‘Amadeus’, de Milos Forman. ‘En nombre de los mediocres’ vs ‘La licencia poética mató al genio’

EN NOMBRE DE LOS MEDIOCRES

– “Todos los hombres son iguales ante los ojos de Dios”
– “¿Lo son?”

El desafío queda en el aire. La pregunta del italiano, Antonio Salieri, con respuesta: toda una película, Amadeus (1984) que es en sí una obra maestra del checo Milos Forman. El cineasta orquesta una compleja ópera cinematográfica para contar, a través de un largo flashback, la historia de odio y devoción que sintió Antonio Salieri (F. Murray Abraham), un compositor brillante, hacia Wolfang Amadeus Mozart (Tom Hulce). Salieri reconoce en el genio de Mozart la inmortalidad que anhela para su propia obra y decide exterminarla. Poco importa que el austríaco sea un hombrecillo presuntuoso, infantil, un personaje que no muestra talento alguno para poner en orden una vida en eterno estado de caos y ruina. Salieri tiene el don de comprender que la razón de la existencia del brillante compositor se encuentra en otra dimensión. Y le envidia.

Salieri es un personaje que produce un enorme impacto en la imaginación de los espectadores. El italiano se rebela y reta a un Dios sin sentido de la justicia, tan irónico, que en realidad no existe, sin embargo cree ciegamente en él porque le justifica. Quizás así puede olvidar que se encuentra desamparado ante su propia naturaleza. Salieri se autoproclama el “santo patrón de los mediocres del mundo” y “nos absuelve” intentando matar al genio que siempre inquieta, el que recuerda la triste condición de todo aquel que alguna vez se estremeció al sentir la belleza de una obra artística y comprendió que nunca podría crear algo semejante. Dio voz a un sentimiento universal y sin época.
No está de más decir algo que todo el mundo ya sabe. La película no es un biopic al uso. Está basada en una obra de teatro del británico Petter Shaffer. Salieri no era tal medianía sino un autor brillante con éxito en su época y perfectamente recordado hoy por los amantes de la música clásica. Tampoco hay rigor histórico a la hora de afirmar que Salieri provocara, de alguna manera, la muerte de Mozart. Pero a quién le puede importar si es ficción o fue realidad ante el soberbio espectáculo cinematográfico que tenemos delante. La vida y la figura de Mozart son tan grandes, resultan tan provocadoras que cualquier fantasía sobre su vida se merece un hueco en nuestra frágil memoria.
Amadeus cuenta con un guion complejo compuesto de secuencias minuciosamente construidas. Desde los pequeños ‘divertimentos’, repletos de un humor fino, en los que el emperador y su corte de maestros italianos se encuentran con Mozart, al poderoso arranque inicial donde el rostro agonizante de Salieri se funde con la arrebatada, bellísima e insolente Sinfonía Número 25. Pocas veces hemos encontrado en una película una dirección artística y una fotografía más elocuentes que las de Amadeus. Buena muestra de ello son las atmósferas logradas de una época idealizada, el vestuario y los decorados barrocos, con sus anacronismos llenos de encanto, y  la iluminación habitada por los contrastes. Toda la reconstrucción resulta apasionante. Desde la fiesta colorista y ebria de disfraces, pasando por el delirio visual de la puesta en escena de La Flauta Mágica a la oscuridad negra de ultratumba, envuelta en llamaradas, de la representación de Don Giovanni. Momento cumbre de la película, pues da paso a la locura. Empieza la venganza de Salieri: una misa para muertos, un pacto sin diablo que se firma al calor de un crucifijo que arde.

En la película, imagen y música se unen hasta lograr una perfecta simbiosis orgánica. Nos permite adentrarnos en una historia de humillaciones y envidias artísticas, sentir el terror del hijo hacia la decepción del padre y nos descubre algunos de los instantes de creación del genio. Ahí están la composición de un fragmento del Requiem por un Mozart moribundo y un Salieri desconcertado o la briosa explicación de una pieza de Las bodas de Fígaro ante el emperador. La bronca de la suegra se eleva hasta convertirse en el Aria de la Reina de la Noche y el Lacrimosa del Requiem es el único cortejo fúnebre que acompaña al cadáver del inmortal hasta la fosa común. Un momento único.

Sin embargo, la película reserva una secuencia final aún más desoladora. En su manicomio, Salieri avanza en silla de ruedas por el pasillo de los horrores bendiciendo cuerpos mutilados, rostros deformes, miradas desorbitadas, gestos demenciales. Hasta que surge la risa de Dios en la tierra. Cantarina, grotesca y descendente.

Una escena que nos adentra en el leit motiv de la obra de Forman. La rivalidad entre los dos grandes genios:

LA LICENCIA POÉTICA MATÓ AL GENIO

 

 

Es una pena que la imagen más extendida que existe de uno de los artistas más sobresalientes de la Historia sea la ofrecida por el personaje absurdo e inhumano que representa a Mozart (Tom Hulce) en Amadeus, de Milos Forman. Sobre todo teniendo en cuenta que Wolfang Amadeus Mozart fue un artista enormemente disciplinado. Trabajó mucho y de manera concienzuda para alcanzar la genialidad en sus obras. El ‘elegido por Dios’ para “cantar a un mundo asombrado” tenía un gran oído y una gran memoria musical, pero no dejaba de ser un hombre que se esforzaba.
 
Según se dice, entre Salieri (F. Murray Abraham) y Mozart tampoco existió una rivalidad enconada y manifiesta más allá de algunos roces, por así decirlo, domésticos, ciertos celos artísticos que no llegaron a mayores. El supuesto deseo que albergaba Salieri de asesinar a Mozart se atribuye, en realidad, a un cotilleo que fue alimentado primero, por las fantasías que, cercano a la muerte, encendían la imaginación del austríaco, quién llegó a creerse envenenado por los italianos de la corte de José II. Pero también, según se dice, por un Salieri moribundo que, trastornado, se acusaba a sí mismo de haber propiciado el final del compositor de Salzburgo. En buena medida, obsesionado porque se había extendido el rumor de la acusación de Mozart. Los historiadores rechazan de plano la existencia del intento de asesinato. Pero el delirio se hizo chisme, hizo mella en el ánimo de un viejo enajenado y se extendió como la pólvora hasta caer en manos de otros creadores con talento. Inspiró, entre otras, una obra de Pushkin (Mozart y Salieri, 1830), una ópera del mismo nombre de Rimsky Korsakov (1897) y la pieza teatral de Shaffer (1979). Hoy, el impulso homicida de Salieri es una verdad colectiva que comparten millones de personas, fascinadas por la historia contada en el film de Milos Forman.
 
No somos unos puristas defensores del rigor histórico en la ficción, simplemente manifestamos nuestra decepción al comprobar cómo la realidad, la grandeza de un hombre, que se entregó en cuerpo y alma a un oficio, la creación musical, queda difuminada para una mayoría por obra y gracia de la forma artística más universal de la historia, el cine.
 
El film de Milos Forman pretende clasificar a los hombres en dos grandes categorías: la del genio y la del mediocre, o mejor dicho, el genio frente a la gran masa de mediocres en la que se ahoga el común de los mortales. Un discurso pueril que parece no haber superado las inseguridades de la adolescencia. Aunque el personaje de Salieri diera con sus huesos en un manicomio, en cierto modo, por sostener hasta las últimas consecuencias esta visión deprimente de la realidad, Peter Shaffer, el autor de la obra de teatro en la que se basa la película, no puede ocultar que cree fervientemente en esta lucha de antagonistas que de algún modo ha dado impulso a la historia.
 
Tom Hulce fue nominado al Oscar por una interpretación que es un solemne despropósito. Ofrece un repertorio antológico de muecas forzadas y un insostenible acento de las Américas del Norte muy poco apropiado para un hijo del viejo continente. Hay demasiada caricatura en la composición de los personajes de Mozart y de Salieri. Sin embargo, mientras Hulce lleva a la última expresión su interpretación manierista, F. Murray Abraham hace lo propio, pero de un modo magistral y totalmente convincente. ¿Por qué resulta así? Es un misterio insondable, quizás entre ambas interpretaciones exista la distancia que hay entre el talento y el genio. En cualquier caso, Murray Abraham sí logró el reconocimiento: la preciada estatuilla.
 
Amadeus ganó otros siete Oscar de Hollywood, consolidó la brillante trayectoria de Forman en Estados Unidos y fue un rotundo éxito comercial. Casi treinta años después de su producción, sigue resultando una obra cautivadora que no ha caído en el olvido. Y la imagen que nos deja de Mozart, la voz de Dios en la tierra, se mantiene como una realidad cómoda y fácilmente etiquetable en nuestra memoria, siempre celosa de sus mitos.
 
Como siempre, un casi SPOILER para finalizar. Pero es que es una maravilla de la Historia del Cine. Cómo sale de la cabeza de Mozart (y vamos escuchando) la misa de muertos, mientras va muriendo:
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2 comentarios

  1. A todos los varones les recomiendo encarecidamente el director’s cut. Bien es cierto que, en mi opinión, las escenas excluidas de la versión final bien excluidas están. Sin embargo, cualquiera que de jovenzuelo haya fantaseado con los tesoros que Constanze ocultaba tras su vestido de época, se alegrará al saber que en realidad los compartió generosamente con la posteridad en una de las escenas, hoy felizmente disponibles para todos nosotros en DVD. La presencia o no de esa escena, además, le cambia el sentido al llanto posterior de Constanze: si en la versión final sus lágrimas son las de una mujer dolida y digna, en el director’s cut son las de una mujer que duda de su propia dignidad.Amadeus es una de mis comedias preferidas. Quien no entienda lo de comedia, el truco está en atender a los caretos que pone Salieri y olvidarse del resto de la película: acabas doblao de la risa.

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  2. Si te fijas, una de las dos etiquetas de este post es "Alegrías de vivir", que utilizamos para comedias y tragicomedias. Así que coincidimos plenamente contigo. Y agradecemos tu mensaje a los varones sobre el director,s cut. Qué puritano este Milos.Un saludo.

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