Homenaje: Ava Gardner. ‘El rostro del cine’

Ava Gardner le puso rostro al cine. Ella, la actriz de perfectos rasgos y torpe dicción sureña fue el perfecto ejemplo de la capacidad que tiene el séptimo arte de construir mitos intemporales. Ava Lavinia, la mujer, se encargaría de hacer el resto, remataría la leyenda con su obsesión enfermiza por saberse viva. Como una divinidad de grandes almacenes la vimos, por primera vez, cuando éramos niños. Venus era mujer (William A. Seiter, 1948), nos dijeron y, desde luego, nos lo creímos cuando, junto a Robert Walker, la contemplamos como una estatua animada en una comedia con ramalazo fantástico, perfectamente prescindible. El piropo de diosa la acompañaría el resto de su vida hasta el mismo momento en que Louis B. Mayer le colgara el desafortunado sambenito del “animal más bello del mundo” y, muchos años después, Paul Newman la redimiera de tamaña afrenta colgando en la horca a todo aquel que no considerara la “mujer más guapa del mundo”. (John Huston, 1972).
Mucho antes, cuando nos hicimos incondicionales del cine negro, nos tropezamos con Forajidos (1946, Robert Siodmak). Ava vistió raso negro para condenar a un Burt Lancaster que se deja matar en uno de los arranques más bellos de la historia del cine. Kitty Collins era la perdición del rudo boxeador sin suerte que se deja enredar por esta femme fatale singular, más superviviente que pérfida, más egoísta que inteligente. El espectáculo era impresionante: dos fuerzas de la naturaleza deseándose y haciéndonos soñar en medio de una tensión sexual ardiente y definitiva.
La escultura de la diosa, apareció años más tarde, en un cementerio italiano, bajo la lluvia, y observada por un Humphrey Bogart, con la gabardina y el sombrero desencajados, extrañándola como a una buena amiga. En La condesa descalza (Mankiewicz) la actriz se convirtió, definitivamente, en un sueño colectivo de celuloide precisamente cuando una cinta, una ficción, era capaz de devolverle la imagen de su propia vida, el reflejo de su propio carácter. Y es que en esa fantástica e inolvidable historia, inspirada en algunos capítulos de la biografía de Rita Hayworth, es donde Ava pudo expresarse como era, adorada, insaciable, vital hasta la extenuación, rebelde y desconcertada por la fatalidad. Por supuesto, también, descalza, para abrazar mejor a la tierra. Así decía que correteaba por la pequeña plantación de tabaco de su padre en Carolina del Norte.
No creyó nunca en la industria del cine más allá de su condición de estrella y de su abrumadora belleza. Nosotros siempre desconfiamos de B. Mayer quien insistía en presentarla como un producto fascinante, pero mediocre. Y es, en especial, porque nos acordamos de la energía positiva, arrolladora y desencantada con la que dio vida a Miss Kelly en Mogambo (John Ford, 1953). En ella, a pesar de los notables esfuerzos interpretativos de Grace Kelly y del también icónico Clark Gable, la Gardner, devoraba la película. Todos estuvimos con ella, todos quisimos vengarnos, a través de la inteligente ironía arrabalera de Miss Kelly, del adulterio hipócrita de la bella mojigata y el caduco galán. Aunque la Gardner acabara en brazos del hombre que le había despreciado, no pudimos más que darle nuestra bendición porque pocos personajes, pocos intérpretes han despertado nuestra simpatía y amor incondicional.
Su propia vida es fascinante. Las noches de locura y desmadre, de sexo, tablaos, toreros y periódicas visitas de Sinatra, aquellas que encendieron la imaginación de los españoles de entonces, y de los cinéfilos de cualquier época, no parecen ser únicamente la constatación de una mujer que se sentía desgraciada. No había tenido mucha suerte con los hombres, la industria del cine no la tomó tan en serio, como a ella le habría gustado, pero no parece que aquello fuera suficiente para justificar su eterna inquietud. Por lo que encontramos en los testimonios de aquellos que la conocieron, en el original e inteligente documental de Isaki Lacuesta, (La noche que no acaba) parece más bien una de esas personas que comprendió, algo tarde, que había perdido demasiado tiempo en una vida equivocada. Y decidió correrse la gran juerga. En España, porque según ella tenía sus mismos defectos. A lo mejor esperaba, en medio de los escándalos y ebria de solemnidad, reconciliarse con la mujer auténtica que le hubiera gustado ser (la que añoraba en sus últimos días en Londres). Pero lo cierto es que nunca hizo nada para acercarse a ella.
“En relación con mi vida he sido siempre una hábil destructora”, llegó a afirmar en una entrevista. Años antes, su arrestado e impotente marido de ficción, el conde italiano (Rossano Brazzi) de la película de Mankiewicz, ya le había advertido: “Che sará sará” (lo que tenga que ser, será).
En la red existen muchos homenajes a la actriz, pero hemos elegido éste porque en él escuchamos la voz lánguida de la propia Gardner interpretando una canción. Mientras, transita por algunas de las escenas de su filmografía que nos dejaron huella.

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4 comentarios

  1. La verdad es que en Venus era Mujer parece una diosa esculpida por las prodigiosas manos de Fidias…me refiero tanto a la estatua como a la Ava de carne y huesoUn saludo

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  2. Acabo de descubrir tu blog mientras buscaba cosas de Ava por Internet. Lo seguiré con frecuencia. Tengo escritas algunas cosas de Ava Gardner, y de otros clásicos del cine, en mi blog http://memoriasdesoledad.blogspot.com.es/Un saludo.

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  3. Te enlazamos Miquel. Gracias por tu comentario.

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