‘Grease’, de Randal Kleiser. ‘Brillantina es la palabra’ vs ‘Hormonas de serie B’

BRILLANTINA ES LA PALABRAGrease is the word. Así reza el estribillo del tema que la cabecera de animación de esta maravilla del cine musical ofrece en forma de anuario escolar. Sentando cátedra, adelantándose a su éxito, asombrosamente mundial y generacional, y que abrió en 1978 las puertas a nuevos relatos bailables y musicables dando una patada para siempre a los estupendos, pero ya superados, conglomerados superproduccionados que supusieron las maravillosas Cantando bajo la lluvia, Oklahoma, Gigi, My Fair Lady o El Mago de Oz. Tratándose de ese año, podría haber sido la historia del glam, de los primeros y tímidos asomos del pre-pop ochentero. Pero al final ganó el tributo que su director Randal Kleiser quiso hacer al rock & roll, el puro, el de siempre, el que subió y puso cancán a las faldas y arremangó hasta los codos las chaquetas de tweed a finales de los 50, cuando un blancuzco Elvis Presley desarmaba su voz y su pelvis en cuanto arrancaba la guitarra.

Basada en el musical de Jim Jacobs y Waren Cassey, creado seis años antes, Grease decidió agamberrar a las Doris Day que sonreían tímidamente al más mínimo piropo, y alumbró una historia pandillera de instituto como contexto de un cuentecillo de amor con doble fondo entre dos jóvenes, Sandy (Olivia Newton-John) y Danny (John Travolta), que se conocen en la playa y se prometen cosas muy cursis durante un verano, pensando en que no volverán a encontrarse, y sin imaginarse que acabarán en el mismo instituto, la caótica y destartalada Rydell School. Danny entonces se dará cuenta de que su rol de chico duro allí no será muy compatible con las bambalinas y algodones que le dedicó a Sandy a orillas del mar. Entonces todo se complicará: ella, con el corazón roto, será una integrante inadaptada del grupo Pink-ladies; y él se debatirá entre su enamoramiento y su necesidad de seguir liderando con chulería y macarrismo los T-Birds.
Y entre medias, las canciones. Los relatos de ambos sobre su relación sentimental en el tema Summer Nights (rebautizado Tell Me More), probablemente una de las canciones más pegadizas de la película, te dejan tan enganchado a la historia prácticamente en el inicio de la misma, que cada nueva composición se vuelve necesaria, inteligente, astuta: Sandy burlada por sus compañeras en Look at me, I`m Sandra Dee (en ella el personaje de Rizzo alude a Elvis y precisamente esta secuencia fue rodada con toda la intención el día en que el Rey murió) y desengañada con el nuevo Danny en Hopelessly Devoted To You (tema que recibió numerosos premios); Danny intentando salir de su encrucijada con el desgarrado tema Sandy, los T-Birds creando con Greased Lightnin el taller de coches más engominado del planeta y el baile más repetido de todo el mundo; Rizzo abanderando su propia libertad en There Are Worse Things I Could Do o la ya mítica You´re The One That I Want (que por cierto, el director odiaba con toda su alma), con la que Sandy se quita el tutú y se enfunda unas mallas que hacen babear a un Danny que ya había renunciando a su esencia macarra más innata. A este decálogo de composiciones se unen igualmente las que forman parte del fondo musical como las que suenan durante la que es probablemente la mejor parte de la película, el baile del instituto retransmitido por televisión: desde Rock and Roll Is Here To Stay, hasta Those Magic Changes (que alguien se atreva a finalizarla igual que las caderas del personaje de Marty Parrusino), Blue Moon o Hound Dog.
Pero cualquiera de los elogios que pudiéramos regatear a esta película hubiera sido imposible sin la histórica presencia de Travolta. Dicen que fue uno de los principales empeñados en que se convirtiera en todo un fenómeno mundial, y que se dejó la piel en el rodaje, en la selección musical, en la composición de los bailes y en el atrezzo, hasta el punto de que él mismo fue a la casa de Newton-John a convencerla de que aceptara el papel de Sandy, ya que de primeras a la cantante australiana no le suscitó ni el más mínimo interés. No es extraño que todavía hoy ambos sigan hablando de Grease como su niña bonita, su perla de juventud, y que en más de una ocasión hayan dado alguna que otra sorpresa tarareando para los fieles algún tema de la película. Y que se extienda también nuestra loa hasta todos los secundarios y comparsas de la historia: la femme fatale y soberbia Rizzo (maravillosa Stockard Channing, ella misma reconoce hoy que fue el papel de su vida, por muy primera dama que haya sido en El ala oeste de la Casa Blanca), el recientemente fallecido Jeff Conaway (su atractivísimo personaje de Kenickie hizo peligrar el reinado de Travolta), un Lorenzo Lamas haciendo de pardillo lleno de asteroides, Didi Conn (Frenchy o cómo conseguir que Frankie Avalon te convenza de lo tonta que eres), y la voluptuosa Dinah Manoff (su personaje de Marty Parrusino -“exótico, ¿verdad?”- hubiera merecido un spin-off).La sombra de Grease es prolongada y parece que ingenuamente infinita. Cuando el bestia y catártico John Waters se atrevió, ya en los 90, a rodar una divertidísima y escatológica Cry Baby y posteriormente reavivó el fabuloso musical Hairspray, no pudo evitar que los críticos compararan su laca con la brillantina de finales de los 70. Y había diferencias, muchas y muy marcadas. Pero los chicos de la Rydell School habían dejado sus muecas y su chulería grotesca estampadas en la conciencia de muchas generaciones, encantadas con un We Go Together final, una despedida del instituto y un “siempre estaremos juntos” que marcó el destino de esta cinta para siempre. Puede que ahora esté desterrada a convertirse en un popurrí de canciones que suena en todas las bodas y en los estertores discotequeros, relegada a veces al pachangeo y a la última copa, como motivo de chufla. Pero algunos estamos muy orgullosos de guardarla como un tesoro común, un lenguaje propio y una unión con un mundo en el que no pasa un solo día sin que queramos que de repente todo sea contado mediante una canción, un baile o una coña que solo entendemos nosotros, porque solo nuestro mundo es de brillantina.

El tema Look At Me, I´m Sandra Dee, con una deslumbrante Stockard Channing metiendo entre rejas el puritanismo y pidiendo a la pelvis de Elvis que se mantenga lejos de ella. Soberbia.

 

 

HORMONAS DE SERIE B

A veces discutir con los fanáticos de Grease es como darse cabezazos contra un muro. Suponemos que ya sería tarea imposible cuando las horteradas de canciones con las que se adornó su atontada y descabezada historia se convirtieron en hits hasta en la mismísima Corea, pero conforme ha ido pasando el tiempo, hablar de ella como uno de los tostones musicales más absurdos de la historia del cine es asunto de temerarios descerebrados. Por mucho que queramos cargarnos de razón entre los que consideramos una aberración hablar de este anti-cine como una obra de culto, el reinado de esta cinta musical hoy en día es por menos que incuestionable. Eso ya sí que no lo vamos a poner en duda.

Pero hay cosas que no. No puede ser que la influencia del rock & roll y el espíritu que con el que surgió en la envidiable década de los 50 entre los jóvenes estudiantes que tuvieron la suerte de vivirlo en su más tierna adolescencia, quedara relegado en esta película a un motivo para plasmar una historia petarda entre dos protagonistas compitiendo uno en tontería y otro en chulería. A cual menos creíble. A cual peor interpretado. A cual más recién sacado de escenario de teatro de bachiller. Podemos disculpar al personaje de Olivia Newton-John por su inocencia, porque la cara de cursi alelada le queda que ni pintada y porque se le nota su experiencia vocalista, pero a Travolta es que es para hacerle desaparecer del mapa, perdiendo puntos conforme anda, saca peine, mete peine, gesticula y mueve los brazos, buscando como estamos todo el rato las cuerdas que le unen al marionetista que lo dirige desde arriba. Solo con él la película ya sufre y sangra cuanto puede, pero como no hay dos sin tres, a esta falta de piedad se unen el resto de personajes, con sus clichés de “chic@ mal@”, “chic@ tont@”, “chic@ chistos@”. Todos emparejados como si hubieran sido preseleccionados mediante la nanoexperiencia genética.
Nada tiene de extraño por tanto que falle la consistencia de la historia si fallan sus máscaras. Pero si el relato tampoco se agarra por ningún sitio, ¿dónde está el genio? ¿dónde está el desgarro del amor imposible que entonaban los dramas rockeros de los 50 y que forman parte de la banda sonora, cuando parece que nadie se ha parado a escuchar lo que dicen? ¿dónde el desarraigo social que en las escuelas públicas provocó el fanatismo licencioso hacia el arte de la guitarra blanquinegra? En Grease todo se obvia, todo es frívolo, intencionado sí, pero no inocente, porque el único porvenir que importa es el que nos dicta la posibilidad de superarte haciendo el macarra con el coche o demostrando que siempre puede haber algo peor que lo que estás haciendo. Tanta gaita y ruido para que al final puedas convertirte en una chica mala, subirte a un brillante coche y volar hacia ninguna parte.
La trampa es la música, por tanto. Sí, pasa en muchos musicales. Por ejemplo, no creemos que Siete novias para siete hermanos sea un prodigio de película, sobre todo por lo asombrosamente mediocre de su planteamiento, pero sí sabemos que no hay trampa en las canciones de El violinista en el tejado o La leyenda de la ciudad sin nombre. Donde la música no sustituye al vacío, sino que hace grande y épica la película. Es una pena que, por ejemplo, en Grease el Hound Dog sea una excusa para desvirtuar lo difícil que al principio de los tiempos fue poder bailar sin provocar desmayos en los supervivientes de la posguerra, o que temas de Cindy Bullens apenas se oigan como fondo musical, durante los diálogos sin sentido en los que se enzarzan los personajes. En cuanto a las canciones creadas en exclusiva para la historia, pues no sabemos todavía si quedarnos con los que no son rock & roll (para evitarnos el harakiri) o con los que pretenden serlo utilizando instrumentaciones inexistentes en los 50. Aún así, gustó. Gustó mucho. Tanto que algunos grandes compositores se indignaron por no haber sido solicitados para su inclusión en la “generación brillantina”.Cuando se estrenó en España, no se mantuvo el título original de la película, sino que se tradujo literalmente a Vaselina, el verdadero significado del término grease. Pero después se cambió y se volvió al original. ¿Por qué? Porque por esas cosas del destino la gente comenzó a referirse a ella por su título en inglés, y como había muchos (miles, millones) refiriéndose a ella, fue mejor globalizarla así. Da igual si en realidad era una historia de hormonas en serie B, por su inexistente dirección, su humor vergonzoso, su vestuario de carnaval de mercadillo, y un pulso fotográfico que pasa de lo inexistente a lo retocado cual tecnicolor mal editado: el caso es que tanta devoción no podía estar equivocada. Cuestión de fe. Fe en el rastro de una época que no fue así, que no existió. Pero alabada sea la ficción si todo acaba bien, los protas son felices y podemos repetir sin cesar la gracieta de los pringados cuyo mayor logro fue enseñar el culo en la tele. Tremendo. Fascinante. Perdonen que no me levante a aplaudir.

¿Todo el mundo la ha visto, verdad? Pues aquí va el final. Suena We Go Together, pero los que se van en realidad son los dos protagonistas. Y volando en un coche, nada menos, cual Delorean. Cuestión de fe, decimos.

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9 comentarios

  1. A Travolta habría que darle tres Oscar, más uno honorífico, por medio segundo de actuación: la cara que pone cuando Sandy le dice en el coche que le ha hecho mucha ilusión el anillo porque eso significa que "you respect me". Hacía mucho tiempo que no me reía tanto.

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  2. Muy curiosa (y pasional) tu impresión. Sin duda, en ese momento, su objetivo no podría haber sido más fallido. Y si no, mira dónde acaba el anillo… Un saludo-

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  3. Es una petardez de peli… pero te ríes. Y si acaso, bailas.

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  4. Soy el de antes- No he dejado claro que quería decir que gustarme, me gusta, pero que estoy de acuerdo con algunas cosas del segundo texto.

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  5. Bueno, entonces la labor de análisis está cumplida, si te quedas con algo de cada texto. Por aquí somos mucho de matices. Gracias!

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  7. Pues yo no es que me considere una fan incondicional de "Grease" pero cada vez que la veo la disfruto muchísimo. Y sí, la he visto varias veces porque cada vez que la pillo en la tele me engancho inevitablemente, y eso debe significar algo! 😀 Creo que pocas películas musicales han conseguido lo que consiguió "Grease" en su momento y, aún más, lo que sigue consiguiendo más de 30 años después, que se dice pronto. Para mí es una peli que no ha perdido frescura con el paso del tiempo.Y Travolta le debe a esta peli parte de su carrera, hasta que llegó Tarantino a su vida 😄 Y de Olivia Newton-John ya no hablemos, que no ha interpretado nada mejor que a la dulce Sandy! Lo dicho, que me encanta "Grease" :)saluditos

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  8. Totalmente de acuerdo en que que sigue siendo absolutamente fresca, Lillu. Deducimos que te encanta, sí. Gracias y un saludo!

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  9. Adoro esta pelicula aunque solo tenga 12 años 😀

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