Disección: ‘La pianista’, de Michael Haneke. ‘La perversión de la soledad’

LA PERVERSIÓN DE LA SOLEDAD

PANORÁMICA: A este lado de la pantalla, la Odisea no comenzó en el espacio, como vaticinó Kubrick, sino en la ciudad de Nueva York, en concreto, un 11 de septiembre de 2001. Dos aviones con pasajeros secuestrados impactaron en las Torres Gemelas, mientras que un tercero colisionó contra el Pentágono y, en un cuarto aparato, los pasajeros se amotinaron sin poder evitar que se estrellara en Pennsylvania. Por cierto, como recuerdo de aquel escalofriante suceso, quedó una auténtica obra maestra del suspense, United 93, de Paul Greengrass. El resultado de los múltiples atentados terroristas fue de 2.997 muertos y desaparecidos. El Terrorismo Islamista fue el detonante de una pesadilla, una amenaza que hizo tambalear los ‘sólidos’ cimientos que daban la estabilidad al Imperio Occidental (desde que los británicos atacaran Washington en 1814, el territorio norteamericano no había sido amenazado). El 13 de noviembre llegó la réplica, los EEUU levantaron otra esquina de la Caja de Pandora: respondieron a los actos terroristas sometiendo a Afganistán a intensos bombardeos junto a otros países de la “Alianza del Norte”. El hambre y la pobreza que provocaron en el país, por supuesto, contaron con menos repercusión mediática. De vuelta al firmamento, en 2001, la estación espacial soviética MIR acabó su periplo estelar sumergiéndose en el Pacífico. Lejos de convertirse en una mala noticia, venía a demostrar la excelencia de su diseño, pues había operado un lustro más de lo que habían previsto sus fabricantes.

EL MEOLLO: Erika Kohut (Isabelle Huppert) es una exigente profesora de piano del Conservatorio de Viena. Vive junto a su madre (Annie Girardot), una mujer rígida, dura y absorbente que se inmiscuye en absolutamente todos los rincones de su vida mientras sueña para ella con el éxito artístico. Como vía de escape ante la presión maternal, Erika acude a espectáculos pornográficos, disfrutando, de forma escatológica, del sexo furtivo de las parejas que acuden a los autocines y aislándose de cualquier contacto humano pues, como ella misma dice, no tiene sentimientos, y aunque algún día los tuviera, no predominarían sobre su inteligencia. Y en esa batalla, su imperio se desmorona cuando un estudiante de ingeniería (Benoît Magimel), un joven dotado con un talento excepcional para tocar el piano, se empeña en convertirse en su alumno, pero con un objetivo más carnal y más obsesivo: seducirla. La película, escrita y dirigida por Michael Haneke, está basada en la novela La pianista de la escritora Elfriede Jelinek.

DETRÁS DE LAS CÁMARAS: Michael Haneke es el autor contemporáneo más fascinante del cine europeo. Este austríaco nacido en Munich es un auténtico maestro del distanciamiento narrativo con el que desconcierta y hace reflexionar al gran público. A propósito de La cinta blanca, el extraordinario filme a través del cual ofreció una explicación muy inteligente del origen de los totalitarismos, Haneke nos aclaró algo que ya intuíamos: “Tengo un sexto sentido para detectar el dolor que me rodea”. La dureza de su estilo, su desdén hacia el montaje, que mutilaría la realidad con la que construye ficción, y las pulsiones más oscuras, violentas o incomprendidas del alma humana, como temas frecuentes que recorren su filmografía, son algunas de las señas de identidad a partir de las cuales hemos ido reconociendo y admirando su genialidad artística. En El vídeo de Benny nos dejó estupefactos cuando nos propuso la violencia como un alarde de curiosidad que calma el aburrimiento existencial. En la doble Funny Games, obra cumbre al cuadrado, unos asesinos que se desenvuelven con el desenfado de la comedia, se entretienen utilizando a una familia de burgueses para cometer las mayores atrocidades. Mientras, rebobinan sus fechorías para hablar de tú a tú con el espectador y decirle que lo saben, que son conscientes de su condición de personajes. En Caché, se nos heló la sangre al comprender, con toda la profundidad de la que éramos capaces, que cualquier acto, por ínfimo que sea, tiene consecuencias impredecibles y puede ir acompañado de una venganza definitiva. Hasta donde nos alcanza la memoria, no somos capaces de recordar una sola secuencia de cualquier película de Haneke que no nos haya sabido a nuevo, que no haya supuesto una revolución en nuestra imaginación y en nuestra concepción del mundo. En definitiva, nos ha hecho sentirnos vivos en dimensiones y universos, que creíamos, hasta el momento, desconocidos.

 
PRIMER PLANO

ISABELLE HUPPERT: Musa de Claude Chabrol y quintaesencia de la interpretación en el cine europeo. Para nosotros es, sencillamente, una de las mejores actrices de nuestros tiempos, quizás la más dotada. Con más de 70 películas en su carrera y galardonada con infinidad de premios, esta gran dama de la interpretación nos gusta porque nadie como ella se deja devorar, con pasión suicida, por personajes “oscuros, contradictorios y ambiguos”. Son su especialidad y su debilidad, como ha afirmado en alguna que otra entrevista. La actriz, que se convirtió en estrella de la mano de Chabrol, ha trabajado con algunos de los realizadores más interesantes de los últimos tiempos: Téchiné (Las hermanas Brönte), Tavernier (El juez y el asesino), o Cimino (La puerta del cielo), película, por cierto, maldita, que arruinó a United Artists y afortunadamente (lo sabemos hoy, cuando contemplamos su filmografía), malogró su breve idilio con Hollywood. Al ver, una y otra vez La pianista, tenemos la certeza de que Erika sólo podía abismarse en Huppert, ofreciéndonos uno de los retratos más ricos y extraños que hemos podido contemplar. La frialdad de su gesto, expresión última de la soledad y de la desolación; su aspecto frágil, inaprensible, su bella e insolente mirada fija de reptil, una auténtica trinchera para aislarse de la amenaza que son los otros. Pero en especial, su capacidad, dolorosamente real, para darle aliento al instinto de autodestrucción. Parece ser que, en unos meses, Huppert se reencontrará de nuevo con Haneke para interpretar el papel de la hija de un matrimonio mayor que, progresivamente, se va aislando del mundo que conocen, mientras uno de ellos se muere.

BENOIT MAGIMEL: Galán francés en ciernes y actor prematuro, pese a llevar trabajando como intérprete desde la tierna edad de los 12 años,  monsieur Magimel también debe su punto de inflexión en el cine a Techiné, quien lo encumbró cuando lo incluyó en el reparto de Les voleurs en 1996, donde compartió planos nada más y nada menos que con Daniel Auteuil y Catherine Deneuve. A partir de ese momento comienza a participar en proyectos de mucho más renombre aunque con claros altibajos, que se verían solventados, y casi olvidados, cuando Haneke le eligió para quedar a la sombra tortuosa de Isabelle Huppert, dando vida al blanco y motivo de su desmoronamiento perverso, y por el que recibió el Premio a la Mejor Interpretación en el Festival de Cannes de 2001. Desde entonces no ha dejado de trabajar, en su caso también con Chabrol con papeles más o menos irregulares en La flor del mal, La dama de honor y Una chica cortada en dos.

CONTRAPICADO: No existe manifestación humana sobre la incomunicación y la incapacidad de amar más definitiva y claustrofóbica que esta película de Michael Haneke. En ella, Erika Kohut nos muestra sus ‘vergüenzas’, su sexualidad castrada y sadomasoquista; su tortuosa manera de relacionarse con las escasas personas que le salen al paso en su vida. La pianista nos invita a entender, a comprender los misterios, los acertijos que encierran los deseos reprimidos, la soledad, el dolor y lo hace sin juicios de valor y sin compasión, pero de la mano de quien conoce la esencia del buen cine. Esa es la grandeza de esta película, y a ello contribuyen mil y un detalles como el perfecto ‘tempo’ de las secuencias más reveladoras o la atmósfera cotidiana que envuelve, de una manera glacial, escenas tremendas como la de la automutilación genital o la del arrebato incestuoso. La relación orgánica, pero también depredadora entre madre e hija, está construida minuciosamente y sin mascaradas.

PICADO: Muy pocas son las cosas que le podemos reprochar a esta obra maestra. De hecho, hay algo que para algunos es todo un acierto, pero a nosotros no nos convence. Nos explicamos: existen ciertas secuencias que se tensan demasiado hasta perder pie en la intensidad alcanzada, el término medio que nos permite aceptar las insólitas reglas de juego de la protagonista. Es el caso del largo primer encuentro sexual entre Erika Kohut y Walter Klemmer o el de la lectura redundante de la carta, donde ella da rienda suelta a sus deseos más ocultos, a su imaginación de depredadora/sumisa sexual, ‘en broncas’ con su cuerpo apenas virgen. No hay intermedio que valga en esta secuencia, ni siquiera para contemplar el trago que está pasando la madre al otro lado de la casa. No hay alternancia posible de acciones porque el contenido de la carta, después del primer momento en el que nos pilla por sorpresa y nos desconcierta, si se retoma puede llegar a rozar el ridículo. Al fin y al cabo, para muchos no deja de ser un tema tabú si se sirve en frío.

SIMBIOSIS SONORA: El contraste está servido. El disfrute de las piezas clásicas de algunos de los más importantes compositores de todos los tiempos, se reserva prácticamente a los momentos académicos en los que Erika enseña o interpreta música. Ni siquiera en los créditos de apertura, ni en los de cierre, ni en el sostenido y perfecto plano fijo final donde los sonidos caóticos de la urbe ignoran la agonía de la protagonista. Bach, Rachmaninov, Chopin, en su mayoría piezas para piano, componen el repertorio musical, campo de batalla donde alumnos y profesora se sienten amenazados entre sí o ante un éxito improbable. Destacando por encima de todos ellos, se encuentra la grandeza del romántico Shubert, un ideal a alcanzar, también el principal pilar que sostiene la frágil identidad que mantiene en sociedad la protagonista, virtuosa a la hora de interpretar la música del compositor. Su único universo habitable.

OJO AL DATO: La famosa escena de la bañera donde Erika mata o multiplica su deseo, cuchilla en mano, provocó varios desmayos entre los espectadores españoles. Esta noticia se hizo eco ampliamente en los titulares de la prensa nacional, y por ello, se le colgó el sambenito de película extremadamente violenta, con regusto por el gore. Algo que no le hizo justicia al filme, aunque despertó el morbo de muchos espectadores, lo que rentabilizó, más de lo previsto, su paso por las carteleras nacionales. Otro dato: Isabelle Huppert toca realmente el piano en la película. Estudió este instrumento durante 12 años y retomó sus prácticas un año antes de comenzar el rodaje del filme de Haneke. A día de hoy, ningún ‘doble al teclado’ se ha asomado en los medios ni en las redes sociales para desmentirlo.

RETRATO DEL HÉROE: Queremos coronar por último el talento de Haneke, héroe y mago tenebroso de esta cinta. Unos buenos actores pueden rozar la mediocridad en manos de un mal director, y el papel indiscutible que la interpretación de Huppert cumple en esta historia, sabemos que emana de la histeria contenida de su artífice, del que maneja los hilos. Estamos convencidos y esperanzados de que nos queda mucho por disfrutar de este gran cineasta contemporáneo, aunque sus preguntas queden en el aire y nos incomode con el pictograma de una realidad amargada, pero íntima y humana. Ese es su mensaje: mostrarnos cómo somos casi todos cuando nos quedamos dentro de nosotros mismos. Y estamos deseando volver a ahogarnos en ese objetivo.

Pues os dejamos uno de los pasajes que refleja la tormentosa relación de Erika con su madre, donde se incluye la íntima y sorprendentemente polémica escena de la automutilación. Por cierto, que el título del vídeo habla de un “trastorno de la personalidad” con el que no estamos muy de acuerdo. Por si acaso, avisamos: no apto para sensibles:



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