Disección: ‘Tesis’, de Alejandro Amenábar: ‘Darle al público lo que quiera ver’

DARLE AL PÚBLICO LO QUE QUIERA VER

PANORÁMICA: 1996. Mientras Chirac anuncia que Francia deja definitivamente de lanzar bombazos nucleares sobre el Pacifico, gracias a la presión internacional, Madeleine Albright se convierte en la primera mujer Secretaria de Estado del imperio planetario. Una explosión en el depósito de un Boeing 747 de la TWA, durante los Juegos Olímpicos de Atlanta, hace saltar la paranoia norteamericana ante un posible atentado terrorista del integrismo musulmán. De puertas para adentro, Aznar pacta con nacionalistas vascos, catalanes y canarios para gobernar con holgura. En el ámbito de la noticia ligera, Lady Di dice el “Sí quiero” al acuerdo de divorcio que le separa de la familia Real Británica, previo pago de 3.000 millones de pesetas y de conservar el título de Princesa de cuento de hadas. Y más de andar por casa, algunos de nosotros recorríamos, como almas en pena, los interminables y pavorosos pasillos de la Facultad de Ciencias de la Información al mismo tiempo que allí, un tipo con mucho talento, camuflado de estudiante, trajinaba su Tesis.

EL MEOLLO: Ángela (Ana Torrent), una estudiante de Imagen, está preparando una tesis sobre la violencia audiovisual en el entorno familiar, y para ello necesita imágenes “esencialmente” violentas, para lo que solicita la ayuda del profesor que dirige su trabajo y también de Chema (Fele Martínez), un compañero de la facultad, un friqui de los de verdad (de los de antes), aficionado al porno y a la violencia extrema. La repentina muerte del profesor mientras visiona una de las cintas ocultas de la videoteca de la Facultad y el improvisado robo de la misma por parte de Ángela, desencadenarán una serie de acontecimientos que tendrán su eje en las snuff-movies (grabaciones reales de torturas y asesinatos) y que jugarán desde el primer momento a la ceremonia de la confusión, el miedo y la desubicación entre los personajes de Bosco (Eduardo Noriega) y del profesor Castro (Xavier Elorriaga), sustituto del fallecido. Desde el instante en que los dos protagonistas se dan cuenta de que no se trata de un juego y de que “esta gente mata de verdad”, la historia se vuelve tan inquieta, tensa, por momentos confusa y desconcertante, que llegas a la conclusión de que solo confías en la metódica y perdida Ángela. Y para conocer su desenlace, antes tendrás que poner a prueba tu capacidad para admitir qué es lo que quieres ver en realidad: la película o las cintas snuff. Alejandro Amenábar mostró con esta historia un plano-secuencia de la muerte en vivo con la que dejó boquiabiertos a los académicos y estupefactos a los espectadores patrios, que no podían creerse sus propias ansias de morbo ni que tal thriller llevara sello español. Las gracias, al maestro José Luis Cuerda, que puso las pesetas para que esta obra maestra, que arrasó ese año en los Goya y abrió la puerta al “nuevo cine español”, echara a volar y nos permitiera tener a nuestro propio Rey Midas, el que supo aterrorizarnos sólo con enseñarnos el pilotito rojo de una cámara grabando.
DETRÁS DE LAS CÁMARAS: La falta de clases prácticas con las cámaras durante sus estudios de Imagen en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense fue el detonante para que Alejandro Amenábar, por entonces con tan sólo 25 años, decidiera montárselo por su cuenta y ponerse a rodar historias, aparcando teorías y apuntes sin sentido. Hizo un pacto con su compañero de estudios Mateo Gil mediante el cual los dos participarían en cualquier proyecto que ambos quisieran llevar a cabo. Así, rodó algunos cortometrajes, de los cuales Himenóptero cautivó a Cuerda hasta tal punto de darle la oportunidad de sacar adelante el guion de Tesis, realizado a pachas con Gil. Y dieron en el clavo. La máquina no paró de funcionar desde ese mismo momento, y tras arrasar en crítica, público y premios, un año después se mantuvo en el thriller con la incomprendida y bellísima Abre los ojos, por la que fue vapuleado por aquellos especialistas en maltratar el ingenio de los valientes. Los mismos que tuvieron que callarse la boca cuando nos dejó muertos de miedo y de dolor en la gran producción y maestría que supuso Los otros, el mejor homenaje jamás hecho a Alfred Hitchcock, que contó con una portentosa Nicole Kidman y un argumento cuyo final se convirtió en uno de los spoilers más temidos del Séptimo Arte. Y para demostrar su dolencia de los dramas humanos y su versatilidad, con Mar adentro, basada en la historia real del tetrapléjico Ramón Sampedro, volvió a acribillar conciencias y a desatar un debate que llegó hasta el inaccesible Congreso de los Diputados. Con su última criatura, Ágora, echó a volar solo y se hizo grande y poderoso, arrasando de lleno en épica y astronomía. Lo que es a nosotros todavía no nos ha fallado y tenemos la impresión, casi la certeza, de que nunca lo hará. Alguien le ha dotado del talento de regalarnos al pie de la letra lo que el profesor Castro pedía a sus alumnos en Tesis: “hay que darle al público lo que quiere”. O eso, o alguien nos ha dado a nosotros la capacidad para entender y admirar su forma de contarnos esto, lo otro y lo de más allá.
PRIMER PLANO
ANA TORRENT: Con los ojos asombrados, desmesurados, del niño que descubre el mundo y sus pesadillas, se dio a conocer Ana Torrent conociendo a Frankestein. Eran los tiempos de la posguerra española; a este lado de la pantalla, los años 70 y la película que nos sirve de puente para enlazar las dos épocas: El espíritu de la colmena, de Víctor Erice. La niña Torrent, de 7 años, apenas acertaba a comprender que en el “cine todo es mentira, es un truco” por lo que cuentan que la cara de susto curioso que se le puso, cuando vio por primera vez al monstruo, era tan improvisada como la vida misma. Encandiló a los espectadores de toda una época y el Espíritu de Erice, muy a su pesar, la persiguió en la memoria colectiva durante unas cuantas décadas. Después de aquella película vendría Carlos Saura y Cría Cuervos, también Elisa, vida mía, papeles donde siguió ofreciendo interpretaciones infantiles bastante interesantes. Más tarde, para no confundirse con un juguete roto, sus padres la pusieron a estudiar, pero también a hacer cine, aunque de higos a brevas. Con fuerza volvió a aparecer en la gran pantalla, ya hecha una mujer y con la vocación despejada, en las opera prima de directores que se abrían camino como Julio Medem (Vacas), Helena Taberna (Yoyes, donde Torrent está fantástica, entregada) y el realizador que nos ocupa, Alejandro Amenábar (Tesis). En ella, Torrent / Ángela sigue con los ojos hechos una incógnita, pero ante un terror de alto voltaje, más podrido, escondiéndonos y revelándonos, con su expresividad, la crudeza de las imágenes sugeridas.
FELE MARTÍNEZ: Deslenguado, pero a lametazos, insolente y amante del heavy en todas sus modalidades, artísticas y onanistas, se nos apareció Chema o Fele Martinez en Tesis. Con doble objetivo: relajarnos en la intriga y confundirnos en la trama. El ‘enano’ que acaba quedándose con la princesa reveló que era un fabuloso intérprete lleno de naturalidad y carisma, lo que le granjeó un Goya al mejor actor revelación. Su descubridor, Amenábar, quedó tan satisfecho con su trabajo, que se lo llevó a su nueva creación, Abre los ojos, para que encarnase a Pelayo, una vez más el eterno segundo plato ante un irresistible Noriega. Medem le dio su primer protagonista en Los amantes del Círculo Polar, el enamorado capicúa Otto y, con su capacidad de síntesis dramática, nos devolvió al romanticismo de la adolescencia. Después llegaría el riesgo de la mano de Almodóvar quien le convirtió en un hombre menguante, dulce sueño mudo femenino (Hable con ella), y en un director gay al que se le resiste una historia (La mala educación). El teatro, el cine independiente, un breve coqueteo con la tele (Física y Química) e incluso su propio cortometraje, El castigo del Ángel, serían proyectos que abordaría más tarde. Recientemente ha estrenado Miami Blue donde interpreta a un hijo que quiere ingresar a su madre en una residencia.
EDUARDO NORIEGA: ¿De qué color son sus ojos? A estas alturas y después de tanto insistir a nadie la cabe la menor duda. Del color del objeto del deseo que le tocó interpretar en Tesis para despertar bajas pasiones. Y todo hay que decirlo, para ser un principiante en esto de la actuación, supo inquietar y desarmar con la profundidad de campo de su mirada fija, con su perfecta dicción de chico del norte. Convenció, sin ambages, como sospechoso habitual que se hubiera salvado de la quema, a última hora, en cualquier novela de Agatha Christie. Por previsible. Sin embargo, Tesis era otra historia: en ella, ardería en el infierno. Después de esta película, abrió los ojos a una pesadilla deforme, (también inventada por Mateo Gil y Amenábar) para despertarnos una gran angustia, entre lo real y lo onírico. Dio lo mejor de sí mismo en El Lobo (Miguel Courtois), donde era un atormentado infiltrado de los servicios secretos españoles en ETA, y hubo quien, con mayor o menor razón, prefirió olvidar algunas de las secuencias que protagonizó en su doble papel en Canciones de amor en Lolita’s Club, de Vicente Aranda. Amante de las películas de Marilyn Monroe, en su más tierna infancia, e incondicional del cine de Luis Buñuel, Noriega estrena hoy, precisamente, Blackthorn. Se trata de un western boliviano en el que enredará al mismísimo Butch Cassidy (sin los ojazos de Paul Newman, pero con la potente presencia de Sam Shepard) para acometer un último y otoñal golpe. Al otro lado de la cámara, un viejo amigo, Mateo Gil, realizador.
CONTRAPICADO: En un momento dado, los buenos y malos de la película pululan alrededor de Ángela sin máscaras fijas, traspasando continuamente el umbral de la ambigüedad moral. En ese contexto, en un momento en el que la protagonista no sabe si confiar en el caótico y asqueado Chema, ambos se quedan atrapados, a oscuras, en un pasadizo de túneles de la Facultad. Ante la histeria incontenida de ella y su insistencia en que le hable mientras avanzan por la oscuridad alumbrados por cerillas, él decide contarle el cuento La princesa y el enano, aquel en el que un repugnante bufón muere al mirarse en el espejo y contemplar su fealdad. Tras el diagnóstico de su fallecimiento (“se le rompió el corazón”), la princesa, apenada por la pérdida de quien tanto la había hecho reír, pide que a partir de ese momento todos los que trabajen en palacio no tengan corazón. Toda una declaración de Chema a la rígida Ángela, una forma de tocarla, de protegerla y calmarla, que después aparecerá en los sueños clorofórmicos de la protagonista cuando su vida penda de un hilo. El relato también será clave en la última secuencia, cuando estamos a punto de ver cómo una presentadora de televisión avisa sobre imágenes de snuff que se emitirán a continuación y que pueden herir nuestra sensibilidad. O rompernos el corazón.

PICADO: Por mucho que intentemos superarlo, el personaje de Ángela nos parece desenfocado. Nos pondremos en la piel de Castro (Xavier Elorriaga) para coincidir con él en que aborda de una manera extremadamente ingenua, sin un punto de inteligencia morbosa, el tema de su tesis. Acercándonos a ella como Bosco (Noriega), también la vemos como una estrecha huidiza incapaz de desatarse en un momento de debilidad irresistible, a pesar de las circunstancias. Al lado de Chema (Fele Martínez), directamente se nos convierte en una comparsa anodina, que no sabe dar justa réplica al ingenio de su acompañante. En definitiva, es un personaje reprimido y, por tanto, con un enorme potencial, pero con unos deseos ocultos muy poco apasionados. Un personaje contradictorio con pocas luces y menos sombras. Como hilo argumental, le falta protagonismo. Por lo demás, nos parecen fabulosas las escenas de tensión, pero nos resultan demasiado artesanales las secuencias de acción, a puntito de caer en algunos momentos en el más poderoso de los ridículos. Castro, un teórico del negocio de la violencia es tan penoso disparando como lento el caballo del malo. Mientras, Noriega intenta reducir a Ángela, antes de ser ejecutado, con un último gesto de coquetería. ¿Alguien se acordaba del color de sus ojos?

SIMBIOSIS SONORA: Desde que se puso manos a la obra para trabajar sus primeros cortometrajes, Amenábar lo tuvo claro. Tenía que coger las riendas de todo el proceso creativo que encierra una película para no perder de vista la inspiración original que la recorre. Gracias a la banda sonora de Mar Adentro, su faceta de compositor se vio recompensada con un Goya. En Tesis, con un software, unos sencillos teclados y la ayuda de un actor y veterano compositor de cine, teatro y televisión, Mariano Marín, Amenábar se atrevió a darle vida al suspense psicológico que roza el terror. Con recursos precarios, pero mucha creatividad, supo poner la música al servicio de la trama y sus peripecias, aderezadas con gritos desgarradores, silencios que se hacen atronadores, y dedos que tamborilean ansiosos. Coordenadas, todas ellas, que nos conducen ante el horror de las snuff-movies. Por cierto, años más tarde, el director confesó que le hubiera encantado volver a editar su película, pero con una orquesta en condiciones. Aquí discrepamos: perdería todo su encanto.

OJO AL DATO: A Amenábar le quedaba una asignatura de la carrera por aprobar cuando realizó Tesis. Una impartida por un profesor que tenía atravesado y que, según afirmó, le había hecho la vida imposible. Y decidió devolverle el “favor” con un homenaje: llamar José Luis Castro, como el verdadero, a uno de los profesores protagonistas de la película, supuestamente implicado en la red de vídeos snuffs. Con toda la intención y consiguiendo por lo visto su objetivo, porque al real no le gustó nada cuando lo vio. Por contra, quiso acompañarse para su historia de actores que ya habían trabajado con él en sus cortos, como Eduardo Noriega, al que catapultó a la fama, o Nieves Herranz. En el caso de Fele Martínez, fue su primer papel en el cine y también su trampolín definitivo. En su entrenamiento como alumno aventajado de los grandes, el cineasta, además de homenajear a La noche del cazador en la escena del túnel (rana y telaraña por medio), se marca además un cameo informático, cuando su nombre aparece como comprador de una cámara de vídeo XT-500 (la cámara grabadora de snuffs) en una base de datos; dejando dos planos importantes para su productor, José Luis Cuerda, que solo aparece brevemente como profesor, pero ordenando algo de gran importancia que seguro que ni siquiera tuvo que ensayar: “y vayan ustedes al cine”.

RETRATO DEL HÉROE: Ángela no quiere mirar pero mira. Se asoma para intentar ver a un hombre partido en dos en las vías del tren pese al reproche del policía: “no sean ustedes morbosos”. Acaba viendo y tocando un muerto cuando nunca había contemplado uno. Acaba dándose la vuelta para observar la grabación snuff cuando dijo que no quería verla; y cuando se tapa los ojos ante el horror, acaba separando los dedos y abriendo un párpado, casi sin poder evitarlo. La seria y lánguida Ángela cae por el agujero durante toda la película y se convierte en la salvaguarda, ambigua y contradictoria, de la moral más llana, más impoluta, aún a costa de sus propios miedos, de su morbo, del derrumbe de su mundo de lógica y orden. Pero su mayor logro, su inocencia de princesa de trono, es asumir su destino cuando se ve atada a una silla, con una cámara enfrente, y le regala al aterrado espectador su sentencia de muerte: “Me llamo Ángela. Me van a matar”.

 

Los primeros diez minutos de la cinta. Sobrios, certeros, de diez. Queremos decir entonces: los mejores diez primeros minutos del género thriller español.

 

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4 comentarios

  1. Genial película que, como dices, abrió una gran brecha en el cine español tal y como se conocía hasta entonces. A mí tampoco me ha decepcionado nunca Amenábar hasta ahora. Creo que es uno de los directores actuales con más talento y más centrado en lo que quiere hacer y cómo hacerlo. Buenísima entrada :)saluditos

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  2. Gracias, Lillu. Efectivamente, cuenta con carta blanca por nuestra parte. Y todavía tiene que sorprendernos mucho más.

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  3. Excelente disección. Gracias por compartirla

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  4. Gracias a vosotros por leernos y escribirnos. Un saludo.

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