‘Moulin Rouge’, de Baz Luhrmann: ‘Libertad hecha musical’ vs ‘Mucho ruido, pocas nueces’

LIBERTAD HECHA MUSICALPlagada de anacronismos por los que cualquier historiador se tiraría por una ventana, exaltada en gritos, cancanes y cuadros pictográficos imposibles, coreografiada sin calma al compás de nuevas y revolucionarias versiones de auténticos clásicos de la música, adornada con cámaras colgantes de vídeo-clip, pintada fuera de las líneas de cualquier género conocido, con el fervor de los excesivos, los expatriados, los impuros, los extranjeros que siempre han visto en Paris una fiesta sin fin. Así concibió el director australiano Baz Luhrmann esta revisión de La dama de las camelias de Alejandro Dumas, y libre apología de la película del mismo título que John Huston realizó en 1952. Revolucionario de nuevo siglo, el cineasta introdujo un espectáculo pirotécnico dentro de otro, lleno de excentricidades y romanticismo, en una máquina de miniaturas perfecta y escandalosa.

Con el nuevo siglo, en el año 2001, el cuento del cabaret-burdel más famoso de Montmartre se transformó sin complejos en una opereta-pop, convirtiéndolo en un gran bacanal de realización cinematográfica y vino a contagiar de extremos críticos el género musical, polarizando su estreno en todo el mundo entre fanáticos de sus devaneos por todo lo técnicamente posible y todos aquellos que vivieron con esta película lo más cercano a una pesadilla al no estar su paroxismo preparado para tal esplendor y espectacularidad. Es evidente que para nosotros, el australiano alumbró una auténtica obra maestra con técnicas de dirección bajo el lema “prohibido prohibir”, bajo la libertad de expresión, porque todo fue permitido desde los títulos de crédito en homenaje al cine mudo y el primer chasquido de esa panorámica sobre París resaltada con colores inventados.
Entonces aparece Christian (un reinventado, bohemio y sorprendente Ewan McGregor) que quiere ser escritor, que piensa y vaticina que el amor todo lo puede y que buscándolo sin cesar se enamora perdidamente de la cortesana y bailarina Satine (la más luminosa Nicole Kidman que hemos conocido), a través de un malentendido sucedido entre los cortinajes colorineros del mítico Moulin Rouge. Bajo ese binomio judeo-cristiano formado por Christian y Satine (Cristo-Satán) la historia se tiñe de tragedia a ratos, de risas a veces, de jolgorios de cámaras que parecen puestas de speed, explotando en mil pedazos de cuantas maneras existen, de canciones que se interpretan y se bailan por los propios intérpretes, rescatando los más extremos estados de ánimo que puedan ofrecerse y de un romanticismo tan desgarrador y apasionado que se superpone a la plasticidad de sus imágenes, a sus fuegos artificiales, a las lunas que cantan ópera y los locos que beben absenta.

Frente a los tópicos amarrados a una época, de cómo le gusta al cine recrear el París de 1900, Luhrmann apostó por la contra-decadencia del arte del musical. Aprendiendo de los coros griegos, de las guitarras filarmónicas, planteó todo un catálogo de temas reinterpretados para conocer a Satine colgada de un trapecio con Sparkling Diamonds (versión de Diamonds Are a Girl´s Best Friend inmortalizada por Marilyn Monroe). Tras ello, el catálogo prosigue casi sin pausa para retorcernos el corazón de celos con El Tango de Roxanne (versión de Roxanne de The Police); el Nature Boy de David Bowie en dos versiones (una con Massive Attack) para marcarnos el derrumbamiento de Christian; un Like a Virgin de Madonna puesto en boca de los estupendos Jim Broadbent y Richard Roxburgh; el Children of the Revolution de T.Rex a golpe de Bono; la genial Diamond Dogs de Bowie reinterpretada por Beck; el Your Song de Elton John en la más inspirada declaración de amor, y el popurrí de clásicos que bajo el título Elephant Love Medley se marcan los dos protagonistas en una de las mejores secuencias de la película. Mención especial al Complainte de la Butte creado por Rufus Wainwright, la guinda del pastel.Todo es vida, todo es deseo, sufrimiento y alegría en cada escena, en cada vértigo apabullante, en cada estallido extravagante de música, en cada rostro desmaquillado y lacrimoso, en las risas demoniacas de las criaturas caricaturescas del cancán, y en sus bufones burlones de la tragedia del desamor. Toda la parafernalia necesaria, salvaje y vibrante de Moulin Rouge, todo su compendio de imágenes rompedoras, fugaces, agresivas, aceleradas, estalla de grandeza en la última hazaña del pequeño y simpático Toulousse Lautrec (John Leguizamo), el sitar de la obra dentro de la obra, que siempre dice la verdad, y que colgándose de una tarima proclama a voz en grito sobre un ingobernable, bollywoodiense y caótico escenario: “Lo más grande que te puede suceder es que ames y seas correspondido”.

El remix de éxitos superpuestos que los dos protagonistas se marcan para iniciar su historia de amor. Lo mejor de la película.

 

 

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

Una vez más nos salvamos del ataque de epilepsia por los pelos. Sentarse a observar el Moulin Rouge de Baz Luhrmann es siempre una experiencia de alto riesgo similar a la que sufrieron algunos infantes japoneses, hace algunos años, tras ser espectadores de los dibujos de Pokemon. Durante los 15 primeros minutos no hay personaje que no sea presa de un extraño e inquietante ataque de histeria que o bien se nos traduce en un baile de cancán frenético, siguiendo la coreografía del caos, o bien en un canto al amor de lo más pastiche capaz de vaciarle al sentimiento todo su significado. La película entera se ve invadida por un catálogo de movimientos de cámara hiperrevolucionados, por un ritmo de vértigo sin coartada alguna que lo justifique para la narración fílmica. Tan sólo responde al capricho de un cineasta que se creyó un visionario y, en otros tiempos, desde luego, llegó a apuntar maneras. Con esta paleta de desatinos se nos retrata el París de la Bohemia y de las mujeres de vida alegre y se nos ubica, en el vientre de un elefante, una historia de amor desgraciado entre un escritor primerizo, Christian (Ewan McGregor) y una cortesana, Satine, (Nicole Kidman). El topicazo elevado a la enésima categoría del exceso más contumaz.

La presentación del ‘diamante más esplendoroso’, no se pierdan el sobrenombre que recibe Satine, no tiene desperdicio. Una Nicole Kidman sobreactuada baja de los cielos del Moulin Rouge a lomos de un trapecio, para tratar de no perder ripio en un guión absurdo, presuntamente vanguardista, vacío de historia, pero eso sí, adornado hasta la náusea con una escenografía de lazos, flecos, luces de colores, celosías, arabescos y corazones. Todo ello servido con mucha fanfarria y ningún sentido de la estética barroca. Desde el primer momento y como tarjeta de presentación, Satine sienta cátedra a lo Monroe: “Diamonds Are a Girl`s Best Friend“. El conflicto, para nuestro bohemio protagonista, está servido de una manera de lo más sesuda. Si contemplamos el Moulin Rouge de Luhrmann como musical, la receta no puede ser más simple: cójanse todos los grandes hits de los últimos tiempos, fácilmente reconocibles por el común del respetable, e introdúzcase una serie de arreglos para adaptar los más añejos al oído de nuestros tiempos. Éxito asegurado.
Si la intentamos disfrutar como comedia, nos quedamos, sencillamente, sin palabras. Ni una sola de las secuencias presuntamente graciosas de la película, se sostiene. Nos viene a la memoria, con la misma materia de la que están hechas las pesadillas, la presentación de los bohemios y su asalto a la habitación de McGregor (ese pobre Leguizamo/Lautrec con hábito monjil; si Peter Sellers/Clouseau levantaran la cabeza…). O esa Satine que trata de seducir al villano, al Duque, a golpe de aspavientos y convulsiones varias (¿cosas del Método?), mientras oculta a su amante lo más alejado posible del ingenio propio de las comedias de enredo.

Todo ello por no hablar de la frase con la que los amantes, reconocen su amor a pesar de la adversidad. “Lo más grande que te puede pasar es amar y ser correspondido”. Trataríamos de olvidar este lugar común lo antes posible si no fuera porque se repite hasta la saciedad como una especie de mantra que llega a funcionar como punto de inflexión con el poder de ‘embellecer’ el final de la historia. En definitiva, lo que nos viene a decir es que el espectador tiene ante sí un reto considerable: debe hacer un auténtico ejercicio intelectual, aplicando mucha imaginación, para creerse tal pasión atormentada.

Eso sí, entre tanto frenesí se puede atisbar el inesperado talentazo de los dos protagonistas como intérpretes musicales; la vitalidad y la fuerza con la que acometen los temas. Ello es, junto con algún escaso hallazgo visual (la secuencia del tango) y el entusiasmo de Ewan McGregor, en cualquier punto del metraje, lo más respetable de una cinta que busca desesperadamente empatizar con el espectador (y, en otros tiempos, encandilar al jurado de Cannes de 2001). Pero Moulin Rouge es sencillamente agotadora e infumable. La originalidad cinematográfica es algo mucho más sutil que todo este pobre espectáculo de luces de colores y movimientos de cámara al límite. No entendemos muy bien el por qué del enorme entusiasmo que ha llegado a causar entre los espectadores de todo el mundo. Para nosotros es un misterio tan insondable como el de la Santísima Trinidad o como las simpatías que despiertan Doris Day y sus comedias trasnochadas.

El Tango de Roxanne, arrebatado, reinterpretado, exaltado, como todo en esta película.

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6 comentarios

  1. Yo no podría estar más de acuerdo con la primera crítica. Peli fascinante, inolvidable. Y felicidades, por cierto.

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  2. Gracias, Anónimo. Nos gusta la identificación plena con alguna de las dos críticas. Y también que nos feliciten, claro.Un saludo.

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  3. Para el Autor: En serio que no sabes nada de cine… estoy pensando que eres un adolescente que supo hacer un blog y nada mas… sorry.Para no volver a entrar a tu sitio… y como pude observar, nadie comenta, porque te diré que tu forma de redactar es tan aburrida que nadie termina de leer lo que escribes… yo leí un poco, pero eres aburrido y no aportas nada.

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  4. Hola Anónimo. Gracias por tu comentario, antes de nada. Es evidente que no te has molestado en leer todo el artículo, como tú mismo dices, porque así hubieras comprobado que son DOS las críticas que realizamos de algunas películas (una a favor y otra en contra). A lo mejor así te hubieras identificado más con una que con otra.No sé si sabemos mucho o poco de cine. Solo sabemos que nos apasiona y que esto es una bitácora de crítica artística, de estilo literario, que ya sabemos que no puede gustar a todo el mundo. De momento, les gusta a las más de 3.000 visitas al mes que recibimos y a los que nos escriben por el privado. Con eso nos damos con un canto en los dientes.Así que te agradecemos tu visita y tu sinceridad, y te deseamos que encuentres lo que buscas por Internet.Un saludo de Cinetario.

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  5. me encanto moulin rouge y no entiendo nada d cine!!! sera x eso? pero lo q veo q mucha gente ha quedado fascinada tambien..a mi me encanto tanto q por eso estoy buscando info y en mayoria,este blog es el unico que no esta tan encandilado c el musical…asi q bue todo es respetable, pero es una de las peli que recomiendo y pese al tiempo no m canso de mirar!!!! Y QUIERO MORIR EN LOS BRAZOS DE ESE AMOR COMO NICOLE KIDMAN!!!!JAJJAJ!!!

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  6. Buenas! A mi me encanta Mouline Rouge. De echo la vi a los diez añitos y no puede dejar de verla día tras día. Me ha parecido bastante gracioso el comentario de: " nos salvamos de epilepsia por los pelos" Pues sí, tiene su gracia. Y quizás muchos compartan tu opinión.Creo que bajo ningún concepto pretende transmitir un mensaje profundo. La gracia del film es la escenografía y lo extrafalario que puede llegar a ser todo. La grandeza de Baz Luhrman fue cear de una comedia dramática que podría haber sido la típica entre 200, un musical impresionante que si eres algo romántico ( no solo en el sentido amoroso) y te gusta la buena música disfrutas como un niño.A veces las películas esquizofrénicas son las que más atento te tienen 😉

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