Visionado: ‘La piel que habito’, de Pedro Almodóvar. ‘Venganza sublime y barroca’

cuatro estrellas


Sería preferible no saber nada de esta película. Disfrutarla sin pasearse previamente por las críticas que se multiplican por la red o por los medios de comunicación. Se debería ver sin complejos, sin prejuicios, haciendo incluso oídos sordos a la verborrea ingeniosa del propio Almodóvar en sus bolos promocionales. Y sobre todo, olvidando el mal sabor de boca que nos dejaron Los abrazos rotos. Nos pillaría por sorpresa el tono con el que ha escrito La piel que habito, aunque no su fondo, porque al fin y al cabo Almodóvar regresa con el pulso pasional con el que ha sabido construir su propio universo cinematográfico. Si recorremos con mirada virgen esta piel nueva que nos inventa el manchego, entraremos en su juego y podremos sentir que es verdad lo que nos cuenta: el dolor por la pérdida y el sentido que adquiere cuando se convierte en inspiración o la fuerza vital arrolladora que es la venganza. O la lucha paciente, pero determinante, por conservar la identidad propia.

Pedro Almodóvar interpreta con rebeldía una novela escrita por el autor francés Thierry Jonquet, llamada Tarántula. La toma, succiona todo lo que de ‘rara avis’ tiene y la abandona para darle otra vida. Habla de un cirujano plástico, Robert Ledgard (Antonio Banderas), una eminencia en su sector, que lleva años cultivando una piel en su laboratorio de manera clandestina y aprovechando los avances de la ciencia transgénica. En este empeño, busca una epidermis resistente, que sea una especie de fortaleza, la que hubiera podido salvar a su mujer, que murió quemada en un accidente de coche. Como conejillo de indias utiliza a una extraña y sensible criatura (Elena Anaya) que vive encerrada en la mansión toledana del protagonista. La vigila de cerca, y también la cuida un ama de llaves leal, una mujer de gesto triste (Marisa Paredes). El relato de Jonquet sólo es el punto de partida que le permite al cineasta contar la historia de una venganza siniestra, redonda, para algunos bufonesca, que se retuerce en un intenso nudo hasta dejar al descubierto un desenlace que llega a ser previsible, pero no por ello menos desconcertante. Excita tanto la imaginación que algunos incluso hubiéramos querido ir más allá, nos hubiéramos perdido en derroteros todavía más fatalistas.

Uno de los mayores méritos que tiene la película es su capacidad para utilizar la transgresión, el exceso, como vehículo para conducirnos a lo universal, a sentimientos donde cualquiera puede llegar a reconocerse, sentirse menos solo. En este cometido ha logrado su obra maestra. A la película le falta la calidez del humor peculiar y brillante que siempre ha recorrido su cine, pero es un cambio de tercio hacia la oscuridad que no le sienta mal a su trayectoria artística. La manera elegante de desenvolverse el misterio, la sobriedad de las interpretaciones (quién hubiera podido imaginar que Banderas podría acercarse al gesto seco de Delon en El Samurai) y la intensa música, como de tormenta, de Alberto Iglesias son todo un acierto, rasgos de genialidad.

En todo caso, es en el abuso narrativo de las violaciones que precipitan los acontecimientos donde la película parece perder pie. Es un recurso extremo, demasiado visto y afectado. Como forzada y pobre es la irrupción del personaje de Zeca (Roberto Álamo) y las secuencias que comparte éste con la magnífica e irrepetible Marisa Paredes (Marilia).

 

La capacidad interpretativa de Elena Anaya no tiene límites. De la mano de Almodóvar se tira al vacío, envuelta en su mortaja color carne, para abandonarse a un personaje peliagudo, complejo y enigmático que se expresa casi sin palabras y construye su historia sólo con su presencia. Deberíamos aprender de su elocuencia. Se habla demasiado de La piel que habito y no hay que hacer mucho caso de la mirada ajena. Sencillamente hay que sentirla para experimentar con nuestros propios límites. Puede pasar de todo: la puedes ridiculizar o admirar, pero en cualquier caso, será difícil desprenderse de ella.

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2 comentarios

  1. Pues yo creo que este hombre quiere ya ser tan sofisticado, que roza el esperpento. Comparto algunas sensaciones que decís, pero la sensación general es de atragantamiento.

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  2. Hablamos de un director universal y curiosamente controvertido. Hace un cine muy personal, y claro, o entras o no entras en su código. Gracias por tu opinión, Marta!

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