Visionado: ‘La conspiración’, de Robert Redford. ‘La justicia en el patíbulo’

tres estrellas


Hay algo en la vitalidad y el compromiso de muchas películas, en las que ha participado Robert Redford, que engancha emocionalmente. En un momento de su vida en el que muchos caerían en la tentación del pensamiento cínico y el desencanto, él sigue manteniendo la mirada crítica y asombrada ante ciertos dilemas morales que plantea la política, el universo de la ‘cosa pública’. Ello le da un plus de sinceridad e intensidad a las producciones en las que se ve envuelto. Fue el artífice de Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula); con su impulso y entusiasmo luchó por sacar adelante una gran película que destapaba la corrupción y los abusos de poder; en Brubaker (Stuart Rosenberg), protagonizó una cinta carcelaria que ponía patas arriba los vicios del ‘Sistema’ y en Leones por Corderos (Redford), decidió, de manera valiente, aunque un tanto fallida, airear las vergüenzas de la política exterior americana y de su cómplice, cierta prensa complaciente con el poder.En La conspiración, Redford se acerca al asesinato de Abraham Lincoln, pero para contarnos una fascinante historia que, curiosamente, siempre se quedó en la trastienda del caso, ante el impacto del magnicidio. Narra el juicio a una mujer, Mary Surratt (Robin Wright), dueña de una pensión en la que los acusados de la muerte del presidente se reunían para gestar el crimen. Surrat también es la madre del único conspirador que ha logrado huir. Un ex combatiente de la Unión, Frederick Aiken (James McAvoy), ejercerá como abogado de la acusada en una causa que parece perdida, teniendo en cuenta la sed de venganza de los dirigentes políticos del momento y de la opinión pública. Redford nos cuenta el dilema moral que se plantea el joven abogado quien, como buena parte de sus coetáneos, rechaza, en un principio y de manera abierta, a unos acusados responsables de hacer tambalear los cimientos de una nación. Un país que acaba de nacer y de sacudirse el horror de la guerra pero que, con las heridas todavía abiertas y paradójicamente, acaba poniendo en entredicho los ideales de justicia y unidad por los que se luchó en el campo de batalla.La Conspiración cuenta con un guión cuya principal virtud es la narración clásica de unos acontecimientos que se organizan en torno al juicio de Surrat, en buena parte de su metraje. A pesar de la carga dramática que conlleva la historia de esta mujer, valiente, digna y refugiada del ‘consuelo divino’, tampoco hay demasiadas concesiones al sentimentalismo fácil y ello le da verosimilitud a la historia, aunque en algunas secuencias echemos de menos cierto empujoncito de emoción. Eso sí, la película se permite ciertos guiños poéticos que se nos graban en la retina, ciertos detalles que le dotan de humanidad al relato contenido. Nos acordamos, especialmente, de los rayos de sol que, en diversos momentos de la película, deslumbran y desconciertan a Mary Surrat, acostumbrada a la oscuridad de la celda…

Como ya pudimos comprobar desde su primera película como realizador, en Gente Corriente, Redford es buen director de actores. Sabe sacar lo mejor de los intérpretes más sobresalientes (MacAvoy, Wilkinson, Evan Rachel Wood, Huston), pero en especial, hace un gran trabajo con la actuación de aquellos cuyas carreras han sido un tanto irregulares, como es el caso de Kevin Kline y de Robin Wright. Por cierto, nos alegramos de que la gran pantalla recupere a una actriz que no se deja ver mucho y que ha ganado con los años una conmovedora sutileza interpretativa.

Sólo pondremos un pero. Nos hubiera gustado desconocer ciertos objetivos que se planteó el cineasta antes del rodaje. Redford cuenta que su intención fue adoptar un punto de vista completamente neutral ante el dilema que plantea la película. Así, pretendía también huir de cualquier comparación con los crímenes de Guantánamo y ciertas decisiones adoptadas tras los atentados del 11 de Septiembre. En el intento, no tuvo mucha fortuna. Acompañamos en todo momento al protagonista; razonamos y nos peleamos con la propia conciencia, del mismo modo que lo hace el joven abogado. Por lo tanto, era inevitable que nos viéramos abocados a empatizar con el viaje mental del héroe. En ese sentido, Redford no puede evitar poner de relieve sus ideales liberales, se ve incapaz de traicionar a su álter ego, el viejo Woodward.

A continuación, os dejamos con uno de los momentos más intensos de la película.

No quisiéramos cerrar este visionado sin que disfrutárais del tráiler del filme, en versión original, para que os hagáis una idea de las fantásticas interpretaciones de sus actores principales.
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