Visionado. ‘Margin Call’, de J. C. Chandor. ‘Bisturí con poco pulso para los Amos del Universo’

tres estrellas


La crisis económica ha engendrado un buen puñado de películas interesantes, más o menos afortunadas. Nos quedaba la crónica dramatizada de las horas previas al estallido financiero y, en esas, apareció Margin Call, una película de factura correcta y con un reparto de lujo para cualquier director de casting. Nos cuenta la historia de un analista de riesgos, Eric Dale (Stanley Tucci), de una gran compañía de inversiones que descubre, poco antes de ser despedido, lo que todo el mundo sabía, pero nadie quería afrontar: al ‘sistema’ le había llegado su hora, el castillo de naipes financiero se venía abajo en cuestión de días. La empresa decide entonces deshacerse de miles de millones de dólares en activos tóxicos para irse de rositas antes de que les pille el desastre y antes de que nadie sospeche de su maniobra de trilero.
A priori, Margin Call ofrecía un buen puñado de alicientes. Aparte del brillante reparto, prometía satisfacer nuestra curiosidad a la hora de contemplar el relato del cataclismo, en su fatídica cuenta atrás. También tenía el morbo añadido que implicaba desnudar el alma de aquellos ‘amos del universo’, ejecutivos y gerifaltes de estas grandes compañías, con la endeble esperanza de intentar comprender cómo degeneró la situación hasta el punto de poner en riesgo de pobreza al mundo civilizado. En ese sentido, los que con estas perspectivas nos acercamos al cine, salimos con el rabo entre las piernas puesto que huye del simple relato maniqueísta, lo que es fantástico, pero para caer en la condescendencia, algo que defrauda. Por un lado, deja sobre la mesa una reflexión genérica acertada y a estas alturas, obvia: para llegar a la situación en la que nos encontramos quien más y quien menos se hizo con su parcela de culpa, todo el mundo quiso vivir por encima de sus posibilidades. Perfecto.
Sin embargo, durante la puesta en escena, Margin Call disecciona con bisturí un tanto complaciente el comportamiento de los personajes con mayor peso protagonista, da la sensación de que tan sólo los más grandes del escalafón son los culpables de las decisiones fatídicas y el resto, contaba con su coartada: su falta de previsión o negligencia. Pero es una torpeza profesional, no lo olvidemos, bendecida por una compleja red de intereses creados en la que todos tienen su rol. Es como si se pretendiera, con exceso de celo, que empatizáramos con unos tipos que, a fin de cuentas, tuvieron y siguen teniendo una enorme responsabilidad. Y podríamos aceptar la propuesta, pero el problema es que el relato de los dilemas morales que se plantea y en el que se pone especial acento, queda un tanto desvaído. Por mucho que la soledad de Kevin Spacey, representada por la enfermedad de su perro, sea una fantástica metáfora del precio a pagar cuando uno se la juega con el diablo.
Más allá de este apunte, se puede decir que Margin Call es una excelente ópera prima de J. C. Chandor a la que le falta nervio, cierta tensión. Hay algunas secuencias muy logradas como el fantástico arranque donde los ‘elegidos’ para permanecer en la empresa, en tiempos de recortes, observan a esa ‘extraña Santa Compaña’ que son sus colegas despedidos, una procesión de ‘seres inanimados’, en estado de shock y aferrados a las cajas en donde llevan sus trastos, que van camino de la perdición de su autoestima. Una imagen poderosa para inmortalizar el drama de nuestros tiempos. También hay rasgos sutiles de emoción hecha carne y hueso, más allá de los negocios, como la fantástica escena final. Aunque son más bien escasos, pues a esta película le falta peripecia y le sobran encuentros de oficina que aportan poco a la narración.
Las interpretaciones son extraordinarias, destacando las de Paul Bettany (Will Emerson); perfecto en su papel de cínico, temerario y mordaz superviviente en cualquier selva financiera o Kevin Spacey dando vida a Sam Rogers, el comercial de lujo que llegó tan alto que perdió la perspectiva del mundo real. También fantástico se deja ver Stanley Tucci, el trabajador concienzudo, aunque descartado (auténtico como la vida misma), la “voz de la conciencia” que se queda sin empleo. Cuenta además con una maravillosa fotografía, firmada por Frank G. DeMarco que capta, con admirable sentido de la belleza eléctrica, el insomnio del Manhattan nocturno y coloca en los interiores un telón de fondo de atmósfera azul, la tonalidad de las pantallas atestadas de gráficos y del frío acero junto al cristal.
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