Visionado: ‘Los Descendientes’, de Alexander Payne. ‘Clooney, Hawai y nada más’

dos estrellas


Hay algo que no nos llega del señor Alexander Payne. Algo que no entendemos, que se nos escapa, sobre su visión tragicómica de los dramas humanos, y que continuamente se nos torna en poco más que un producto televisivo, por más que los aplausos que recibe nos atronen los oídos cada vez que rueda una película y las alabanzas a su genio sean proclamadas y rematadas con cinco estrellas, y porque todavía no hay seis. Es que no hay manera, y tras ver Los Descendientes, vamos por la tercera, y otra vez nos quedamos tremendamente aburridos como nos pasó con A propósito de Schmidt y con Entre copas
Entendiendo también que este cineasta tampoco es que sea una máquina de rodar bodrios infumables, comprendiendo entre líneas que todas sus películas contienen un trasfondo de “atento a mi conmovedor mensaje, porque es que te lo estoy contando de forma muy tierna y real”, no nos parecía desproporcionado darle una tercera oportunidad cuando esta vez se hablabla de una auténtica obra maestra, no solo rodada en Hawai, sino protagonizada por un George Clooney que se deja los dientes y las sandalias en el papel de su vida.
Pero nada de nada. La historia del padre con su mujer en coma, que se entera de una infidelidad al mismo tiempo que trata de rescatar de la miseria moral a sus dos hijas, le viene al pelo a este estupendo actor, a sus canas, y a lo bien que se le dan los gestos desolados dentro de todo su atractivo, que no queremos cuestionar. Y hasta ahí la película. Porque después, o te medio ríes (lo que viene siendo una mueca) por aquello de que estás viendo una situación ridícula pero donde tampoco se hila muy fino, o te medio emocionas (lo que viene siendo un mohín) ante la secuencia de una despedida eterna y sin sentido en una habitación de hospital. Entre medias, el “progenitor de repuesto”, las dos hijas y una especie de chiflado que no sabemos muy bien qué pinta ahí, vuelan de isla en isla para conocer al amante y conocerse a sí mismos, aunque nosotros solo estemos deseando que pase algo, al grito mental de “¡venga!”.
No es que no pase nada, es que lo que transcurre se va haciendo cada vez más irreal y va perdiendo fuelle conforme los diálogos pretenden ser más profundos hasta resultar incomprensibles, sobre todo los de padre-hijas. O es cosa de isleños o es cosa de la familia, que es así. Porque por aquí no tenemos a las tragicomedias entre nuestras enemigas precisamente. De hecho, casi diríamos que es un género en el que nos encanta navegar y al que acudimos siempre con los brazos abiertos y la mirada limpia. 
Pero como no todo van a ser dardos envenenados, vamos a quedarnos con esa estupenda ambientación hawaiana (solo la ambientación: las guitarras machaconas se convierten al final en algo realmente molesto), y con el colorido de unos paisajes urbanos y naturales que no estamos muy acostumbrados a ver en el cine y que Payne retrata con mucha elegancia y a modo de postales. Nos gustan más las estampas de Scorsese con Nueva York y las de Woody Allen con París, o viceversa, pero vale, lo aceptamos. De hecho, así podemos compensar con dos vectores la sensación de sopor que se nos quedó tras la película: un poco de Clooney y un poco de Hawai. Vamos, lo que aparece en el cartel. Y nada más.
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2 comentarios

  1. No entiendo tan mala crítica. Es una película perfecta, en guión, diálogos, ambientación. Normalmente coincido con vosotros, pero en esta ocasión, no comparto nada de la crítica…

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  2. Es evidente que esta vez discrepamos profundamente, Jesús. Desde luego la perfección no es el adjetivo que usaríamos para ponerle una etiqueta. Alguna vez tendría que venir el desacuerdo, que de eso se trata también, ;-)Un saludo!

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