‘¿Quién puede matar a un niño?’, de Chicho Ibáñez Serrador. ‘El peor enemigo posible’ vs ‘Venganza de catecismo’

EL PEOR ENEMIGO POSIBLE

Estuvo durante casi dos décadas condenada al olvido. Alguien decidió que era tan atroz, tan poco española, transgresora y exagerada que tampoco iba a pasar nada si se quedaba paralizada en los archivos de un catálogo con registro de entrada pero no de salida. Pero muchos de los fans que esta película captó en su estreno en 1976, junto con su indiscutible proyección internacional hicieron que casi a finales de los 90, miles de cartas llegaran hasta el programa Versión Española de La 2 y esta cinta tuviera una segunda oportunidad. A raíz de su reestreno en televisión, se editó en DVD, se incluyó en colecciones, se reeditó para su venta, lo que además sirvió para su reconocimiento en el país que la acunó en sus orígenes y para que los más jóvenes descubrieran en Narciso ‘Chicho’ Ibáñez Serrador, el artífice del Un, dos, tres, a algo más que a un mago del entretenimiento televisivo. Algo que ya sabían nuestros padres, pertenecientes a una generación traumáticamente desvelada por las fantásticas y muy recomendables entregas de las primeras Historias para no dormir y que después se refrescarían en Mis terrores favoritos.

En su segundo (y último) largometraje, ‘Chicho’ seleccionó a dos actores extranjeros y poco conocidos para encarnar a Tom (Lewis Flander) y Evelyn (Prunella Ransome), un matrimonio británico que, a punto de ser padres por tercera vez, viaja a la costa levantina española para trasladarse después a Almanzora, una isla (ficticia, y cuya mayor parte de escenas se rodaron en un pueblo toledano) donde el protagonista pasó algunos días en su juventud. Al llegar allí, encontrarán el sitio desierto, salvo por algunos niños, que van apareciendo con cuentagotas. Niños que se esconden, que juegan a algo por las esquinas, que ríen sin parar, y que no tardarán en hacerles comprender que han caído en su piñata macabra de muerte y persecución, por razón de una extraña artimaña de la naturaleza. Ante esto, la pareja, incrédula, desconcertada y aterrorizada, solo podrá huir o enfrentarse a ellos, si acaso esto último es posible, tal y como plantea el título de la película.
Para ayudarnos a entender la justificación o el conducto moral sobre el que circula toda la historia, es decir, la guerra emprendida por una nueva raza de pequeños asesinos, la película incluye, intercaladas con los títulos de crédito, imágenes reales muy duras (mucho, avisamos) sobre diferentes conflictos en todo el mundo que han tenido a los niños como principales víctimas. Es decir, casi todos, como apunta un personaje secundario al inicio: “Si hay guerra, los niños. Si hay hambre, los niños”. Después se adentra en un ambiente festivo, propio del verano más sol y playa, y del que disfrutan los dos protagonistas, para después navegar hacia la isla donde comienzan sus numerosas desventuras. Y conforme avanza el metraje, gana terreno la maestría y los homenajes cinéfilos (La dolce vitta, Los pájaros), en la dirección de Ibáñez Serrador, acercando la cámara al asombro de sus dos víctimas y colgando panorámicos y asolanados planos de la escapada, cada vez más frenética, menos valiente, más torpe, conforme anochece, se apaga el blanco nuclear de las calles, y ambos terminan de aceptar quiénes son sus enemigos, los peores imaginables, hasta el escalofriante final.

Nueve años antes, ‘Chicho’ ya había rodado su otro largometraje, La residencia, donde también los terrores venían padecidos a edades muy tiernas, pero lo cierto es que fue con ¿Quién puede matar a un niño? con la que se hizo, a nuestro entender, pionero de todo un género, el del terror con niños. Anteriormente, los pequeños habían pasado a un estrato muy alejado de la inocencia en El exorcista, de William Friedkin; La semilla del diablo, de Roman Polanski, o La noche del cazador, de Charles Laughton, pero este guionista, realizador y hechicero del miedo fue mucho más allá, revisó el sustrato de El pueblo de los malditos (la primera, la de Wolf Rilla de 1960), y en adaptación, algo libre, de la novela El juego de los niños de Juan José Plans, les convirtió en el arma en sí misma, sus propios vehículos de la venganza hacia una humanidad tan adulta como mezquina. Un ejército de pequeños lunáticos que no dudan en utilizar de escudo su propia inocencia, para que seas incapaz de considerarles una amenaza y te apuñalen por la espalda cuando quieras abrazarles. Ni qué decir que por ello su director no tuvo problema en incorporar escenas de auténtica violencia infanticida y en dosificar in extremis una inolvidable banda sonora de Waldo de los Ríos que intercala las risas infantiles con la nana más tétrica que seáis más capaces de combinar, precisamente inspirada en la pieza que Krzysztof Komeda compuso para la fábula demoniaca de Polanski años antes.

Hubo pasos, hubo intentos de generarnos ese miedo hacia lo infantil, ese mismo año, en cintas como La profecía, y años después, en otras como La señal o Los chicos del maíz, en un estrato de posesiones infernales, o en El resplandor, Cementerio de animales, El orfanato o Los otros, con los niños casi siempre víctimas de un ser malvado. Pero no consiguieron dejarnos esa sensación de sumarísima catástrofe, de juicio final y de mala conciencia que sentimos con la obra maestra de ‘Chicho’. Nunca a la manera en que los mini-killers de la isla de Almanzora hicieron caer los cimientos de cualquier infancia idílica, protagonistas desencajados de una historia cruel, generosamente macabra, con un trasfondo no muy explicado, más bien deducido, pero fácilmente comprensible. Sólo por adultos, claro. No es un “había una vez” para niños, aunque sean los villanos de la película. Mejor no dar ideas, que ese tipo de revancha contra los mayores hoy en día tendría más legitimidad que nunca.

Una prueba del éxito internacional de la cinta: el tráiler que circuló por toda Europa. Atención al último fotograma, el último segundo. Aterrador.

VENGANZA DE CATECISMO

La película comienza su andadura con un matrimonio de turistas (Tom y Evelyn) que deciden visitar Almanzora, una isla del Mediterráneo, un “pueblo de los malditos” (la alusión y la influencia inevitable) cercado por el mar y por los únicos habitantes que allí se encuentran, unos niños víctimas de un raro embrujo o, como apunta la película desde el inicio, de una lucidez mental insólita que les llevará a ajustar cuentas con los adultos.

 
¿Quién puede matar a un niño? es una película que rezuma pasión por un género para el que ‘Chicho’ Ibáñez Serrador tenía un talento especial, aun cuando en el cine dejara escasos testimonios de ello. Nos gustan mucho los trucos que el cineasta se saca de la chistera de su imaginación para mantener la tensión: esa cortina de pueblo que se despliega estrepitosamente, el plañidero sonido del asador de pollos y sobre todo, por encima de todo, las omnipresentes risas ahogadas de los niños que se esconden en la isla. Son sencillos, cotidianos, pero muy eficientes a la hora de avivar el suspense en el metraje y la sensación de amenaza. La secuencia de la piñata es un auténtico hallazgo, una imagen poderosa lista para atragantarse en el recuerdo y producirnos pesadillas recurrentes. Sin embargo, si hay algo que pone de verdad los pelos de punta en esta película de Ibáñez Serrador es el extraño comportamiento de la pareja protagonista.
 
Y por exigencias del guión, desgraciadamente, siempre habremos de volver a nuestro matrimonio aterrorizado, pues constituyen el hilo argumental que “se deja conducir” por la historia. Y es así cómo los percibimos, como dos señores montados en una de esas atracciones de feria con las que se recorre un “túnel del terror” en el que surgen, de vez en cuando, unos seres monstruosos para pegarte un buen susto. Y esa sensación de artificio, esa impresión incómoda que no nos deja abandonarnos a la aventura y que se nos propone, se debe, sencillamente, a que los personajes no tienen nervio, no tienen vida, son unos perfectos plomazos apenas esbozados: ¿por qué tardan tanto en sentirse amenazados y huir de la isla? Nos encanta el espíritu solidario y la lógica con los que se desenvuelven Tom: un tipo que recoge el cadáver de un anciano no sabemos muy bien para qué porque en seguida lo abandona a su suerte. No avisa del peligro que acecha a la buena samaritana que le echa una mano; que templa los nervios con una buena copa, tras haber sido espectador de una masacre sin pies ni cabeza, en lugar de salir corriendo y se queda, como si tal cosa, cuando le sobreviene una espantosa desgracia elevada al cuadrado. Realmente inquietante.
 

Además, ¿por qué los niños mantienen ese extraño comportamiento con el protagonista antes del desenlace? Este señor con cara de palo llamado Tom tiene todo tipo de encontronazos con los ‘malditos infantes’ y, sin embargo, logra mantener el tipo y salir indemne de todos ellos en casi todas las situaciones. Claro, están jugando, aunque más bien tan esquiva violencia parece fruto de una conspiración, la de una serie de personajes que son demasiado conscientes de protagonizar una película en la que es obligado mantener la tensión.

Tampoco comprendemos por qué los protagonistas se hacen preguntas redundantes a destiempo. “¿Dónde está todo el mundo?”, cuestiona la protagonista cuando casi ha finalizado el metraje. Y es que la construcción de personajes y, en fin, la literatura del guión no es uno de sus puntos fuertes. Los diálogos enternecen por su puerilidad. Ahí está ese tendero anunciándonos con voz firme, para que no se nos escape el mensaje, la explicación de lo que está a punto de acontecer, su lectura de las injusticias de este mundo. Bien cierto, pero no deja de ser una moraleja, que presentada de manera tan obvia, parece un capítulo de catecismo (la consagrada legítima defensa). Sobre todo, después de haber sido espectadores de un largo prólogo, documental que, de por sí, nos resuelve el misterio. No hace falta un repaso a todos los desmanes históricos de los últimos tiempos. Captamos la indirecta a la primera y con la verdad por delante.

Aquí van los créditos iniciales, con imágenes reales, y bajo la batuta de los niños dirigidos por Waldo de los Ríos. Volvemos a avisar de su dureza.

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4 comentarios

  1. Contra esta película no valen críticas negativas. Después de 35 años sigue dando miedo. No se le puede pedir más. Otras películas de su época hoy producen risa. Chicho volvió al terror en 2006 con el malísimo telefilme "La culpa", que hizo para la serie "Películas para no dormir". Un regreso que se podía haber ahorrado. Esperaba más de su vuelta al género. Probablemente, después de tanta televisión, poco quedaba de aquel hombre que rodó una de las mejores películas de terror de la historia del cine español.

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  2. Efectivamente, no podríamos estar más de acuerdo. No hemos querido incluir ninguna referencia a "La culpa" porque todavía nos negamos a que tal bodrio moralista y sinsentido fuera suyo. Pero gracias por el apunte y disculpa la versión negativa. Siempre hay un "pero" para todo. Un saludo.

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  3. Podemos disfrutar de varios capítulos de "Historias para no dormir" en la web de http://www.rtve.esMás que televisión parece teatro y que escenarios!!! y que actores!!! solo con la mirada y los gestos te dan miedo.Os invito a que lo comprobéis. Un saludo

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  4. En breve lo haremos. No sabíamos que TVE las tenía en Internet, qué sorpresa! Gracias por la información y un saludo.

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