Homenaje: Humphrey Bogart. ‘El último gran romántico’

Casablanca (Michael Curtiz, 1942) fue la primera película de culto y Rick Blane (Humphrey Bogart), el último gran romántico. Rick, el “tipo que no se juega el cuello por nadie”, arriesga su felicidad renunciando a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) porque así se lo dictaba su conciencia o tal vez su destino de lobo herido. Después de todo tenía por delante la emoción de la incertidumbre y la coartada, ‘el comienzo de una gran amistad’.

Casablanca forjó una leyenda en la imaginación de muchos amantes del cine de todos los tiempos, sin embargo, Bogart nos reservaría infinidad de instantes y de personajes inolvidables a lo largo de su carrera. El actor de la ‘cara de palo’ y el acento gangoso era un interprete más dotado de lo que muchos quisieron ver, quizás incómodos por la grandeza del mito que se iba forjando. Dicen que tras pasar por Broadway y un comienzo sin pena ni gloria en Hollywood, se abrió camino en la Meca del cine gracias a que no le importaba en absoluto morir ante las cámaras. A diferencia de otras estrellas con más escrúpulos y las miras más cortas, pues lo cierto fue que su gran oportunidad le llegó después de que George Raft rechazara participar en El Halcón Maltés. Al parecer no se fiaba de un director con pocas tablas y mucho genio llamado John Huston.

Así, en un principio entregó su alma al cine negro y no le salió el tiro por la culata porque sería este género el que le lanzaría a la fama. A partir de El halcón maltés (1941) su carrera fue en ascenso. El rudo y moralmente confuso Sam Spade tuvo su embrujo, aunque da la sensación de que Bogart se sentía más a gusto en el pellejo del íntegro y descarado detective privado Marlowe. La cita con el personaje tendría lugar en esa obra maestra de Howard Hawks que se llama El sueño eterno (1946). Siempre un paso por delante de su instinto de sabueso, ajeno al peligro y sacudiendo cortes a toda mujer que se le acercara, se deja envolver por una pesadilla argumental que no da tregua y se deja embaucar por una niña bien (Lauren Bacall) a la altura de su verborrea sarcástica. Los dos orquestaron el ritual de seducción más sexy de la historia del cine. La pareja se había conocido dos años antes durante el rodaje de Tener y no tener (Howard Hawks, 1944) donde una Bacall felina y carterista, le explicó que si la necesitaba para algo, solo tenia que juntar los labios y soplar. Con ello consiguió avivar el fuego de una pasión que se respira en cada fotograma que contemplamos. Y eso a pesar de la asfixiante atmósfera tropical que se siente en el filo del mundo civilizado, una Martinica que se ve cercada por la amenaza nazi. Allí, Harry Morgan, un americano capitán de un cascarón es otro de los cínicos memorables de Bogart, de aquellos, como en Casablanca, que se redimen en un último gesto heroico. Un último fichaje para la ‘causa’, aunque no estuviera del lado de nadie y “solo lo hiciera por el dinero”.

La fecunda trayectoria de Bogart hizo que llegara el momento de abandonar al tipo duro y transitar por otros géneros e incluso por personajes que podrían haberse considerado un error fatal de casting. Sin embargo, su carisma y su talento eran capaces de fulminar cualquier atisbo de duda. Ahí está por ejemplo su papel en La condesa descalza (Mankiewicz, 1954), donde se ponía en la piel de un cineasta, apoyo emocional y consejero de la más rutilante de las estrellas del Hollywood de ficción, versión Mankiewicz. El caso es que Bogie nunca estuvo más desencantado, irónico y compasivo que llorando, sin apenas lágrimas y con lluvia de fondo, la muerte de aquella bella diosa (Ava Gardner) que no supo bajar del pedestal. En la comedia también se desenvolvió como pez en el agua y sin perder el tipo. Con un cerebro de estratega bien cocinado y el sarcasmo siempre a punto le quitó la chica, la encantadora Sabrina (Billy Wilder, 1954), al mismísimo ‘Golden Boy’ de Hollywood (William Holden). Pocos años antes había llegado su gran interpretación, la que le dio un premio Oscar. Y todo por llevarle la contraria a una melindrosa y aventurera Rose (Katherine Hepburn) en La Reina de África (John Huston, 1951). Con las hechuras de un borracho parlanchín y atolondrado, un capitán de otro destartalado barco, el señor Allnut no tenía ni idea de que había venido a este mundo “para superar a la naturaleza”. La Hepburn intentó demostrárselo y, ya de paso, le tiró por la borda su pellejo de tipo solitario. La aventura y la historia de amor que ambos protagonizaron, como por accidente, se cuentan entre las más inolvidables de la Historia del Cine.

Amante de la navegación y de los tragos, de los cigarrillos sin filtro y de las causas justas, Bogart estaba convencido de que “el problema del mundo era que siempre llevaba una copa de menos”. Seguramente Rick Blaine estuvo de acuerdo y Charlie Allnut brindó por ello, pero a escondidas. Por siempre, Bogart.

A continuación, os dejamos con nuestro tira y afloja preferido de la historia del cine. Tiene lugar en El sueño Eterno. Entre los guionistas se encontraba Faulkner, está todo dicho. (El vídeo lo ha colgado Mr. Santiago Álvarez).

 

Y aquí, la que quizás sea la mejor interpretación de Bogart, con permiso de sus cínicos memorables. El tráiler es una maravilla.

 

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2 comentarios

  1. "Nunca debí cambiar el whisky escocés por el martini", dicen que dijo.Gran post, grandísimo actor

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  2. Gran frase, gran respuesta. Un saludo.

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