‘La Dama de Shanghai’, de Orson Welles. ‘El genio y su delirio visual’ vs ‘Hacer el idiota por alguien’

EL GENIO Y SU DELIRIO VISUAL
“En un mundo espléndido y culpable”, La Dama de Shanghai apareció como por casualidad. Orson Welles, endeudado hasta las cejas por culpa de una producción teatral con la que pretendía volver a triunfar en Broadway, echó mano del mandamás de la Columbia, Harry Cohn, y de la primera novela comercial, If I die before I wake (Sherwood King), que se cruzó en su camino, para reflotar su maltrecha economía. La película que proponía el cineasta contaba la historia de un marinero, Michael O’Hara (Orson Welles), que es contratado por un prestigioso abogado, Arthur Bannister (Everett Sloane), marido de una bella y enigmática mujer, Elsa (Rita Hayworth) para trabajar como contramaestre en un yate de lujo que va a realizar un crucero de placer. En el mismo, O’Hara conocerá al inquietante socio de Bannister, George Grisby (Glenn Anders) y las oscuras intrigas de sus patronos.
En La Dama de Shanghai, no existe una dimensión real donde se suceden los acontecimientos, no hay cordura en la ficción de Welles porque embriaga la pesadilla. Los personajes deambulan en escenas con una tensa atmósfera claustrofóbica, respirando un aire de extrañamiento que pesa como una losa sobre las sensaciones que tenemos y nos conducen hacia el desenlace fatal. Y es así porque Welles orquesta una puesta en escena donde todos los personajes resultan sospechosos desde el principio. Los artífices de la intriga parecen estar en todas partes, observando, conspirando, da la sensación de que todos conocen lo que ha de suceder. En Chinatown, no hay habitante que no esté al tanto de cada uno de los pasos del protagonista cuando huye hasta que se ve cercado en un parque de atracciones donde la fantasía infantil se deja embaucar por la estética del expresionismo alemán y el surrealismo daliniano.

El lenguaje barroco de Welles es de una belleza y de una riqueza insuperables. Abundan los claroscuros, los escenarios complejos de filmar (el acuario) y los grandes angulares que desencajan los rostros para producirnos desasosiego. También los personajes que comparten plano fijo cuando dialogan sin comunicarse y sin mirarse, con la vista fija en un horizonte sin límites o en la frontera que marca un forzado picado.

La galería de personajes que nos brinda la película es otro de sus logros. Para sí mismo, Welles creó una estupenda rareza, Michael O’Hara, un cínico con una torpeza y una candidez antológicas que tiene la virtud de que nunca deja de ser creíble. Al mismo tiempo que emerge, donde menos te lo esperas, y de primeros planos sudorosos el inquietante Grisby con sus preguntas capciosas, inculpatorias, incitando al crimen con el ansia de un exhibicionista a la puerta de un colegio. El cineasta fue capaz también de lograr la interpretación más fascinante, torturada y mitológica de Rita Hayworth. Aunque le pese a la mismísima Gilda, envuelta en su sueño de satén negro. Las malas lenguas quisieron ver en el retrato envilecido de Elsa Bannister y en su castigo final el ajuste de cuentas de un marido fracasado. Pudo ser cierto o no; el caso es que Hayworth intentaba por aquel entonces darle una segunda oportunidad a su matrimonio con Welles, pero ante todo, abandonarse a los caprichos de un artista en quien creía ciegamente. Se dejó arrancar su emblemática cabellera pelirroja y estudió minuciosamente cada uno de los gestos, cada uno de los matices de su papel. Nunca estuvo más guapa que en La Dama de Shanghai y nunca volvió a ofrecer una interpretación como aquella, de malvada, bella y trágica.

Hay varias secuencias que son compendio de la maestría de Welles, un perfecto resumen del arte que era capaz de desplegar como guionista y como visionario de un lenguaje cinematográfico que, en su imaginación, siempre estaba dispuesto a reinventarse. Una de ellas es la noche de borrachera en Acapulco, la velada en la que el aquelarre de almas malditas formado por Grisby, Arthur y Elsa Bannister, “toman copas y se destrozan mutuamente”. Sólo unas pinceladas de diálogo que sugiere muchas cosas (las peripecias de Elsa para casarse con Bannister, las crónicas de los rencores de Arthur, todo lo que “sabe” Grisby sobre el pasado del prestigioso abogado…), bastan para comprender el veneno que recorre las relaciones entre los tres personajes. Los diálogos son ágiles y letales, como un cruce de disparos.
Las restantes, se enmarcan en el parque de atracciones abandonado donde la fatalidad se multiplica hasta el infinito por obra y gracia de un truco de magia que se saca el ilusionista Welles de la chistera de su imaginación: la sala de los espejos. En estas insuperables secuencias, la orgía de imágenes imposibles llega al éxtasis: primeros planos del rostro suplicante de Elsa compartiendo pantalla con su marido que, por partida triple, se arrastra con su bastón renqueante o los tres planos medios de Bannister envolviendo la hierática estampa de su mujer que apunta con una pistola. Una locura visual que sólo se detiene con disparos que fracturan las imágenes y nos llevan al final de la función. Los malvados encuentran su perdición y el antihéroe se aleja para “vivir tanto que tal vez llegue a olvidarse de ella”, Elsa o Rita, la única mujer que quizás le dejó alguna huella.
Y aquí va su delirante final. SPOILER, claro. Es que si no la habéis visto, ni vosotros tenéis perdón, ni nosotros la culpa.

HACER EL IDIOTA POR ALGUIEN

Orson Welles siempre tuvo en su egocentrismo parte de su genio profesional y parte de su traba para ser comprendido. Porque contaba historias donde todos sus superpoderes no podían pasar desapercibidos y en vez de dejar que los viéramos poco a poco y que nos tomaran por sorpresa como en Ciudadano Kane o Sed de mal, en el caso de La Dama de Shanghai quiso atiborrarse de egolatría y le salió un cuadro negro de frialdades, un desfile de carnaval de incoherencias y mensajes enrevesados y tan inconexos e irreales como suponemos que algunas veces él veía el mundo, muy desde arriba o muy desde abajo, que tampoco estamos muy seguros de su absentismo vital.

Por aquí entendemos perfectamente por qué esta película no tuvo el éxito esperado tras su estreno en 1947. Ese Michael O´Hara (inmutable Orson Welles), como un indolente “irlandés negro”, un serio y frío “caballero errante”, al que le falla el detector de lagartas, cayendo en la trampa más vieja del mundo tras su enamoramiento fatal de Elsa-Rosalyn Bannister (bellísima y rubia Rita Hayworth) podría haber sido todo un héroe del noir si no se hubiera empeñado en enfriar la cinta conforme avanza cada secuencia. O incluso desde el principio, con ese diálogo a pie de carruaje entre los dos protagonistas que pasa de la cursilada a la tensión incomprensible en menos de un minuto. Hasta el punto de que comienzan hablando como personas normales y terminan casi retándose a ver quién tiene la mejor parte del guion. Gana Welles, claro: es indudablemente su película más ególatra, donde aparece más galán, más víctima, más protagonista, más chulo, aunque termine siendo una simple marioneta.

Es en torno a la trama de esta pareja donde La Dama de Shanghai nos deja fríos. No vemos el enamoramiento de los dos por ningún lado, si acaso un poco más en ella con esas miradas que le suelta en bellísimos planos sobre las rocas, en una tumbona, sobre el yate cantándole casi al oído. Pero el irlandés, más que enamorado parece enfadadísimo todo el rato con ella, con bofetadas que no vienen a cuento (a la Hayworth debía no dolerle ya la que recibió de Glenn Ford un año antes en Gilda), preguntas que nunca se responden, bailes de dolor que no nos llegan, y travesías riberianas de “ahora me voy”, “ahora me quedo”, sin que entendamos muy bien su ritmo de ruleta rusa. Un “ni contigo ni sin ti” fuera de onda dramática. De hecho, preferimos olvidarnos de estos dos personajes y centrarnos en la intriga del cruce de asesinatos en tela de araña que el protagonista contempla bajo la mano que mece la cuna del lisiado marido de ella, Arthur Bannister (genial Everett Sloane), aunque comencemos a respirar mejor una vez desaparecido el personaje de George Grisby (Glen Anders) solo para que Welles deje de mostrarnos sus agobiantes primeros planos sudorosos y desquiciantes.

Son de agradecer, desde luego, los constantes cambios de escenario que se suceden en la película, desde Nueva York, pasando por Acapulco, hasta la maravillosa San Francisco, y en esto Welles no cejó en su empeño de sacar adelante una película muy costosa que no podía permitirse. Lo agradecemos pero nos tememos que ni de lejos fue su mejor película, ni desde luego su mejor papel, eclipsado a lo loco por un conjunto de idas y venidas del guion que desembocan en algo mucho más complejo pero menos mágico que el estupor que supone el indescifrable final con el que Raymond Chandler y William Faulkner regaron El sueño eterno, de Howard Hawks.

Al final, puede que todo tenga una explicación, o al menos una parte. Si conocemos un poco el trasfondo de esta película, sabremos que el matrimonio Welles-Hayworth estaba por entonces en su canto del cisne, y esa situación insostenible traspasó los límites de la película. Quizás primero el cineasta quiso verla como la veía al principio de su tormentosa relación en la vida real: humana, bella, inalcanzable, vulnerable. Y después vengarse de su desamor, de su separación inminente, llevándola en la película a la Casa de los Locos de un parque de atracciones vacío, y mostrarla, tras la magnífica secuencia de los espejos, deformada, fea, agonizante, muerta de miedo. Familiarizado con la locura, con las miserias humanas, su relación con Hayworth pudo haber contaminado su genio e incluso pudo ser consciente de ello todo el rato que estuvo tras las cámaras, cuando O´Hara, el personaje, inmutable y ególatra, como en casi toda la película, afirma: “Todo el mundo hace el idiota por alguien”. Diagnóstico de su película y de su fallido matrimonio.

Os volvemos a dejar, como en casi todos los clásicos, con el montaje dedicado a esta película que realizaron los compañeros del blog del canal TCM 50 películas que deberías ver antes de morir:
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5 comentarios

  1. Qué rica estaba Rita Hayworth, pardiez

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  2. Genial e irrefutable apreciación, Raúl, como siempre. Un saludo!

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  3. Me encanta cuando analizáis los clásicos, sobre todo porque también estoy de acuerdo con algunas cosas, solo algunas, de la segunda versión… Pero es una obra maestra, eso es indiscutible,eh?

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  4. En realidad todo es discutible. Pero desde luego es una película emblemática. Un saludo!

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  5. Reto a alguien a que diga en que película no sale bella Rita Hayworth…jajaja

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