Visionado: ‘La chispa de la vida’, de Álex de la Iglesia. ‘El indignado del hierro en la nuca’

tres estrellas


Siempre es bueno acudir al cine haciéndote una ligera idea de lo que vas a ver. Solo ligera. Lo mínimo: el director, los actores y el argumento. Y si hay tiempo e interés, conociendo alguna que otra crítica, mejor de allegados que de eruditos. Así, independientemente de que te guste o no la película, te sentirás menos engañado en caso del repudio a lo visionado, y más gratificado (e incluso orgulloso de tu buen gusto en la elección) si la experiencia ha sido positiva. El nuestro es el segundo caso, que todavía desencantados con la historia sin pasión que nos dejó tristemente decepcionados en Balada triste de trompeta y con la chabacanada de Crimen ferpecto, ya no sabíamos en qué punto estaba nuestra relación con Álex de la Iglesia, aquel al que debemos buena parte de nuestra cinefilia.
Pero acertamos. La chispa de la vida pone ante el espectador lo que busca su propia denominación: espectáculo. Pone un héroe, un mártir, un hombre en quien descargar toda la hipocresía, morbo y desaliento de la sociedad actual: Roberto (José Mota). Pone un escenario de tragedia griega donde podamos contemplar su agonía: el circo romano de Cartagena. Pone la fotografía rápida y apresurada de los males que recorren los intestinos de este país, en pleno proceso de pérdida de conciencia: la televisión, los bancos, el periodismo, la publicidad, la política, el dinero, el poder. El bilbaíno se recrea en un retrato social a marchas forzadas, donde todo se mueve a ritmo vertiginoso y sin piedad, en la que quizás sea la película más sucia, más oscura y menos humorística del cineasta, junto con la estupenda Los crímenes de Oxford.
Lo más interesante es que pese a su locura narrativa, propia de su estilo, al final lo que vemos es un cuadro. El de Roberto, publicista en paro, creador hace décadas del eslógan más famoso de Coca-Cola, humillado y maltratado en la actualidad, que tras sufrir un accidente se queda incrustado en la platea del circo romano con un hierro clavado en la nuca. Esa es la foto fija del mártir, a su manera crucificado, sin poder moverse, mientras circulan ante él vigilantes de seguridad, médicos, periodistas, representantes improvisados, ofertas de entrevistas, y sobrevuelan helicópteros y comienza el circo del mundo, el de El gran carnaval de Billy Wilder. Él, el indignado del hierro en la nuca, protagonista y feliz de poder vender su agonía final al mejor postor, y dejar de sentir que su vida no ha valido para nada.
Se trata de un planteamiento y de un guion simple y moralista, pero eficaz, y enriquecido con un reparto coral de interpretaciones sorprendentes, comenzando por el propio José Mota, algo acartonado al principio pero demostrando después su vis trágica muy por encima de lo que podemos esperar de un gran cómico. Junto a él todo el rato, su mujer, interpretada por una Salma Hayek absolutamente perfecta, lineal y coherente. Y pululando a su alrededor, el vigilante-amigo (incondicional Manuel Tallafé), su representante (un Fernando Tejero que por fin no hace de sí mismo), el alcalde de la ciudad (Juan Luis Galiardo de pelele mezquino), la directora del museo (Blanca Portillo entre dos aguas), un médico impotente (Antonio Garrido, siempre bienvenido), un antiguo compañero enviado a la redención (Santiago Segura, otro incondicional), una periodista con sentimientos (mucho mejor Carolina Bang que en Balada triste), un magnate televisivo con un maletín que decidirá el final de la película (Juanjo Puigcorbé); así como el divertido cameo del cineasta Nacho Vigalondo.

Aunque también en esta película su protagonista aparezca colgado de un monumento (seña icónica del cine del bilbaíno), sabemos que todavía queda mucho (si acaso esos días no se esfumaron) para que volvamos al costumbrismo más negro con el que Álex de la Iglesia hizo escuela en España, y que nos dejó perplejos en El día de la Bestia, Perdita Durango, 800 balas o La comunidad. Pero no por ello vamos a echar a la hoguera una película eficaz, bienintencionada, sensata, rodada con pulso y sentimientos, y con un mensaje final que nadie se va a creer pero que a todos nos gustará mirar. Con poca o mucha dignidad, y sin hierros en la nuca, todos somos mártires de algo, y veremos ese algo nuestro en algún lugar del circo en el que Roberto se inmola.

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