‘Juan Nadie’, de Frank Capra: ‘Del pequeño Club de John’ vs ‘Las sanguijuelas del capital’

DEL PEQUEÑO CLUB DE JONN DOELong John Willoughby (Gary Cooper) solo es un vagabundo, antiguo jugador de béisbol lesionado, que se pone en una cola de desarrapados junto a su amigo “El Coronel” (Walter Brennan), tras un anuncio del periódico The New Bulletin en el que se ofrece trabajo a los sin empleo de la ciudad, en un casting encubierto para sacar adelante una mentira. Se trata de la farsa que la ambiciosa y creativa redactora Ann Mitchell (Barbara Stanwyck) ha creado para salvar su puesto de trabajo tras la compra del periódico por un magnate: la carta de un inexistente e inventado John Doe, que desesperado, ha decidido suicidarse en Nochebuena tirándose desde lo alto del Ayuntamiento para protestar por la incivilización del mundo y por la pérdida de valores. Cooper supera la prueba, se convierte en Juan Nadie, y agasajado e instruido para cumplir su papel de mártir del sistema, en manos del poder de la prensa que busca tiradas millonarias, acaba por creerse su propia mentira y formar parte del circo del mundo.

Esta es la historia que el siempre bienintencionado Frank Capra rodó en 1941 con no pocos contratiempos y algunas malas pasadas en el montaje, y que ensombrecida por el resto de su magnífica carrera como cineasta, ha ido adquiriendo valor a lo largo de los años, conforme la sociedad de masas iba tomando forma y se cumplían una por una las tesis que el estadounidense planteó en la película: la confluencia del poder político y el poder mediático, la conciencia colectiva y borreguil ante los antihéroes ensalzados a golpe de serial informativo, la dependencia de los mercados y la inexistente convivencia social. Así es como toma cuerpo el mensaje del gurú en el que se convierte John Doe, aprendiendo de los discursos que para él escribe la periodista, comprobando por sí mismo las carencias de la sociedad individualizada, y tratando de pasar por encima, sin éxito, de la utilización malsana que al final querrán hacer de su figura de impostor, una vez convertido en ángel caído, linchado, impotente.
Analogías cristianas aparte, o incluso con ellas encima, la historia de este Juan Nadie se pone al servicio de una película más compleja de lo que aparentemente representa, tanto por su guion y la forma en que se transforman algunos personajes conforme comprenden la magnitud del fenómeno social, como por una realización bastante poco habitual en la carrera de Capra, que decidió rodar sin complejos y pocos medios dos escenas cumbres de la Historia del cine, donde además Cooper demostró su talento escalonado: el primer discurso ante la radio, en el que el protagonista poco a poco va cambiando su tono conforme comprende el mensaje del mismo; y la escena de multitudes de la convención bajo la lluvia, agónica, triste y desalentadora para un héroe por accidente, un líder impostado, un don nadie que quiere cambiar el mundo cuando el mundo ya ha decidido no creerle porque ahora así lo dicen los periódicos.

Y además, brillando sobre el magnetismo del señor Cooper, la película nos pone en la balanza los personajes polarizados por un lado, como el ambicioso y caricaturesco magnate D. B. Norton (Edward Arnold), y a los primeros anti-sistema, idealistas y cínicos, como el estupendo personaje de “El Coronel”, la conciencia de Juan Nadie, una joya de la película solo por su visionario y lúcido discurso sobre “los idiotas” del mundo: los propietarios de una cuenta corriente que creen ser libres cuando están en manos de “ellos”, de “los otros”, de los “sin nombre”. Escuchar estas palabras siete décadas después resulta extrañamente perturbador e inquietante por su indiscutible actualidad.Quienes le admiramos, ya lo sabemos. El utópico Capra supo como nadie martirizar a sus héroes y hacerles ver la cara oculta y agria de la vida, pero nunca se atrevió a cerrar ni una sola de sus historias con algo que se pareciera al pesimismo, y mucho menos en Navidad. Ni Clark Gable en Sucedió una noche, ni James Stewart en ¡Qué bello es vivir!, y ni siquiera Cary Grant en la disparatada Arsénico por compasión, tuvieron que tragar con un mundo que no fuera al final esperanzador. Aunque la esperanza sea tan falsa como la carta enviada al periódico. Por eso hasta el final, por mucho que nos imaginemos al protagonista lanzándose al vacío, hay algo en la nieve, en las luces navideñas, en el ambiente, en ese universo de bondad rescatada de la nada, que nos deja unidos a un mini-grupo de creyentes en el discurso de la gente del pueblo contra la política: el pequeño y superviviente Club de John Doe.

La puesta en escena de Juan Nadie, su primer discurso, cuando empieza a creerse la mentira:

 

 

LAS SANGUIJUELAS DEL CAPITAL

A Frank Capra o se le adora o se le disfruta con cierta condescendencia, ya que nadie en su sano juicio discute la capacidad del director para hacer películas inolvidables, de aquellas que te acompañan a lo largo de tu vida. Los suyos son, en su mayoría, filmes cuidados, llenos de emoción, grandes interpretaciones y, sobre todo, buenos propósitos. Su ‘enigmática’ fe en la bondad del ser humano (siempre a punto para el obligado final feliz) le permitió crear alocadas y fantásticas obras maestras (Vive como quieras ¡Qué bello es vivir!), pero dar un traspié en el caso de Juan Nadie. En ella se puso espléndido y abusó del tono doctrinal.

La historia retrata un capítulo imaginario de la Gran Depresión. Una periodista, Ann Mitchell (Barbara Stanwyck), se inventa, para mantener su puesto de trabajo, una carta al director firmada por un tipo como cualquier otro, un tal Juan Nadie. Una víctima más de la crisis al que convertirá en la voz de los desheredados y le servirá de plataforma para denunciar las taras de una sociedad y de un sistema económico deshumanizado. Nadie despide su misiva afirmando que se suicidará en Nochebuena. Ante el inesperado y enorme impacto que tiene en la opinión pública la carta al director, la periodista y su editor se verán obligados a ponerle rostro a su autor, al hombre común, encontrando a su protagonista perfecto en la imagen de un vagabundo, un jugador de béisbol venido a menos, John Willoughby (Gary Cooper).
El planteamiento de la película tiene gancho, pero su desarrollo es hoja caduca. Es difícil mantener una trama con ciertas pretensiones de enredo, si no se crea para ella situaciones con más garra dramática, cómica e incluso romántica. La magia reside únicamente en las agudas ironías del parlamento de “El Coronel”, el amigo vagabundo del protagonista, sobre quien descansa prácticamente todo el interés de la película. Es inevitable que muchos espectadores se sientan identificados con este personaje y tengan la tentación de quedarse sólo con su copla, sus cálidos y humanos golpes de cinismo (memorables, sus manadas de sanguijuelas). Sobre todo, cuando han de ser sufridos espectadores de secuencias que pecan de un ‘buenismo’ descontrolado que parece de origen marciano. Ahí tenemos como ejemplo la larga secuencia en la que el protagonista conoce a los miembros de uno de tantos de aquellos clubs Juan Nadie, que se constituyen a lo largo y ancho de la geografía norteamericana. Unas sectas inquietantes, compuestas de tipos aferrados al pensamiento único, que desean refundar la sociedad basándose en unos principios éticos, un tanto difusos, pero eso sí, cargados de buenas intenciones.
La moraleja, peaje obligado en los finales de Capra es, en este caso, de una ingenuidad que desarma. Por eso, preferimos quedarnos con la lectura malintencionada que, de la misma, puede extraer un espectador impaciente. El sátiro rico / empresario / capitalista y sus secuaces cuentan con el patrimonio de la maldad y, en cambio, el ciudadano de a pie, no tiene más que buen fondo. El origen de cualquier conflicto con el prójimo apenas tiene importancia, será un simple malentendido entre vecinos dirimido en un patio de porteras. Y aquí paz y después gloria.

Capra solía decir: “No hay reglas en la cinematografía, sólo pecados. Y el pecado capital es el aburrimiento”. Y aunque Juan Nadie no es una condena al fuego eterno, sí supone una película más que, aunque nos cueste decirlo, pasa de largo en nuestra memoria.

Finalizamos el año con el magnífico discurso de “El Coronel”. ¿Cuántos idiotas hay en el mundo?:

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5 comentarios

  1. La verdad es que está genial rescatar esta película en Navidad, que es de las grandes olvidadas de Capra. Su mensaje hoy está vigente. Estupendo analisis.

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  2. Gracias por el comentario, porque precisamente esa era nuestra intención. De vez en cuando hay que ir a por las olvidadas, aunque haya dos puntos de vista sobre ella. Un saludo!

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  3. Soy una cinéfila sin remedio, y me he gustado mucho vuestro blog, pues tiene todo tipo de contenido, tanto cine actual como clásico, dan ganas de leer todos los posts. Os he dejado mi voto :-).Juan Nadie me gustó mucho cuando la vi de adolescente, pero la revisé hace un par de años y la verdad que ha envejecido bastante mal, la tenía algo idealizada.Participo en la categoría "Personal" de 20 minutos con "Mi Matrix Particular".Feliz Año Nuevo, un saludo:

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  4. Hola, en cuanto a las películas de Frank Capra no habría que olvidar "Sucedió una Noche" en el que Clark Gable y Claudette Colbert están sensacionales.Un saludo y muchas gracias por vuestro blog porque se aprende mucho de cine.

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  5. Trinity, muchas gracias. Eso nos anima a seguir. En breve visitaremos tu Matrix.Mariano, igualmente. "Sucedió una noche" está nombrada en este post, como fabulosa película que es. Se te nota el buen gusto.Un saludo a ambos.

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