‘La vida secreta de las palabras’, de Isabel Coixet. ‘Dolor contra dolor’ vs ‘Poca vida más allá de las palabras’

DOLOR CONTRA DOLOR

Nuestra particular Isabel Coixet se puso el drama por montera con esta tragedia multiplicada por dos, o por mil, según se mire. Obsesionada con las consecuencias que se producen por aquello que decimos, que no decimos o que decimos mal, casi diez años después de revisar la tristeza sentimental de dos solitarios amargados y distraídos del mundo feliz en Cosas que nunca te dije, la cineasta catalana apostó por volver a pringarse de nuevo las manos de dolor pero elevándolo a la enfermedad, a la agonía, al trauma, a lo imposible y vergonzoso que resulta sobrevivir a ciertas experiencias. Ya había jugueteado con la cuenta atrás hacia el abismo en Mi vida sin mí, y viendo el estupendo resultado que una morena Sarah Polley le dio en su despedida del mundo, apostó por reencarnarla en una rubia introspectiva, casi autista y esquiva protagonista en La vida secreta de las palabras, bajo la mano adinerada de la productora El Deseo de Pedro Almodóvar.

Así surge la historia de la enfermera Hanna (ya destacamos en su momento la coincidencia de que se llame igual que la enfermera que encarnó Juliette Binoche en El paciente inglés), con problemas de sordera y de sociabilidad, a la que le gusta que “la dejen en paz”, habitante de un apartamento donde solo existe lo imprescindible para un autosecuestro, y a la que obligan a coger vacaciones forzadas en la fábrica donde trabaja. Por esas cosas de la vida, acaba acudiendo a una plataforma petrolífera donde ha habido un accidente, para auxiliar a un herido, Josef (grandioso Tim Robbins), encamado, lleno de quemaduras y temporalmente ciego, con sus propios fantasmas en forma de muerte y adulterio. En un juego de diálogos, primero de sombras, luego de luces, con algo de humor, con mucho de tensiones, con tristeza a flor de piel, ambos personajes, cuya química hierve nada más ponerse los dos en contacto, inician un descenso hacia el dolor, pausado, casi agónico, que desemboca en una de las expiaciones más desgarradoras y románticas del cine español.
Mientras, Hanna, la única mujer de la planta, vaga por la plataforma, sin actividad como consecuencia del accidente, y establece contacto mínimo, casi huidizo pero buscado, con un oceanógrafo contador de las olas que rompen contra la plataforma (imprescindible homenaje a Rompiendo las olas, de Lars Von Trier, de cuya fuente bebe Coixet), con un cocinero rumboso (un Javier Cámara filo-gastronómico) y con una oca que campa a sus anchas por el gris húmedo de los fotogramas. Bajo este contexto, casi inamovible durante la mayor parte del metraje, la cineasta construye la coraza de hormigón de su heroína, plagando sus conversaciones con los demás, pero especialmente con su enfermo, de un misterio, de un suspense tenso. Porque sabemos que algo esconde, que algo le pasó, que algo la tiene casi fuera de este mundo, matando el tiempo antes de que el tiempo la mate a ella. No está quemada, ni ciega, ni inmóvil, como su paciente, pero tiene heridas tan profundas que ya nos duelen antes de conocerlas. Ahí están en un trinomio perfecto la maestría de Coixet, la magistral interpretación de Polley, y la mirada ciega y atónita de Robbins cuando conoce la verdad.

Es lo que pasa cuando el cine que quiere ser romántico y hablarnos del amor, se viste de trauma. Lo vemos por ahí, nos duele sin que lo sepamos, lo sentimos entre el piano intimista del Hope There´s Someone de Anthony and the Johnsons y la melodía marítima del All the World is Green de Tom Waits. Pero hasta que no nos estalla en las narices a través del monólogo de Hanna mientras lava las quemaduras de su paciente, y en lo que insinúa el personaje de una breve Julie Christie, no acertamos a conocer que ella gana en dolor, en lucha, en vida sin vida, y probablemente en amor, y que es a ella a quien hay que rescatar y curar. No sabemos si pasará, cuando él consiga ver, recuperarse, despedirse de su pasado (cameo casi invisible de Leonor Watling) y “aprenda a nadar”.

La cinta se hizo con los Premios Goya más importantes del año 2005 (Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Original) y puso la etiqueta definitiva al “Universo Coixet” metiéndose en el bolsillo incluso a los detractores del sentimentalismo intimista y plañidero del que acusaban a la catalana en alguna de sus películas anteriores. Desde luego, para nosotros es su mejor película hasta la fecha. A lo mejor porque arriesgó más que en ninguna y porque simplificó el guion dejando que los gestos complementaran esa vida secreta de la que habla su título. Tras una fallida pero resultona Elegy, tras explorar sonidos de Tokyo y tras entrevistarse con el juez Baltasar Garzón, seguimos esperando que Coixet nos trace algún día un nuevo drama de consecuencias tan tímidamente azules y esperanzadoras como éste.

Van a continuación once minutos de monólogo, en inglés subtitulado, de la enfermera Hanna contando su historia. Avisamos, es SPOILER, para los que no la hayáis visto.

 

 

POCA VIDA MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS

Empecemos con algo obvio: tener una buena historia entre manos no siempre es garantía de que se puede llegar a realizar una gran película. Un guion complaciente y una estética demasiado evidente pueden dar al traste con todo el invento, el ingenio y el esfuerzo derrochados. Este es el pecado que comete La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet, una cineasta que deslumbró en producciones previas, con guiones mimados hasta el último detalle (Cosas que nunca te dije), y que logró extraer una valiente lección vital de las andanzas de una joven madre que iba perdiendo de una manera bella, calmada y liberadora su lugar en el mundo (Mi vida sin mí). Fue un soplo de aire fresco ante la tragedia, tan original y potente, que la cineasta debió sentirse obligada a repetir su fórmula mágica: un tono agridulce que sabía a sincero.
Pero en esta ocasión, la verdad, la virtud no la supo encontrar en el término medio sino que la enmascaró en un relato repleto de pequeños gestos, de acontecimientos cotidianos y de relaciones entre seres humanos muy cool que, aunque cautivan al principio, pronto dejan de interesarnos. Es como si toda la película fuera una larga espera anterior a un momento en el que, por fin, sucede algo. Un instante cumbre que nos saca del amodorramiento opiáceo producido por las bellas estampas que se nos han ido sirviendo en una bandeja sonora espectacular, aderezadas con un sentido del humor que queda en entredicho y un sentimiento de bondad universal gratuito, que recorre el ánimo de todos los personajes.

El interés del filme se apoya demasiado en los fantásticos relatos del accidentado Josef (Tim Robbins) y sobre las espaldas de ese momento de revelación final donde la protagonista, Hanna (Sarah Polley), ‘recupera el habla’ para narrar su tragedia. Una secuencia, por lo demás, de impresionante belleza ya que asistimos al encuentro de dos seres humanos que se reconocen en el dolor e intentan liberarse del sufrimiento mutuo cicatrizando los demonios del pasado. Esta secuencia y la explicación en off de Inge (Julie Christie), al final del metraje, son los únicos instantes de emoción auténtica que puede esperar el resignado espectador.

Alrededor de sendos clímax, nos encontramos con algo tan pueril como el hecho de que todos los personajes (pertenecientes a aquella raza tan especial, la de aquellos que “sólo quieren que les dejen en paz”) sean individuos desencantados, dolientes y desterrados en el último rincón del mundo, una plataforma petrolífera perdida en el Mar del Norte.

También resulta un tanto irritante que, a excepción de Josef (un oasis de locuacidad e imaginación en medio del desierto), todo el mundo parezca hablar en un idioma para privilegiados, enigmático, que siempre parece querer decir mucho, mucho más que lo simplemente expresado, pero que poco misterio puede encerrar si tenemos en cuenta el mero bosquejo que se nos presenta de sus retratos humanos. Ahí está el ‘capitán’ de la plataforma petrolífera, un tipo que se “marea en tierra firme” (la poesía forzada en una conversación casual) o el operario gay, que explica, ante el retrato de su familia, que los hijos son lo primero, momentos después de asistir a su romance con un colega del mismo sexo. Como si en un gesto de corrección política descubriéramos, por primera vez, la bisexualidad en los seres humanos, tengan o no la soledad como coartada. En fin, pocas veces gentes sencillas, han pecado en una película de un esnobismo tan ilustrado. En la película multipremiada de Coixet, más allá de las palabras, sin duda hay secretos, pero pocos minutos de auténtica vida.

Es prácticamente el final, en castellano. El esperado final. Es otro SPOILER, volvemos a avisar.

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2 comentarios

  1. Pues fíjate tú que, casualidades de la vida, la primera y única vez que vi esta película fue hace un par de semanas. Me gustó. Atiendo últimamente al uso de la moralidad para crear afectos (ya sabía yo que leer a Steve Pinker tendría consecuencias), y no dejo de preguntarme cómo sería diferente la película si Joseph tuviera esas quemaduras por un accidente, y no por haber arriesgado su vida por salvar la de un suicida. Ya advierto de antemano que no tengo la respuesta. ¿Pasaría a ser un pringao que intenta huir del dolor, físico y emocional, agarrándose a la primera que se cruza por su camino? ¿Qué tal nos parecería el gesto de irse hasta Dinamarca a averiguar dónde vive Hanna? ¿No tiene eso un cierto tufillo de acosador? ¿Hasta qué punto el acto heroico de un hombre le da el derecho, ante el espectador, de convertirse en el príncipe azul de una bella durmiente con acento balcánico?

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  2. Siempre resulta un poco indecoroso imaginarse una película de otra manera, un "podría haber sido". Está claro que la Coixet busca una intencionalidad de confrontar el dolor contra el dolor, hacer un dramón, y de ahí las dos versiones: porque no siempre el cine nos da lo que le pedimos. Un saludo, Raúl.

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