‘Historias de Filadelfia’, de George Cukor. ‘Enredos para una diosa pelirroja’ vs ‘Ménage à trois de clase alta’

 

ENREDOS PARA UNA DIOSA PELIRROJA
Un palo de golf partido en dos fue recurso suficiente para escenificar una ruptura amorosa con una clase y un sentido del humor que sólo un Hollywood dorado, el de la alta comedia de los 40, podía concebir y llevar a la gran pantalla. Y es que Historias de Filadelfia abre el telón con una sucesión de planos que recogen el ir y venir de un matrimonio que se declara abiertamente la guerra sin palabras. Un gran arranque, en clave de flash back, que nos da paso a una comedia de enredos que cuenta con triunvirato interpretativo irrepetible para los amantes del Séptimo Arte. Entre ellos, hay una historia, la de una mujer de clase alta, Tracy Lord (Katherine Hepburn) a punto de casarse con un hombre de éxito, pero baja extracción social, George Kittredge (John Howard) que comienza a sentirse viva gracias al asedio de su odiado ex (C.K. Dexter Haven, Cary Grant) y a una noche de borrachera junto a un tipo atractivo, Macauly Connor (James Stewart), en las antípodas del mundo que siempre había conocido.
Nuestro trío de ases (Hepburn, Grant, Stewart) estuvo dirigido por George Cukor, un fabuloso director con un don muy especial: sabía atrapar la psique caprichosa y compleja de los actores que se ponían en sus manos para exprimirles toda la creatividad de la que fueran capaces. En este caso, lo tuvo fácil.

Y si no, ojo al dato. Cuando llevados por la curiosidad quisimos conocer con detalle los entresijos de esta película, nos quedamos de piedra al descubrir que se rodó en pocas semanas y sin tomas de más. Y esto no es normal, más bien pura ciencia-ficción para el común de los actores que han estado deambulando por los grandes estudios desde principios del siglo XX, pero no para una producción concebida en elegantes escenarios en los que tenía que nadar, como pez en el agua, Katherine Hepburn. Curiosamente, en un momento en el que se encontraba en sus horas más bajas en Hollywood. La Hepburn era incombustible y el desafío de esta película, irresistible. En Historias de Filadelfia, la actriz se sobrepuso a su mala racha con suerte y con arte, pues se vio arropada por un guión mimado con ingenio hasta el último punto y final. Estaba basado en una obra de teatro que un conocido suyo, Philip Barry, escribió pensando en ella y que fue convertido en guión por Donald Ogden Stewart y Waldo Salt. Luego vendría el talento de la actriz, arrollador, incuestionable. Lo suyo fue dar la réplica a todos los personajes que se le ponían por delante desplegando todos los recursos habidos y por haber, en ese bendito oficio de impostores que es el de los actores, para navegar por diversos estados de ánimo.

Historias de Filadelfia es también una sátira costumbrista que revoluciona la gran pantalla con su burla sofisticada hacia la clase privilegiada para volver a dejar las cosas en su sitio. Salen escaldados el hombre que se ha hecho a sí mismo (John Howard) y la visión del mundo, demasiada pose, de un periodista (James Stewart) que primero quiso hacer justicia poética, después conquistar a una rica heredera, y acabó resignándose sin mayores traumas (no olvidemos que hablamos de una comedia) con la chica que siempre estuvo a su lado. Pura ironía que no deja títere con cabeza. Por su interpretación, Stewart, recibió un Oscar, el único de los actores protagonistas.

Al Hollywood de nuestros días le hace falta recordar viejas cintas como ésta. Más de un guionista debería aprender a dibujar buenos personajes como los que presenta esta comedia de enredos. En primer lugar, contamos con un caballero, “tan sólo en ocasiones”, llamado C. K. Dexter Haven (Cary Grant), un tipo elegante de buena familia, pero sin blanca, un encantador de serpientes y bellas damas, de un cinismo irresistible que nunca pierde las buenas formas. En segundo lugar, nos presenta a un periodista con grandes ideales, rudo, un plomazo pesimista muy creativo y, sin embargo, con las miras cortas pues se anda con prejuicios de clase, al mismo tiempo que pierde los papeles por la primera chica rica que se interesa por su obra literaria. Por último, la chica, una ‘reina’, quizás ‘diosa’, incapaz de comprender las debilidades humanas, pero lo suficientemente inteligente y distante como para volver loco a cualquier individuo del género masculino, independientemente de la imaginación que gaste o del estado de su cuenta corriente.

Hay muchos momentos memorables en esta película, pero tenemos especial debilidad por dos que no transitan del todo por la comedia: el flirteo, subido de copas, que se traen entre manos la Hepburn y Stewart. Y, sobre todo, la conversación en la que se recuerda al ‘Amor Eterno’, el balandro con el que la pareja (Dexter Haven y Tracy Lord) recorrió su luna de miel. Una metáfora que funciona a las mil maravillas y con la que, hábilmente, Cary Grant quiere reconquistar “la fácil virtud” de una Katherine Hepburn que sólo espera a que alguien le obligue a romper el “hechizo de su divinidad”.

A continuación un montaje de lo más chispeante en tributo a esta cinta. Uno de los miles que circulan por la Red y que dan prueba de su huella dorada.

MENAGE A TROIS DE CLASE ALTA

Ni tres patas para un banco, ni trío de ases, ni triángulo clásico. Por más combinaciones de ménage à trois que se nos pasen por la cabeza, por mucho que las míticas figuras de Cary Grant, Katherine Hepburn y James Stewart se dediquen a abrir los ojos de par de par y a soltar parrafadas a la velocidad de la luz, y por mucho homenaje al cine mudo que el admirable George Cukor alumbrara de la mano de Joseph L. Mankiewicz en la producción, nadie nos saca de la tesitura de acabar deslumbrados por esta historia de competición de intelectos. Pero en el mal sentido: deslumbrados de cuando no ves nada de tanto fogonazo.

Es la lacra de la denominada comedia sofisticada. Así sucede en Historias de Filadelfia, pensada para el pensamiento (valga la redundancia) tan pedante y audaz como elitista y superficial, pero no para los que no queremos tirarnos cerca de dos horas intentando descifrar disparos de frivolidad disfrazados de supuesta inteligencia aristocrática. Un ejemplo es su reina y protagonista: una Tracy Lord (Katherine Hepburn) “endiosada” (¿alguien recuerda a la porno-star del mismo nombre que causó furor en los años 80?) que desciende de su pedestal poco antes de su segunda boda, de la mano de su ex marido, de un escritor en potencia y de un padre tan rico como terapeuta vocacional. Y ayudada por mucho, mucho champán. Tomando decisiones trascendentales con la resaca menos resacosa jamás vista.

Solo lo entendemos en el contexto de quien manejó la batuta de esta historia. Harto, cansado y totalmente destrozado por el rodaje frustrado de Lo que el viento se llevó, que finalmente traspasó a Victor Fleming y Sam Wood, el señor Cukor puso su mano prodigiosa un año después al servicio de algo con mucho potencial pero que le salió tan pedante como pretendía, de eso no cabe duda. Nadie niega su talento polifacético, su tremenda capacidad para hacer buen cine, el legado de diálogos inolvidables que dejó su paso por el séptimo arte, pero en este caso, se pasó de exquisito. Los actores de este tango para tres, encantados, suponemos. Aunque Cary Grant explotara mil veces mejor su vis cómica en Arsénico por compasión, aunque la Hepburn derrotara al machismo (de verdad, no con una feminidad dictatorial) en La costilla de Adán, o aunque James Stewart nunca terminara de ser el pringado mayor de la gran pantalla. Los enciclopedistas de cine decidieron que fue esta combinación donde el trío funcionó a la perfección, y que ya nunca habría nada mejor.

Lo que peor nos sienta es que este tipo de simpáticos líos corales con la etiqueta también de historias “románticas” solo pudieran ser consideradas obras maestras en las décadas de los 40 y los 50. Hoy en día, si nos encontramos una historia de una mujer inteligente, liberada e ingobernable que despacha a los hombres de tres en tres y se comporta como una auténtica zumbada, no pasaría de super-estreno vapuleado por la crítica.

También despreciamos la naturalidad con la que se apuntaban los grandes a mostrar lo mal que lo pasan las clases altas con sus convencionalismos, sus triples morales y sus dineros mal gastados. Si nos lo quieren contar con la acidez de El cuarto mandamiento, con los conflictos matrimoniales de La gata sobre el tejado de zinc, o enmarcados en el clasicismo aterrador de Alfred Hitchcock, no hay problema. Pero así porque sí, plantarnos el lío existencial de una pobre niña rica que se aburre, sin mayor oficio ni beneficio que el de espantar a su prometido, que resulta ser el único personaje que se ha hecho a sí mismo en toda la película, no tiene mayor trascendencia que la de haber sido encumbrada por los que no vieron cine más allá de 1960.

Cine clasista más que clásico. Para gente con clase, pensarían por entonces, aristócratas que se emborrachan con champán y de repente toman las decisiones correctas entre flores millonarias y divanes victorianos. Resacas de la clase alta, que solo afectan dos minutos y nos permiten conocernos a nosotros mismos: aprendizaje exprés o curso avanzado de acoplamiento moral. Pero no pasa nada, como el pobre Macaulay Connor (James Stewart), convidado de piedra de tanta fruslería, nos encanta “ver a la clase privilegiada disfrutando de sus privilegios”. Que volverse bueno y comprensivo puede ser muy caro y a lo mejor solo está al alcance de unos pocos.
Os dejamos una gran joya. El montaje sobre la película en TCM para la serie 50 películas que deberías ver antes de morir. Si disponéis de más tiempo, no dejéis de visitar la página completa. Más que recomendable.
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3 comentarios

  1. Es una de mis películas de cabecera. Y envejece de maravilla, aunque me acabo de dar cuenta que también estoy de acuerdo con eso del "clasismo", uhm.

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  2. Excelente película.

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  3. Marta, siempre hay un matiz para todo, incluso para los supuestos "clásicos intocables". David, ningún adjetivo la define mejor, según una de nuestras dos versiones. Saludos.

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