin Oscar. Su personaje sale al escenario con toda la personalidad reaccionaria y ultraconservadora propia de una época violenta y recién salida de una guerra, un espíritu con el que contagió toda la esencia y los modos de hacer de la Agencia Federal estadounidense hasta hoy. A nuestro entender, conocer la armadura y cubículos internos con los que el Sr. Hoover montó su tinglado, de acuerdo con un pensamiento único y arrollador, es la joya que esconde la película, y que Eastwood se encarga de cuidar y mimar dándole al contrapicado una y otra vez para engrandecer la figura de su personaje y hacernos sentir todo su poder.Pero el problema también deriva de ahí. No podemos estar maravillados con un personaje de tal magnetismo si detrás no nos están contando también una gran historia. Se ve la ambición, pero no su resultado: 40 años de FBI son muchos años, y centrar buena parte del guion en la resolución de un solo caso, refiriéndose a otros muchos solo de pasada y en pequeñas dosis, no hace justicia a lo que prometen sus continuos saltos a la juventud y a la vejez de Hoover. En algunos momentos, parece que el cineasta quisiera pasar por alto todos aquellos casos en los que intervino en el FBI, pero que ya han pasado por las manos del celuloide: el asesinato de Kennedy en JFK (Oliver Stone), el caso Watergate en Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula), o la detención del famoso atracador de bancos John Dillinger, personaje retratado en la estupenda Enemigos públicos (Michael Mann). Efectivamente, es como si Eastwood hubiera querido contar algo más, pero nos hubiéramos quedado encerrados en la grandeza del personaje de Hoover, sin ver nada más allá de su última capa de piel.

Por eso a lo mejor lo más apropiado para poder admirar esta película sea quedarse con sus interpretaciones: la de Naomi Watts como su secretaria, confidente y guardiana de secretos que hubieran cambiado el mundo; la de Judi Dench como su rotunda y amorosa madre, generadora de un complejo de Edipo en Hoover muy humanizado; y un torturado Armie Hammer (aún le recordamos duplicado en La red social) como su mano derecha y eterno pretendiente, rechazado como amante y admitido como amigo de un ser inamigable y reprimido. Fuera del disperso y algo estrábico guion, sea quizás de lo mejor de la película la historia de amor nunca consumada pero sentida en los ojos del personaje de Hammer. Es donde confirmamos que Eastwood siempre ha estado y estará más cómodo en lo humano que en lo político.

Así que el dilema queda servido de esta manera. Sin que sepamos cómo disociar un personaje de su propia película. Como si quisiéramos hacer recortables con las escenas en que DiCaprio brilla por encima de todo, mientras cuenta su historia, y montar un nuevo biopic a base de todas sus frases sobre la decadencia moral y su afán trastabillado en la búsqueda de una falsa libertad. Para quedarnos con eso y rematar su historia al menos sin perdernos por los senderos de acciones y narraciones mal seleccionadas. Ver solo su cara, su represión y su ambición encerradas en sí mismo, en su despacho, contando mentiras para salvar su sueño, su inevitable caída.

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2 comentarios

  1. Comprendo lo que quieres decir cuando hablas del problema de la película, sin embargo, creo que la historia está pensada más para sugerir que para contar. Si lo piensas, se dan pinceladas sobre quién fue Hoover a diferentes niveles de su vida, desde lo público hasta lo privado, y a partir de allí uno puede sacar conclusiones. Tal vez, mirándolo así, la película no tenga las carencias que pueda aparentar tener. ¿No?

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  2. Sí, Eleazar, ése es un punto de vista totalmente legítimo y probablemente más inteligente que el nuestro. Pero el caso es que aunque lo adoptáramos como tal, seguiríamos teniendo esa sensación de que el personaje sobresale de los márgenes de la película. Y eso no puede ser. O no nos gusta. Y menos hablando de un maestro como Eastwood detrás de las cámaras.Gracias, y un saludo.

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