Disección: ‘La ley del deseo’, de Pedro Almodóvar: ‘Aunque tú no me quieras’

AUNQUE TÚ NO ME QUIERAS

PANORÁMICA: 1987. Mientras expertos de la ONU alertaban de que sobre la Antártida existía un agujero en la capa de Ozono, el Gobierno español anunciaba una reconversión industrial que se cobraría miles de empleos. Además, sus Majestades, los Reyes comenzaron, con una primera piedra, la construcción de aquel escaparate patrio que se llamó Expo de Sevilla del 92. Con tintes más dramáticos, el 1987 fue también el año de sanguinarios atentados terroristas de ETA: el de Hipercor en Barcelona (21 muertos; 45 heridos) y el de la Casa Cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza (11 muertos; más de 80 heridos). En la esfera cinéfila, nace la Academia Cinematográfica Española y se celebra la primera edición de los Premios Goya. Más allá de nuestras fronteras, muere en prisión uno de los últimos símbolos de la cúpula nazi, Rudolf Hess, en extrañas circunstancias. Se dice que el servicio secreto británico bien pudo estar detrás del ajuste de cuentas. Y sin abandonar el género, Willy Brandt se vio obligado a dimitir como presidente de los socialistas alemanes por un aireado asunto de espionaje. A todo esto, U2 se subía a la azotea de una tienda de licores de Los Ángeles, con impulso beatlemaniaco, para dar a conocer Where the streets have no name.

EL MEOLLO: Espacio: Madrid. Tiempo: los 80. En medio de una “movida” cultural y castiza, un director teatral de nuevo cuño, Pablo (Eusebio Poncela), especialista en representaciones de enfermizas pasiones, conoce a un fan, Antonio (Antonio Banderas), obsesionado con su figura de hombre talentoso, promiscuo y de vida alborotada. La relación con él, con la que el famoso director inicia a tal pipiolo, aparentemente inocente, en la homosexualidad, comienza justo en el momento en que Pablo está intentando olvidar por vía epistolar al chico del que está realmente enamorado, Juan (Miguel Molina), que se ha marchado al cabo de Trafalgar por petición suya al no poder darle lo que necesita. Este triángulo de desengaños, de cartas inventadas, de obsesión naciente y asesina se convierte en cuadrado argumental gracias a Tina (Carmen Maura), la hermana transexual de Pablo, que también caerá en manos del enfermizo Antonio. Los hermanos mantienen una relación tensa, dependiente y llena de fantasmas encubiertos, desde que ella mudó de piel para poder mantener una relación con el hombre que amaba, el más insospechado, el más prohibido, y que regala una filosofía de vida digna de enmarcar, acaparando las mejores partes del guion. Bajo este cuadrilátero se configura esta magistral representación de subsuelo del amor, los que habitan aquellos que están dispuestos a darlo todo “aunque tú no me quieras”, de sus borrosos límites con la pura y simple pasión, del imperio del deseo sexual, de una nueva ley que Pedro Almodóvar vino a tramitar sin límites y sin enmiendas, para que la acatara quien quisiese o la sometiera al recurso de amparo quien se perdiera entre sus fundamentos y laberintos.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS: Nuestro manchego más universal, quizás solo detrás de Don Quijote y Andrés Iniesta. El cine español no sería el mismo sin Pedro Almodóvar. No sabemos si sería mejor o peor, pero desde luego sería diferente. Faltaría un género, una manera de contar el amor y el deseo como sólo este cineasta ha sabido desde sus primeros pinitos teatrales en el marco de una movida madrileña de la que se hizo capitán, a fuerza de llamar a gritos la atención. Con Pepi, Luci, Bom, y otras chicas del montón, de bajo presupuesto, se bautizó en el cine para gran recochineo de los críticos, que sin embargo comenzaron a reconocer en él a algo más que un director de teatro chabacano cuando rodó la costumbrista y sórdida ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, iniciando con su productora El Deseo, su autodidactismo y siguiendo con el ten con ten trilógico de Carmen Maura, entregadísima durante años a su moldeador particular, que la encumbró posteriormente en La ley del deseo y en la inclasificable Mujeres al borde de un ataque de nervios, con la que comenzaría a llamar la atención en los USAs. Siempre planeando a ras de suelo sobre las obsesiones, el desamor y el retro mezclado con lo folclórico, iniciaría una nueva etapa, contando de nuevo con Antonio Banderas, pero dando a la maravillosa Victoria Abril el protagonismo absoluto de Átame, una de sus mejores películas (y de sus mejores finales), y en Tacones lejanos, para después dejarla algo denostada con Kika. Pero sería con el transcurrir de los años, con su inmersión en la literatura de las pasiones, y tras la perfecta La flor de mi secreto y la muy olvidable Carne trémula, cuando regresaría con Todo sobre mi madre, homenaje de libre asimilación a All about Eve (Eva al desnudo, de Mankiewicz) con la que el manchego se trasladaría a Barcelona, cambiaría a un registro más elaborado, menos cómico, más negro, más íntimo y menos petardero, y se haría con un Óscar de la Academia de Hollywood. En estado de gracia con la soberbia Hable con ella, entraría después en una montaña rusa de genios (Volver y La piel que habito) y descalabros (La mala educación y Los abrazos rotos). Siempre bajo la batuta de la muerte, del incesto, de las obsesiones, de la tragedia, de la enfermedad, e incluso de lo sobrenatural, a Almodóvar, tanto al odiado como al amado, le debemos su propio género, el que nos muestra un mundo que quizás no hemos vivido nosotros, ni quizás nadie, pero que a cada paso, y pese a que ya conocemos cada fetichismo y embaucamiento suyo, nos desconcierta y emociona. Nos lee el alma, aunque no nos quiera.

PRIMER PLANO.

EUSEBIO PONCELA: Es una rara avis en el planeta cinematográfico. Su presencia en la gran pantalla se hace de rogar, pero el recuerdo de su fuerza magnética permanece en la mente de todo cinéfilo que se precie. Este vallecano de origen humilde, pero con poso intelectual, en otros tiempos “cobaya de la heroína” incipiente, nos cautivó gracias a su personaje de Dante, el mejor amigo del misántropo Martín Hache, que encarnó Federico Luppi. En esta increíble obra maestra de Adolfo Aristarain, Poncela fue una fuerza arrolladora, diabólicamente terrenal que sabía vivir al límite siguiendo los mandamientos de sus deseos y tentaciones. “Yo hago el amor con las mentes, ¡hay que follarse a las mentes, Hache!)”. Poncela fue, en otros tiempos, un poco así, también en su vida real. Se dio a conocer gracias a su protagonista en Arrebato (Iván Zulueta, 1979) y la televisión le abrió las puertas del gran público con producciones como Los gozos y las sombras y Las aventuras de Pepe Carvalho. En los 80 se convirtió en un actor codiciado por cineastas de la talla de Pilar Miró (Werther); Carlos Saura (El Dorado) e Imanol Uribe (El Rey pasmado). También por Almodóvar (La ley del deseo) quien confeccionó para él la piel de Pablo, un escritor – guionista egoísta, independiente y frío que mantiene una relación de amor –odio con su máquina de escribir Olimpia. Un ingenio, aliado de su talento que, cuando amenaza la tediosa realidad, le inventa cartas de amor a imagen y semejanza de lo que su imaginación prescribe.

CARMEN MAURA: Desde el “universo de los abandonos”, territorio Almodóvar, aterrizó en nuestras vidas el personaje de Pepa, en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988). Se nos presentaba como una fémina rota, con la histeria a punto de caramelo y el desgarro llevado con mucha dignidad. Era la mismísima soledad encarnada en una mujer rotunda de inmensos ojos expresivos que se ve enredada y acompañada por los personajes más delirantes de la ‘fauna’ del cineasta manchego. Pero Maura no es sólo la ‘Chica Almodóvar’ por excelencia, la que se partió el alma buscando financiación para sus primeras películas y luego rompió con él, con la misma vehemencia. Dicen que por culpa de un gesto frívolo, feo, que sufrió en la ceremonia de los Oscar de 1988. Es también una de nuestras mejores actrices con un palmarés impresionante. En sus estanterías guarda 10 Goyas, varios premios del Cine Europeo, César, del Festival de Cannes, de San Sebastián y Locarn. Y es que, aunque las malas lenguas la quisieran encasillada, ha sabido mostrar su talento en múltiples registros diferentes. Fue una tragicómica folclórica de bandera, republicana, con muchos arrestos y mucha hambre que, junto con Pajares y Gabino Diego dio con sus huesos en territorio nacional (¡Ay, Carmela!, 1990). Mucho más tarde, Almodóvar se reencontraría con ella y le ofrecería el personaje de un fantasma del pasado en Volver (2006). Maura aceptó el envite con elegancia y mucho arte y la química entre ambos creadores brilló, como de costumbre. La actriz recuerda con especial cariño su personaje de Tina, en La ley del deseo: “es de las veces que pensé que el cine era un milagro. Con las luces, la cámara y la música se hacen auténticas maravillas”.

ANTONIO BANDERAS: El malagueño que supo hacer a tiempo las Américas es un artista polifacético que actúa, dirige, canta, elabora vinos con Denominación de Origen y perfumes que reciben premios. Es también mecenas de cineastas andaluces que buscan su hueco en el Séptimo Arte. Masculino y bello, de rasgos pronunciados, el joven Banderas comenzó como muchos, pisando tablas de modestas salas de teatro hasta que Almodóvar se fijó en él. Juntos hicieron cinco magníficas películas mientras alternaba con otros cineastas interesantes, como con Roberto Moleón, director y Agustín Díaz-Yanes, guionista, con quienes se vistió de gigoló chantajista para abordar una impresionante historia negra, hoy olvidada, que se llamaba Bâton Rouge. (1988) Banderas puso tierra de por medio, camino de Hollywood, en busca del reconocimiento universal. Con el papel de mariachi cantor y vengador, en Desperado, (Robert Rodríguez; 1995) entró por la puerta grande al paseo de la fama. La producción musical de Broadway, Nine (2003), le granjearía el prestigio como actor que necesitaba su carrera. Hoy, descuida su agenda de estrella para aceptar en el cine papeles mucho más interesantes. Con Woody Allen se convirtió el pasado año en un atildado y desconcertante propietario de una galería de arte, objeto de deseo de una hastiada Naomi Watts (Conocerás al hombre de tus sueños). En 2011 se reconcilió con Almodóvar. El cineasta le ofreció un magnífico personaje en La piel que habito. En La ley del deseo es Antonio, un joven pasional que encuentra en la muerte su más acertada declaración de amor.

CONTRAPICADO: De La ley del deseo nos gustan, sobre todo, dos cosas: está llena de momentos con una estética inédita, rebuscada y fascinante, repleta de encuadres y situaciones imposibles e imaginativos. El barroco llevado al absurdo, pero con un sentido de la belleza formidable. Son los cimientos del universo Almodóvar. Ahí está, por ejemplo, la manguera lúbrica que riega a Maura, o la distancia que da el encuadre bajo el teclado de la máquina de escribir o sus mismas teclas, completamente entregadas y bailando al ritmo de “Lo dudo” de Los Panchos. O el árbol fragmentado, hecho añicos en el cristal del coche accidentado. Además, nos encanta la capacidad que muestra el cineasta creando historias pasionales que trascienden todos los límites de lo conocido y lo esperado. Con Almodóvar siempre se tiene la quimérica sensación de que no todo está escrito. El momento de revelación donde Tina le explica a su amnésico hermano su gran pecado, el que fue su gran amor y su fracaso y su dolor, es todo un hallazgo. Como impresionante es también el final, desbordado por un amor irracional, con la pureza de lo salvaje, un último gesto de ternura y sexo que conmueve antes de producirse la explosión final que da paso a los títulos de crédito.

PICADO: Es evidente que La ley del deseo no es una película perfecta. Almodóvar aún se encontraba por entonces buscando su camino de autor. Esta historia es quizás el reflejo menos experimentado de las dos líneas por las que discurriría después todo su cine, y que algo se asomarían en Laberinto de pasiones y Matador: el melodrama más subterráneo, por un lado, y el touch cómico chabacano. En nuestra película, el mayor reflejo de esta dicotomía lo tenemos en el personaje que interpreta Carmen Maura, que hace gala de las reacciones más viscerales, chillonas y exageradas, de los pensamientos intelectuales más profundos y de un petardeo suburbano. Todo al mismo tiempo. Creemos que la intención de Almodóvar era no convertir al personaje de Tina en aquello que ella misma no quería ser: una zarrapastrosa, pero lo cierto es que al final su personalidad se mueve entre variables que no parecen confluir en ningún punto, sobre todo al final, donde la película acaba del todo desbocada hacia ninguna parte. Lo que es cierto, es que el manchego supo sacar mejor jugo del desquicie femenino en películas posteriores como La flor de mi secreto, Todo sobre mi madre o Volver, donde sí vimos por completo la última capa del personaje protagonista.

SIMBIOSIS SONORA: Moviéndonos en tal espacio-tiempo, y continuando con el esquema tragedia negra / comedia castiza que quiso trabar el realizador manchego, es imposible no percatarse del repertorio de grandes éxitos procedentes del grupo musical que Almodóvar mantenía por aquellos años con el artista Fabio McNamara, y que se incluyen sobre todo al principio de la cinta, como Voy a ser mamá, Susan Get Down o Satanasa. La cadencia evoluciona después hacia las preferencias de la canción romántica por antonomasia con un Ne me quitte pas de Jacques Brel interpretado por Maysa Matarazzo, que suena hasta en tres ocasiones (la de la niña Manuela Velasco mimetizándola sobre un raíl en el escenario es la más perfecta). Al compás de estas bajas pasiones se unen las que ya forman parte de todos los recopilatorios de soundtracks del manchego, como el mencionado Lo dudo del trío Los Panchos que comienza de manera tremendamente original al compás de una máquina de escribir (hace unos años vimos algo parecido en la película Expiación con notas de Dario Marianelli), el Guarda che luna del napolitano Renato Carosone, o el Déjame recordar de su adorado Bola de nieve para la escena final, sin olvidar la copla angelical que se marca la Maura ante la virgen en su antiguo colegio. La combinación musical se vuelve además de lujo con las piezas instrumentales, una selección de lo más variopinta y adecuada: el Tango de Stravinsky y, lo mejor, la Sinfonía 10 de Shostakovich para unos títulos de crédito sobre papeles arrugados, muy hitchcocknianos, y sellando la marca de la casa de la productora El Deseo.

OJO AL DATO: En 1987, España llevaba ya diez años saliendo de su modorra intelectual y liberal, pero aún así tanto el inicio de la película, con ese joven grabado (y doblado) durante una masturbación y la escena de sexo anal entre Eusebio Poncela y Antonio Banderas, con ese maravilloso travelling de entrelazado corporal desnudo tan gustoso de Almodóvar, provocaron atisbos de pánico entre los espectadores. Tampoco hay que preocuparse. Segunda piel, de Gerardo Vera, entre otros ejemplos, se rodó 12 años después y provocó la misma tontería, probablemente entre los mismos tontos. Sin embargo, y afortunadamente, la escena por la que la película pasaría a la historia sería por esa estupenda Carmen Maura incapaz de soportar el calor bochornoso de Madrid y que es regada, tras pedirlo a gritos, por una manguera. Secuencia mágica, simple, sensual, icónica y llena de mitología venusiana. Por otro lado, Almodóvar no solo se marca un cameo como ferretero en la película, oficio que luego heredaría en posteriores historias su hermano Agustín, sino que prestó su propia máquina de escribir para el tecleo-enredo pasional de Poncela, y que acabará arrojada por una ventana. Es solo una muestra de todo lo que esta cinta supuso de antesala de ensayo de otros filmes almodovorianos, ya que también lo haría en La flor de mi secreto, como los curas y el incesto aparecerían igualmente en Volver y en La mala educación, y el travestismo y el teatro serían de nuevo revisados en Tacones lejanos y en Todo sobre mi madre.

RETRATO DEL HÉROE: Tina Quintero (Carmen Maura) es una mujer doliente, pero llena de vida y un punto marujona. Está hecha de sentimiento, puro corazón en carne viva para dejar que se ceben con ella, con su mala estrella. Tina nació mujer con las hechuras de un hombre y le cambiaron el sexo por amor, por deseo o porque daba igual, pero para verse condenada a repetir siempre una misma historia. La vida ha sido muy puta con ella y ella ha tenido que pagar un precio muy alto por sus fracasos, por eso los defiende como una leona, porque son lo único que le quedan. Tina es madre por accidente y porque es incapaz de abandonar a un ser herido. Y es también creyente de una religión donde hay vírgenes milagreras y pecadoras míticas (Monroe, Taylor…), veneradas en una Cruz de Mayo que adorna el saloncito de su casa. Tina tiene un álter ego en el cine, Laura P., una mujer marcada que sueña con un lifting, mientras la amnesia del creador del personaje, su hermano Pablo, le aterroriza porque amenaza con dejarla sin pasado.

Ningún homenaje mejor a esta película que ver a Tina una y otra vez pidiendo que la rieguen en una calurosa noche madrileña.

 

 

Por último, el Ne me quitte pas mimetizado por la (entonces muy niña) Manuela Velasco, con la Maura ensayando su papel real y ficticio.

 

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