‘Todos los hombres del presidente’, de Alan J. Pakula. ‘Dos hombres y una verdad’ vs ‘Sobrevivir al periodismo’

DOS HOMBRES Y UNA VERDADEsta vez le tocó a Robert Redford dejar de ser perseguido como Sundance Kid y convertirse en Bob Woodward, periodista cazador de la verdad, y cambiar a Paul Newman por su compañero del Washington Post, Carl Bernstein (Dustin Hoffman). Pero también tenía un destino esperándole, una llamada hecha a tiempo, unos oídos abiertos de par de par y un afán periodístico por escalar en un iceberg adusto y resbaladizo, que hicieron el resto: destapar uno de los mayores escándalos políticos del siglo XX, el caso “Watergate” que culminaría en 1972 con la dimisión del presidente de Estados Unidos Richard Nixon. La película fue rodada tan solo cuatro años después de los hechos y se ha convertido en toda una bandera a favor de la libertad de la expresión, del derecho a la información, del periodismo riguroso, un símbolo nada desfasado si retro-miramos las investigaciones a golpe de teletipo que destapaban mentiras a través de máquinas de escribir en la era pre-Wikileaks.

El rey del thriller político, Alan J. Pakula, ayudado por el sobrio guion que el oscarizado William Goldman adaptó del libro que los dos periodistas escribieron sobre los hechos, hizo historia con esta película narrada sin apenas concesiones a la interpretación y al análisis, redactada como un perfecto reportaje de escuela de periodismo, rápido, con solo lo esencial, salvo por el titular, que en contra de los patrones periodísticos, lo descubrimos al final. Todos los personajes, principales y secundarios, se mueven y hablan para el núcleo argumental de la película. Sin despistes, sin vida personal, ni apenas dolores de cabeza, ni gestos despistantes. Parece que J. Pakula (no sabemos si lo hizo) decidió pasar una semanita en una redacción parecida a la del Washington Post a contemplar la deshumanización de las grandes oficinas que ya exploró Billy Wilder en El apartamento. De ahí su textura brillantemente fría e inquietante, y de ahí la relación de Hoffman y Redford: distante, pero honesta.
Y el hecho de que la historia ya fuera conocida por entonces, le da aún más mérito a este soberbio catálogo de cine austero. De ahí radica su perfecto corte de intriga y de thriller, de irnos dosificando la información para ver si somos capaces de seguir la cadencia, averiguaciones y acciones de los dos protagonistas en su buceo hasta las mismas entrañas de las tácticas de espionaje de los republicanos en el edificio del Comité Electoral Demócrata que daría nombre al caso. Para preguntarnos si nosotros también hubiéramos hecho esa llamada, si hubiéramos hecho esa visita o hubiéramos insistido lo suficiente. O hubiéramos confiando en quien teníamos que confiar, o nos habríamos quedado a medio camino entre la verdad y la mentira, que es lo peor que le puede pasar a un periodista. Lo que está claro es que el director estadounidense, un gran maestro de la intriga política, vertió muchos esfuerzos en este film y prueba de ello es que el montaje le obligara al final a relatar los acontecimientos ulteriores, como la dimisión de Richard Nixon, en forma de notas mecanografiadas tal que titulares periodísticos.
El cineasta lo tuvo todo a favor: dos actores encumbrados, carismáticos, entregados desde hacía años a papeles difíciles que consiguieron un tándem perfecto de compenetración. Y a ello se añadió un reparto de secundarios, hoy ya casi olvidado, que encabeza Jason Robards (que se llevó un merecidísimo Óscar) y Jack Warden. Todos enzarzados en una pelea por la delgada línea que separa el rigor de la manipulación, la mentira de la verdad, lo que es fiable de lo que no, cuando todo depende de una boca cerrada o de alguien que habla con blindaje legal, del secreto profesional, de la protección de las fuentes, de lo moral, de la deontología periodística. Y discurriendo por tales arenas movedizas nos damos cuenta de que nada es tan fácil cuando todo aparece cerrado y montado en la televisión, o ya maquetado en un periódico.
Lo más brillante es que por entonces el cineasta tuvo que jugar a los planos de sombras para dejarnos ver al artífice y oráculo que permitió que se abriera la caja de los truenos: el informante “Garganta Profunda”. En aquel año todavía no se sabía su identidad, ni Bernstein ni Woodward, por supuesto, lo habían desvelado en su libro. Y es curioso que incluso hoy que sabemos que la fuente anónima más famosa del mundo fue William Mark Felt, por entonces número dos del FBI y ya fallecido (aunque él mismo lo hizo público antes de su muerte), la película tampoco haya perdido su halo de maestría. Es lo que tiene esa gran pequeña parte del cine con compromiso político y periodístico de los 70, que se hizo heredera de otras grandes odas a la libertad de expresión como fueron Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), Juan Nadie (Frank Capra, 1941), o El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962) y que después, en una lista interminable, han querido desentrañar las trampas, contradicciones, laberintos y luchas del cuarto poder, como Grita Libertad (Richard Attenborough, 1987), La cortina de humo (Barry Levinson, 1997) Buenas noches, y buena suerte (George Glooney, 2005), Leones por corderos (Robert Redford, 2007), Veronica Guerin (Joel Schumacher, 2003), o El dilema (Michael Mann, 1999), entre decenas más. También tenemos que decir que pasar por esta apasionante temática sin visionar las siete temporadas de la serie El ala oeste de la Casa Blanca, es quedarse igual. Todos los hombres del presidente son en realidad dos hombres y una verdad, puesta la una frente a los otros dos, retándose, y ganando un derecho de nuevo cuño que esperamos sea cuidado hasta el fin de los tiempos: el derecho a conocer la verdad.El momento que empezaría a cambiar el rumbo de Estados Unidos. Un “Garganta Profunda” entre sombras, en plan duelo con Robert Redford.

 

 

SOBREVIVIR AL PERIODISMO

Todos los hombres del presidente es un extraordinario relato periodístico y una película técnicamente admirable, eso sí, no apta para todos los públicos. El filme narra la investigación que sobre el caso “Watergate” llevaron a cabo los periodistas del Washington Post, Bernstein y Woodward. Aquella fue una labor inmensa, concienzuda, desarrollada por dos muertos de ‘hambre de noticias’ que lograron la caída del presidente Nixon. El film es fascinante en su aséptica objetividad y efectivo en la “escalada de tensión” que logra a medida que las llamadas de teléfono, más o menos afortunadas, los portazos en las narices y las citas clandestinas, en garajes del extrarradio, se van sucediendo. Lo hacen in crescendo y alimentando una sensación de paranoia que pone sobre la pantalla algunos de los mejores momentos de la película.

Sin embargo, Alan J. Pakula, el realizador tras las cámaras, y el guionista de la misma, William Goldman, perdieron de vista algo básico: un buen guion tiene el don de simplificar y hacer legibles las tramas más complejas. Incluso los espectadores más entusiastas, aquellos que se sintieron realizados con la aparición de los vídeos domésticos (legendarios VHS), pues podían revisar una y otra vez sus títulos preferidos y las historias más enrevesadas, seguramente se sintieron completamente desamparados en algunos momentos de la película. Y es que sólo se puede disfrutar abiertamente de ella si se logra respirar por encima de la avalancha de nombres y datos, de las llamadas infructuosas y de las casualidades providenciales, sin sentir que a uno le falta inteligencia o le están tomando el pelo.

Cuando se estrenó la película, hubo quien pensó que hubiera sido interesante sacar a los protagonistas de la esfera de la investigación para conocer algo más sobre el tipo que vuelve, después del trabajo, a casa. Nosotros no creemos que haya que llegar tan lejos, nos parece acertado el enfoque de Pakula, encerrarlos en las cuatro paredes de la redacción y en los alrededores de las pesquisas. Sin embargo, es cierto que Bernstein y Woodward, ofrecen un perfil un tanto mortecino, como si estuvieran anquilosados en su rol profesional. No hubiera estado de más ofrecer alguna pincelada cinematográfica adicional, quizás un par de tomas reveladoras o un diálogo con el tono relajado de la conversación casual, pero que nos dieran alguna pista adicional (más allá de los pobres apuntes que tenemos) sobre su carácter, o sobre su vida personal o algo que nunca falla, sobre las debilidades de los héroes. No hubiera traicionado el espíritu objetivo y serio de la tradición periodística y hubiera regalado un plus de atención en el espectador abrumado ante tanta pista desaforada. Estamos ante un hecho crucial de la Historia de los Estados Unidos, de acuerdo, pero no era necesaria tanta solemnidad.

Por lo demás, la visión de un periodismo paradisíaco, idealizado, de otros tiempos y otros lares corre a cargo de los autores del libro en el que se basa la película, los propios Woodward y Bernstein. Es un relato de sus propias peripecias al frente de la investigación y lo cierto es que rezuma sinceridad, pues queda registrada la antología de torpezas y pasos en falso que dieron antes de destapar la caja de los truenos. Nos gusta especialmente ver cómo un Woodward, entrado en años y asalariado del mismísimo Washington Post, no tiene ni idea de lo que es una entradilla; o el momento en el que se le aparece la Santa Virgen, llamémosle “Garganta Profunda”, sin cuya aportación los periodistas hubieran seguido dando palos de ciego hasta que se hubieran quedado secos de titulares. Por no hablar de las casualidades providenciales que brindan esos personajes que acaban ‘cantando’ a pesar de la enorme presión que tienen sobre la nuca. Cuesta también creer que al segundo de a bordo del Gabinete del presidente se le fuera la cabeza y le soltara a un periodista que le pisa los talones la ‘ristra de exabruptos’ que terminará dando el golpe de gracia al propio Nixon. En fin, chapuzas completamente alejadas de toda ficción decente.

Mención aparte merece el compromiso que mantienen con sus personajes esos impresionantes actores que son Jason Robards, Robert Redford y Dustin Hoffman. Las interpretaciones son memorables. Aquí vemos a los tres en acción: un tema de primera página pasa a una página escondida. Y todo porque el pobre Redford no sabe de pesca.

Todos los hombres del presidente 1 por rafagades

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Una respuesta

  1. Me he acordado del magnifico post que hicísteis sobre la peli, con las dos críticas, al ver hoy esta noticia.Os la dejo por si os interesahttp://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/06/120614_eeuu_watergate_aniversario_mitos_wbm.shtml

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